4 ag. 2005

Catorcephenia 3: El Ausente

Soy el Hombre Con Catorce Atributos, maldita sea, cuando no quise ninguno. La capacidad de huida en mitad de conversaciones y momentos-importantes-para-los-demás parece ser el menos apreciado por ex-amigos y novias salientes. Una atención soluble que se disuelve como un sobre de sidral en agua.

Una ameba se convirtió en pez, y éste a su vez en anfibio. El anfibio reptó hacia la tierra, y con el tiempo se convirtió en mono. El mono desarrolló la capacidad del habla; había nacido el hombre. Pero entonces, algún idiota aburrido tuvo que inventar la cháchara cotidiana, el intercambio de obviedades reconfortantes que pasan por conversación útil (“Parece que va a refrescar”, “En Madrid es más seco”), y tuve que inventar una forma de escape. Así empezó a desarrollarse mi cerebelo adicional de evasión, o Cerebelo B.
‘...y en ese momento, Tom Courtenay llega tarde a propósito al tren y Julie Christie se marcha, y él evita irse sin tener que comprometer sus fantasías’.
‘Mmmmmm’.
Esto es un ejemplo de conversación real entre Naranja, mi novia, y yo. La única libertad que me he tomado ha sido incorporar el final de Billy Liar como detonador de hostilidades. Naranja, por cierto, tiene un pigmento general como de mandarinas de camuflaje, de cítrico moteado. De ahí el nombre.
‘¿Mmmmm qué? ¿Qué te parece?’, me pregunta.
‘¿Perdón?’. Vuelvo en mí.
‘Que qué te parece’. Naranja levanta una ceja, y eso significa sacrificio ceremonial.
Achtung. En el submarino alemán de mi psique se accionan todos los dispositivos de emergencia. Todos a sus puestos. No he escuchado una palabra de la película que me ha estado contando desde hace horas.
‘Bien’, le contesto, accionando la palanca del escape fácil.
‘No me estabas escuchando, ¿verdad?’.
Vía de agua. ‘Pero qué dices. Lo he escuchado todo’, le contesto ofendido.
‘Y una mierda. ¿Qué he dicho?’.
Cuando se accionan los torpedos acusadores de Naranja y mi presión de culpabilidad aumenta, el Cerebelo B empieza a funcionar.
‘Has dicho: “Él evita irse sin tener que comprometer sus fantasías”’.
Naranja me mira con sospecha, pero una buena parte de las veces me regala su clemencia y enfunda su fiel espada triunfadora.
El Cerebelo B es una excreción situada en la parte posterior de mi cerebelo que hace las veces de túnel situacional. Arrastrándome tras su pantalla de humo, mi espíritu de urraca puede ausentarse en busca de ludopatía mental –cosas relucientes, discos bonitos, imágenes dinámicas- mientras mi cara se petrifica en una mueca de atención a lo Monte Rushmore. Cuando utilizo el Cerebelo B con Naranja, el resultado es como si le hubiese pedido que se golpeara la cabeza y se frotara la barriga al tiempo: una mezcla de confusión e irritación amortiguada contra la que no puede luchar.
La mala noticia es, el Cerebelo B no funciona siempre.
‘No me has estado escuchando. Nunca escuchas nada de lo que nadie te dice. Eres un egocéntrico horrible. Al final, la gente va a dejar de contarte cosas’, me dice Naranja cuando el resorte falla. Sólo me deja una salida.
‘Perdón, ¿decías?’, le contesto con un dedo en la oreja.
Durante dos semanas, no vuelve a hablarme. Cuando volvemos a comunicarnos, mi voz aflautada y grave a la vez me hace parecer un extraterrestre que solo respirase Helio.
KIKO AMAT

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del miércoles 20 de Julio del 2005)