10 oct. 2008

Superpendones del rocanrol


Groupies ¿Amazonas gloriosamente liberadas o pelanduscas cabeza-de-chorlito? Las fan-felatrices del rock confiesan sus secretos

Qué triste es el primer día en que te miras al espejo y te dices: ‘Nunca voy a ser una estrella del rock’. Es una píldora difícil de tragar, pero a partir de ahí no te queda otro remedio que examinar las opciones de futuro que sí estan al alcance de tus escuálidos talentos. Puedes meterte en un empleo que no requiera sensibilidad alguna (cura, policía), inventarte algo que sólo exija una abismal carencia de escrúpulos y alma (coolhunter, publicista), o -y aquí entran las groupies- le sacas punta a algo que, aunque no sea exactamente un talento, sí puede acercarte en cierto modo a tu sueño.
En este caso, se trata de chupar penes. Perdonen que se lo diga así, a lo bruto, pero es que esto no hay forma de explicarlo delicadamente.

Históricamente, la groupie es una rockera que anhela compartir algo del talento semidivino con el que Dios ha tocado a sus ídolos. Descartado el componer, tocar o cantar, sólo queda el socorrido recurso de pasarse por la piedra a los músicos que sí poseen algunos de esos talentos. Las ventajas de este camino son innnumerables, pues a las groupies, a la sazón, todo el mundo las ama. Esto, sin embargo, no es porque sus personalidades sean fascinantes o hayan descubierto una cura para el cáncer. No, la gente las ama porque albergan la esperanza de que alguna de ellas les sostenga bucalmente el penis. Esto es un poco triste, pero cierto.
Ir por el planeta folgando a destajo, con todo, no es condenable de por sí; si es algo, es celebrable. Lo que hace de las groupies un fenómeno algo patético -y las coloca en el perfecto polo opuesto de punks femeninas como Slits o Raincoats- es la completa subordinación intelectual a cualquier cazurro melenudo que haga runga-runga.
Por ello algunas fantasiosas groupies eufemizan lo que hacen, defendiendo sus genuflexiones de amor como una manera de inspirar a sus héroes. Una de sus reinas, Pamela Des Barres, llega incluso a autodefinirse como Musa. Que el resto del mundo la llame una palabra que también tiene una u y una a, y que rima de manera asonante con musa, es algo que la indigna. De modo que, para desmentir su mala fama de felatriz sin escrúpulos, se ha puesto a escribir libros.
Oh, no.

Golfería rockera
Los dos libros de Pamela Des Barres, I’m with the band; Confessions of a groupie y Let’s spend the night together; backstage secrets of rock muses and supergroupies, son el tercer y cuarto peor libro que he leido jamás. En toda mi vida. Narrativa o ensayo. Pero, como ya imaginan, no se trataba de leer para elevar el alma. Se trataba de enterarse de quién la tenía gorda en el mundo del rock. Para eso sirven esos dos apestosos libros. Y para eso sirve, no crean que me engaño, este artículo.

La Desbarres es el prototipo de groupie rockera americana: inocente, Estoyloca, histriónica y voluble. Hasta ahí, igual que cualquier otra hippie paisana suya. Lo que diferencia a Pam es su facilidad para ponerse a bailar el charlestón-sin-bragas cada vez que está en presencia de un tío hirsuto con guitarra. ¿Cómo se explica esto? Si yo fuese psiquiatra, mi diagnóstico sería un alarmante complejo de edipo unido a una conciencia débil y una identificación patológica del fornicio con la liberación personal. Como no lo soy, les diré cómo lo explica ella: “Sentía una necesidad desesperada de mostrarles [a los músicos de rock) lo mucho que apreciaba su persona escénica y sus habilidades compositoras”. La máxima aspiración de Pam era “ser la novia del guitarra de la banda de rock and roll más grande del mundo”. O sea, Propiedad De, como les tatuaban los Ángeles del Infierno a sus mamas en el culo.

No todas las supergroupies -imaginamos que el superpoder al que se alude aquí es el de la cópula- son así. Bebe Bluell, futura esposa del músico Todd Rundgren, parece algo más lista; pero mucho, mucho, tampoco. Pleasant Gehman, groupie del punk angelino, se alinea a su vez con la idea de la “musa”, llegando a afirmar que “Angie Bowie era tan importante como David Bowie”. Dejen de reirse así, por favor.
Las hay dignas: Tura Satana (ver foto), que fue un ligue del joven Elvis y futura actriz de Russ Meyer, tenía los pompones oscilantes bien puestos. O la célebre Cynthia Plaster Caster, que hacía moldes de escayola de titolas de rockeros; un arte, al menos, si bien menor.
Las hay brutas, como Sweet Connie. Inmortalizada en la canción de Grand Funk Railroad We’re an american band, se benefició a miembros de los Who, KISS, Stones, ZZ Top, Fleetwood Mac y más. La Connie tenía pocas manías: En una ocasión, tras una discusión de backstage entre los Who, Keith Moon le hizo cosas marranas con un plátano, “para rebajar la tensión”. Sweet Connie era además una groupie democrática que no tenía reparos en felar a los roadies; admirable actitud. Dee Dee Keel hacía lo mismo, aunque en su lista estén Jeff Beck, todos los Hollies, David Cassidy, Van Halen, Mötley Crue, Iggy & The Stooges... No quiero aburrirles. Tras cien páginas de proezas chupatorias, uno empieza a perder interés.
Si lo que quieren saber es, pues, quién la tenía gorda, estos son los penes más grandes según el Sistema Métrico Groupie: Gene Simmons (de KISS), Iggy Pop (lo sospechábamos), David Cassidy (nadie lo hubiese dicho) y Don Johnson (“HUGE cock”, según la Desbarres). Además, Steve Tyler (de Aerosmith) es un “grandioso amante” y Mick Jagger sufría gatillazos. Todo un consuelo, amigos.

Kiko Amat


(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 1 de octubre del 2008)