4 des. 2009

Rituales de resistencia pubescente


47º FICXixión El ciclo This is England explora las múltiples manifestaciones fílmicas de subcultura adolescente inglesa


Jordi Costa: ¿Dónde estás ahora, cuando tanto te necesito? Pues sin ti, que te tuteas con Todd Solondz y haces jogging con Harmony Korine, voy a la deriva en el 47º Festival Internacional de Cine de Xixón. Así me encuentro: paralizado ante la pantalla, desorbitando los ojos ante lo abultado de la oferta y dudando sobre cómo enfrentarme a los travellings morales de Jan Firrauseeki, el nuevo cineasta sordo lapón. Pero no teman, lectores. En realidad estoy aquí, ya lo imaginan, para hablar de lo de siempre: adolescentes tísicos con peinados frenopáticos, subculturas extintas y rebeldía púber en botines cubanos. Así que dibújense en la frente su mejor arqueado de cejas mientras me dispongo una vez más a comentar la resistencia mediante rituales de la tribu juvenil.

Este año, una de las secciones del festival es This is England, y está dedicada a las películas sobre subculturas inglesas de posguerra. De esas subculturas, ustedes conocerán algunas (punks, skins), otras les sonarán de oídas, como vestigios atávicos de la Edad del Bronce (mods, rockers) y otras les sonarán a chino (soulboys, casuals). Para empezar, he de jurarles que ninguna de las películas del festival es una mirada mainstream a la subcultura juvenil. No van a toparse aquí con los Hombres G disfrazados de “punkis” en Sufre mamón, no se preocupen. Las películas de ficción que trae This is England son todas miradas fidedignas e internas al tema, hechas con pasión, estilo y voluntad de tocar la fibra.


Una de las estrellas del ciclo es, sin duda, Awaydays (2008) de Pat Holden, basada en la gran novela homónima de Kevin Sampson. Awaydays se centra en los casuals, un nuevo tipo de hooligan futbolero que aparecería en Inglaterra a finales de los 70 (aunque su cenit llegaría con los torneos europeos de los 80), radicalmente distinto tanto del hincha de bufanda y bandera como de los jurásicos skins. Los casuals eran como ultraviolentos mods renacidos, sólo que sin la particular fijación musical ni la ambición creativa de estos. Como puede verse en el film, sus intereses prioritarios eran la ropa deportiva de marca y los cachiporrazos: nada importaba en su mundo excepto los trapitos galos y patear cabezas enemigas. Awaydays comparte con Quadrophenia tanto la voluntad épica al glosar el cenit de identificación grupal como la sinceridad al mostrar el desencanto ulterior, pero no carece de fallos: los toques de simplificación hollywoodiana, por ejemplo, o -de manera más irritante- las cámaras lentas a lo video de Coldplay. Con todo, Awaydays aliviará a todos aquellos que emergieron cariacontecidos del This is England de Shane Meadows: aquí hay menos realismo social a lo Ken Loach y más patoaventuras de jovenzuelos descarriados. Y más trompadas, para qué negarlo.


Jubilee (1977), de Derek Jarman, es la película artie-punk que ningún punk entendió. Todos los fans de la época tenían el póster en la habitación, pero nadie parecía ser capaz de resumir el argumento: “Es sobre una peña, uhm, nihilista y, hmm, gay, que lleva a Isabel I de gira por una Inglaterra post-nuclear y... ¡Sale Adam Ant, tío!”. Treinta años después, sigo sin entender ni jota, pero la banda sonora (con el “Right to work” de Chelsea) es magnífica.

Las tres miradas del ciclo a la subterránea comunidad afrobritánica son excepcionales. Babylon (Franco Rosso, 1980), relata las experiencias de un sound system del oeste de Londres; Pressure (Horace Ové, 1975), la radicalización de un sector de la comunidad jamaicana, basada en parte en el líder del Black Power británico en los 60’s, Michael X. Y Young Soul Rebels (Isaac Julien, 1991), aunque se resiente de una burda trama criminal, al menos narra una historia que los periodistas rockeros han tratado de rescribir desde entonces: en 1977 no toda Inglaterra se convulsionó con el punk (que era en un 95% blanco, en cualquier caso), y la juventud negra siguió, impasible, perreando con el Philly Soul y el lovers rock y gozando de su rica cultura autóctona.


Para ir acabando, quiero hablarles de lo más raro del ciclo. Bronco Bullfrog (Barney Pratt Mills, 1970) es un drama de fregadero al estilo de A taste of honey, sólo que protagonizado por suedeheads (la continuación lógica del skinhead) y bootboys. No, no me han entendido: lo eran de veras, en la vida real. Los actores formaban parte de un grupo de teatro de barrio, y en este drama obrero de desorientación adolescente se interpretan más o menos a sí mismos. No crean nada de lo que han leído en la prensa: los skins ingleses de 1970 eran así: niños dañados y confusos, herederos de una tradición destruida que trataron de retomar el orgullo robado a base de botas y discos. Y algún sopapo, por qué no.


No quisiera irme sin mencionar a la celebridad: Quadrophenia (Franc Roddam, 1979), aún lozana a los treinta -es su cumpleaños-, exhibe la misma chicha, rabia y subidón que en 1979. Da la casualidad que sus protagonistas son mods, pero podría ir de cualquier otro culto teenager. Pues esta es, simplemente, la película que mejor explora el entusiasmo y la melancolía juvenil, su extravío vital y ganas de explotar en el mundo. No importa si –como yo- la han visto un delirante número de veces. Cada vez que uno vuelve a visionarla, recuerda invariablemente cómo se sentía a los 17. Con la misma furia, impulso y corazón a prueba de bombas: inmortal, casi. Cuando se ha sido insultantemente joven una vez, la sensación no se borra; pero por si estaban a punto de olvidarlo, Quadrophenia les ayudará a recordar: Ser joven era esto.

Kiko Amat


(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 18 de noviembre del 2009)