1 set. 2008

Project Shitjob VII


El Project Shitjob sigue, por razones obvias, en buena forma. Demasiada gente talentosa desperdiciando sus vidas en ocupaciones consume-tiempo de mierda. Os dejo con una última muestra llegada a nuestra redacción por parte de unos de nuestros más queridos colaboradores, Carlos Alonso (plas, plas), actualmente ejerciendo de joven jubilado en la otra punta del planeta y que, como no podía ser de otra forma, nos manda un insipirado texto que le ha quedado (si) demasiado largo. ¡Larga vida al Project Shitjob! U.

Steve Kurz, la cabeza pensante detrás del grupo Krisis, repitió en una entrevista hasta cuatro veces que el Trabajo no es sólo una categoría puramente empírica y a ser considerada en un frasco cerrado, así como hicieron los artífices del grueso de la teoría marxista. ¡Noor! Nada de eso. El Trabajo es una maldición cósmica que no puede permanecer en ninguna ecuación que reformule de cualquier forma nuestra organización social. El trabajo trasciende lo puramente material y, por ello, como cualquier forma de Fe o religión, debe rechazarse de plano. El trabajo es una pena que afecta el alma tanto como el desamor o la morriña dominguera. Es, como grita el cantante de Boston mientras le practican una torsión testicular: ¡mooore than a feeeelingg!
Poniéndonos más didácticos, y para que se me entienda –porque en realidad un servidor es muy materialista-, el trabajo es una noción cultural y antropológica.
Los indios, como explica Fray Bartolomé de las Casas (a quien me imagino todo el día llevándose las manos a la cabeza y arrancándose el pelo alrededor de la tonsura), no trabajaron nunca porque, como el Baloo de Kipling, le pegaban un caderazo a un platanero y caía un racimo. Tampoco pasaban frío, así que el textil, pues qué les cuento: ni inventado, a excepción de un algodón trenzado muy rudimentario, un poco como los souvenires guatemaltecos de las tiendas de comercio justo. De modo que ¿para qué cojones iban a trabajar entonces todos aquellos hombres que, de tan felices, ni siquiera les preocupaba su felicidad?
Lo del trabajo llegó después, cuando el hombre blanco llegó con una idea de ámbito moral más bien absurda: no está bien que uno pase el día estirado tocándose los huevos o dándole al fornicio. ¡¡Vaya usted a saber por qué podría ser malo disfrutar de la vida toda la parte del tiempo en que no se recogen los frutos de la tierra!! De hecho, los cristianos nunca ofrecieron una explicación satisfactoria para justificar esta imposición cultural… aparte del cuento necio de la cigarra y la hormiga, que como Rafael Azcona, todos preferimos imaginar con un final diferente: la hormiga presa por acaparar y especular con alimentos, que son, como bien sabrán ustedes, un bien común que ninguna hormiga tiene derecho a usar de forma exclusiva.
Pero estos trazos explicativos, que he ordenado y sistematizado muy recientemente, han llegado a mis entendederas más bien tarde. He perdido mucho tiempo hasta llegar aquí. Para escapar de la maldición del trabajo me han hecho falta más de quince años. Y hubo un tiempo en que yo también pensé que iba a “realizarme” de esta manera, en concreto, echándole las horas más vitales y enérgicas de mi existencia al proceso de acumulación de plusvalías de un conglomerado de capital vasco-catalán. Hasta peleé porque me promocionasen, imagínense qué imbécil. Pero aún más impresionante que mi necedad fue la naturaleza de mi primer empleo, que no busqué hasta terminar de autoembrutecerme en la universidad. La tardanza a la hora de trabajar –no lo hice hasta los 24- podría considerarse ahora una avanzadilla fáctica muy espontánea de lo que mi ideología barruntaría después.
Antes del shitjob que tarde o temprano aparecerá en este escrito (¡relájense, editores míos, déjense llevar!), permítanme aclararles que mis primeras experiencias en el mundo laboral fueron justamente en dirección contraria al tema que aquí nos ocupa: primero me dediqué a rechazar empleos. ¿Qué les parece? ¡No! ¡Por favor! No me tomen por un pequeñoburgés exigente (así lo sea). Lo entenderán perfectamente cuando lean la conversación siguiente, que mantuve con este mismo esquema hasta en cinco ocasiones:
-Pues el lunes, si quiere, puede comenzar…
-¿¡El lunes ya!? Eee, vale, y las condiciones…
-Pues trabajarás primero bajo supervisión de un abogado. Si le gustas, a los seis meses empezaremos a pagarte cincuenta mil pesetas. Trabajamos todos los días de ocho de la mañana a siete de la tarde, y la hora y media de comer al final casi siempre la echamos en faena porque no damos abasto. Los sábados por la mañana hacemos de ocho a dos. Al cabo de un año, te revisaremos las condiciones y si aún nos gustas, empezaremos a pagarte ochenta mil pesetas.
Llámenme temerario, pues la coyuntura a mediados de los noventa no era precisamente de pleno empleo, y mis arcas se nutrían de una semanada paterna cada vez más mermada por la inflación, pero el caso es que las cinco veces que me plantearon convertirme gratuitamente en el efebo de un picapleitos, una vocecita en mi interior dijo:
-A tomar por culo.
Y la vocecita en mi exterior, dijo:
-Bueno, si acaso ya les llamaré esta tarde o algo, mientras tanto me lo voy pensando ¿La puerta está allí, verdad?
Y nunca llamé. Y es que, como canta el eslogan de aquel almacén de electrónica, yo no soy tonto.
Después de estas experiencias traumáticas, cuando ya estaba empezando a plantearme trajinar profesionalmente tabletitas de costo, conseguí un curro de mierda llevando papelajos de compra-ventas de pisos a notarios y al registro de la propiedad con mi amoto de cincuenta centímetros cúbicos. Mi sueldo como mensajero jurídico en la antigua Bétulo fue de cuarenta mil chuflas al mes por cuatro horas diarias. Lo mejor de todo: empezaba a trabajar a las diez de la mañana. Mis dueños eran ¡dos policías! que para no aburrirse en sus horas libres habían montado una asesoría inmobiliaria en el marco incomparable de San Roque Sur-Mère, junto al mercadillo gitano bajo la autopista.
Uno de los dos cerdos, el que se dedicaba a enseñar pisos, era un hijodeputa mentiroso y necio con una actitud imbécil tan sumamente perfeccionada que todavía hoy me gustaría ver colgado de lo alto de un olmo con la lengua afuera. Cada mañana entraba en la oficina y, después de mirarle el culo a una canquita que atendía el teléfono y guiñarme un ojo en plan ¿qué, qué te parece ese trozo de carne?, repetía la misma frase fúnebre, una expresión radical de todo el mal que hoy asola el mundo:
-Vamos a ver si hoy trincamos algo de pasta.
Y entonces hacía un gesto muy similar al “pull de strings” de Bela Lugosi.
Lo mejor de aquel trabajo fue la compañía. La canquita Raquel y el captador Rufino –un captador, en la jerga del gremio, es el que se pasea por la calle intentando hallar pisos en venta (hoy en día, con el mercado tan hipersaturado, se dedican exclusivamente al mobbing) -, con los cuales gastaba media mañana “fent petar la xerrada”, o en español latinoamericano, “platicando sabrosito” frente a un café espumoso y unos cruasanes. Nunca he vuelto a desayunar tanto y tan largamente. En esa época empecé a desarrollar estas lorzas abdominales.
Los policías vendían tan pocos pisos que, sin caer en la nostalgia, hoy podría decirse que, por lo que a mí respecta, el primer trabajo remunerado que tuve consistió en tocarme los huevos la mayor parte del tiempo, como los indios que tan bien supo comprender Fray Bartolomé. He ido perfeccionando esta actividad a lo largo de mis tres empleos posteriores y, en el presente, desempleado, jubilado temporalmente hasta que se me acaben los ahorros, constituye toda mi disciplina vital, el quid de mi equilibrio mental y el motivo por el cual ya no hay odio en mi corazón. Y disculpen el rebuzno zen.
Fin