25 set. 2008

Robert Forster: Música clásica

Los Go-Betweens tenían de todo, y de lo mejor. Las mejores canciones, los mejores referentes, las mejores influencias, las mejores conexiones. Durante tres décadas, este referente del pop sublime se ha basado en el dúo Grant McLennan y Robert Forster. Fallecido el primero, Forster (el raro, el literario) la reemprende en solitario con su quinto LP The Evangelist, más de diez años después del Warm nights de 1996. Cosas buenas aprovechadas de sucesos malos.

Clásico. Es un clásico. A menudo decimos esa palabra sin reparar en lo que implica. Robert Forster, por ejemplo, es un escritor de clásicos. Esto implica que no es un tío que esté repantigado sobre el frágil diván de las modas puntuales, sino que de sus manos está emergiendo algo que sólo puede definirse como cancionero clásico, a la altura de esos genios populares que están ustedes pensando: Irving Berlin, Gershwin, Cole Porter, Jimmy Webb, Goffin/King, Weller, Lennon/McCartney, Smokey Robinson, Morrissey, PF Sloan... Podría seguir diciendo nombres pero se me rompe la voz.
El cancionero de Robert Forster, con o sin The Go-Betweens (rotos sin posibilidad de reparación por la muerte de Grant McLennan), es además clásico en clave pop. Ni es gratuitamente críptico, ni banal, ni empalagoso. Tiene, por el contrario, todos los atributos que hacen del pop un instrumento perfecto de transmisión emocional: Memorabilidad, simplicidad fertil, o profundidad expresada minimalmente, melodía exquisita, estructura impecable. Y a la vez algo de misterio, algo de literatura (sin pompa), mucha honestidad, mucha descripción, extrema atención al detalle y al lenguaje (recuerden aquel “that’s her handwriting / that’s the way she writes” de “Part Company”)... Las canciones de Robert Forster podrían ser folk de hace dos siglos. Música clásica. Canciones de la gente. Historias que pasan de boca en boca mucho después que aquellos que las crearon hayan desaparecido. Me estoy poniendo tremendo, pero créanme si les digo que lo vale.
Por fortuna, Robert Forster sigue entre nosotros. Sin su media naranja, pero igualmente talentoso, como demuestra su LP. Amable caballero, entrevistarle siempre ha sido un placer, media hora de ingenio, gran conversación, humor delicado y eternas reflexiones sobre ésta, la mejor disciplina que existe: el pop.

Aunque últimamente firmabais las canciones como Forster/McLennan, en todos los discos anteriores las canciones estaban divididas. Ahora, con la distancia que da el fallecimiento de tu antiguo colaborador, ¿Ves tan claramente la diferencia de estilos?
Es difícil de decir, porque Grant tenía una manera de componer que era muy pop, pero también podía darle por escribir de forma más extraña. Mis canciones siempre están teñidas de un cierto tipo de melancolía, y cada una de ellas es como la primera canción que escribo. Grant era distinto; para empezar escribía mucho más que yo.

En tu último álbum se echa de menos un estilo de canción típica tuya, la biográfico-descriptiva al estilo de “Surfin’ magazines” o “Darlinghurst nights”, llena de nombres propios, años y lugares.
Siempre he hecho ese tipo de canciones, imagino que porque quiero que sean reales. No escribo fantasía, aunque si me invento algunas cosas. En general, me gusta que sean como diarios, muy descriptivas, y hablar de lo que me rodea. No me gusta meterme en personajes ficticios. Es cierto que en mi último disco no hay una canción del estilo de las que tu comentas, pero está “The Evangelist”, que sí va sobre mi vida. De cuando llevé a mi mujer y a mis hijos desde Alemania a vivir a Australia conmigo.

He oído que parcialmente también está inspirada en la novela de Paul Theroux La Costa de los Mosquitos.
Cierto, cierto (se entusiasma). Aunque admito que en la novela el sufrimiento es mucho mayor. El otro tema de la canción es la culpa.

¿No te asusta hablar de forma personal, abrir tu corazón, hablar de tu vida de ese modo?
No, no, no (enfatizando). Las canciones nunca van directamente sobre mí, sobre lo que siento. Son más bien un espejo que refleja lo que sucede a mi alrededor. Si bien lo refleja de forma artística.

¿Estás de acuerdo con lo que dijo Samuel Beckett: “No existe nada más, seamos lúcidos por una vez, que lo que me pasa a mí”?
(Dudando) Sí. Pero a la vez admiro a la gente que es capaz de crear mundos enteros completamente inventados.

Hablábamos de la culpa hace un momento. En “Demon days” dices que “algo ha vuelto a ir mal”, y me pregunto en qué términos miras al pasado: Culpabilidad, orgullo, nostalgia...
Soy feliz, no siento ni vergüenza ni culpa, porque todo lo que tengo (mi familia, mi trabajo) se debe a lo que he hecho en el pasado. No puedo cambiar nada; tomo lo bueno y lo malo. En cuanto a la nostalgia, es un tema que casi nunca se toca en el pop. El pop trata siempre del presente. Pero para mí hablar de ese modo es algo natural. Si se hace en libros y cine, ¿por qué no en canciones?

¿Es The Evangelist un disco de luto por Grant?
En parte sí, en parte hay otras historias. Tomé la decisión de grabar en el mismo sitio y utilizar a la misma gente para sentirme más cercano al pasado, más cercano a Grant. No quise huir de lo que había pasado, pero tampoco quería un disco de tributo. No se trataba de eso.

Respecto a tu relación con él, comentabas en una entrevista que “cada vez que nos veíamos, era como si me conociera por primera vez”. Es curioso, porque esto parece ser un tipo de persona que se repite universalmente.
Sí, sí. Grant era la única que yo conocía, pero parece ser que hay más. Con Grant tenía que pasarme diez minutos sintiéndome extraño con él, luego empezaba a relajarse y todo volvía a la normalidad. Nuestra relación requería paciencia.

Y esfuerzo, como las mejores cosas.
Y esfuerzo. Pero siempre sentí que ese esfuerzo era parte de nuestra amistad. Tampoco era siempre así; a veces era muy simpático de buenas a primeras. En cualquier caso, sabías que cada vez sería diferente. Grant requería un tiempo de adaptación.

John Osborne dijo una vez: “No tengas miedo de ser emocional; nadie se muere de eso”, y tú mismo has definido The Evangelist como un álbum emocional.
Escribir sobre emociones es importante, porque la gente se identifica contigo. Hay creadores que abusan de ello con el único fin de llamar la atención del público, pero en mi caso es una manera de hacer que la gente se introduzca en la historia. De nuevo, es natural. Cuando hablo de algo, lo primero que pienso es en mi respuesta emocional, porque eso es lo que me hizo decidir que escribiría sobre ello.

Lo difícil es escribir sobre emociones sin parecer afectado, ni autoindulgente. La artesanía del pop reside en cómo relatas esas emociones, supongo.
Lo has definido de manera encantadora. Tuve mucho cuidado al contar las cosas, especialmente las que tenían que ver con Grant. Quería emoción, pero verdadera. Quería alcanzar un equilibrio adecuado, y mezclarlo con otros temas que no tuviesen que ver con él.

Siempre has definido o previsto tus próximos discos de manera muy concreta, tanto estética como estilísticamente. Como cuando dijiste que Bright yellow bright orange era un disco de “jerséis blancos” o que Oceans apart tenía que sonar como los Talking Heads del Fear of Music. ¿Qué es The Evangelist?
Buena pregunta. Quería que fuese como el nuevo de Neil Diamond. Doce canciones, sin batería, con guitarra acústica, bajo y sección de cuerda. Su disco empieza con una balada, no con tres canciones pop. Empieza con un sentimiento.

Estéticamente hablando, en la foto del LP pareces un asesino a sueldo. De los 70.
(Se ríe) No me gusta nada esa foto. Me da una pinta de revolucionario extraño, pero encaja en el disco de algún modo.

Quizás porque también hay algo funerario en ella.
Es cierto. Y encima me rodea un halo. La fotógrafa que lo hizo no es alguien que normalmente se asocie a estrellas del rock. Las fotos que normalmente publica en el Sunday Times son de otro estilo.

¿Qué fotografía, caracoles? ¿Calabacines?
No, actores viejos. Paul Newman, gente así. Retratos en primer plano, por desgracia.

Siempre has definido tus peinados con gran lujo de detalles. La última vez que hablamos me dijiste que buscabas una mezcla del Jeremy Irons de Aunt Julia con George Clooney. ¿Hacia donde te diriges capilarmente, Robert?
Quiero algo un poco más salvaje, más largo, más 70’s, como decías. El Robert Redford clásico es un buen modelo. Tengo un peluquero maravilloso en Brisbane. Deberías probarlo.

The Evangelist es sin duda un disco terapéutico, y eso es algo muy necesario. Los discos como medicina espiritual. Yo, por ejemplo, uso a Mose Allison.
¿Quién?

Mose Allison. Es un pianista de jazz vocal de los 60, sureño, blanco, la mejor época es la de Atlantic. Fue la máxima influencia de Georgie Fame.
(Ruido audible de lápiz apuntando)
¿Estás apuntando esto?
Sí. Mo-se A-lli-son.

¿Cuál sería tu disco curativo, el que utilizas para espantar tus penas?
Tony Scott, Music for zen meditation, de 1964. Es un álbum japonés, medio improvisado, muy minimal. Tiene meditaciones zen en spoken word, de antes que estallara la moda de las religiones orientales a finales de los sesenta. (Sonido de lápiz apuntando) ¿Estás apuntando esto?

Sí.


Con la cara lavá y recién peinao
(Evolución estético-folicular de Robert Forster)

1) El Casco (1978-79): Cabello con corte sixties punk típico, ejecutado mediante cazuela y tijera. Cuello alto y botines. A veces parece Brian Jones, a veces Moe Tucker.
2) Mod-nerd (1980-82): Corto a cepillo con flequillo frondoso y perfectamente alineado. Camisas con el último botón abrochado. Aspecto mezcla de fotograma Nouvelle Vague / Free Cinema, obrero chino y mod de Shepherd’s Bush.
3) Engominado (1983-1986): Delincuente juvenil a ratos, a ratos camello de cocaina de Malibú. Gomina a manta. T-shirt de manga muy corta, botines, a veces camisas floridas.
4) Empanado (1987): Media melena por detrás de las orejas, posiblemente teñida de rubio. Gafotas con filtro solar chungo. Pinta de capullo, en resumen. Su peor imagen.
5) Dandy maduro (2005): Trajes cruzados con botones dorados, foulares, pantalones blancos, zapatos marrones. Cabello sabiamente desordenado. Mirada digna. Sobriedad generalizada.
6) Sheriff / Predicador malvado (2008): Como un Pat Garrett de mala baba, peinado Robert Redford post-Brubaker, mirada aviesa. ¿Luto o negras intenciones?

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en la revista Rockdelux #265 de septiembre del 2008)