21 jul. 2005

Catorcephenia 2: El Rabioso

Bienaventurados los airados, porque de ellos será el reino de los cielos; todo lo demás es palabrería pacifista. Unas rabias e iras que son ventanas al Mr. Hyde más faltón de los catorce. Pero como dice la canción, no me arrepiento, volvería a hacerlo; si no me saltan los dientes antes, claro.

Aquellos que dicen que la rabia es un sentimiento estéril no saben de lo que hablan. La rabia es como un saco de abono orgánico que lo fertiliza todo. La rabia es el estiércol de las obsesiones, y huele igual. La rabia es la vecina de al lado de la susceptibilidad.
‘Sólo te he dicho que dejes de gritarle a la televisión’.
Esa era Naranja, la chica con la que vivo. La llamo así porque ese es el color que la distingue. Naranja con lunares, como una Fanta con pimienta.
‘¿Pero tú no oyes? ¿No oyes lo que está diciendo este imbécil? IMBÉCIL’. Ya estoy de pie, gritando, como tantas otras veces.
‘El hombrecillo de la televisión no puede oírte, pero los vecinos sí. Baja la voz’.
‘IMBÉCIL’. Mi rabia ha despertado.
‘Baja la voz’.
‘No me da la gana. Observa: IMBE... ¡Ouch! Eso ha dolido, nazi’.
‘El único nazi aquí eres tú, que te cargarías a medio país’.
Eso no es verdad, y me duele oírlo. Mi rabia, reconcentrada, se dirigiría sólo contra unos cientos de autócratas, artistas subvencionados, actores horrendos, escritores inmundos, músicos pomposos, militares malignos y tipos miserables y mezquinos en general. Pasarían por juicios populares justos, y sus penas se basarían en la pérdida de privilegios y la adquisición instantánea de alquitrán y plumas.
‘Eso no es verdad. Odio a los nazis’, le digo, apelando a su razón. ‘Soy anarquista’.
Naranja se me queda mirando un instante, como si yo fuese una termita que se abre paso a través de su silla favorita. Por un segundo tengo la ilusión de que he vencido en la lucha grecorromana de tener razón.
‘Nazi’, me dice sólo al final.
Admito que, si hago memoria, una parte importante de mis personalidades ha sido siempre la de ladrador enloquecido. Especialmente respecto a la lista de temas que el médico me tiene terminantemente prohibido discutir: Guerra Civil, rock sinfónico, post-modernismo, la transición, Oriente Medio, capitalismo, política en general, televisión, restaurantes modernos y gentrificación urbana. Aunque en el transcurso de esas discusiones me saldría mucho más rentable echar mano de argumentos históricos, datos fiables y verdades como puños, en el fondo de mi laringe sólo encuentro cubos de basura llenos de improperios. ¿Qué puedo hacerle? Es mi naturaleza.
Hace pocos días le pregunté a Naranja si había dormido mal, porque tenía chipirones incandescentes en el blanco de los ojos.
‘Has estado mascullando “a la mierda” y “cabrones” en sueños toda la noche. No he podido pegar ojo’.
‘Uau. ¿De verdad?’ Estoy a punto de saltar de la silla. En un documental de la BBC que veo compulsivamente cuentan como Kevin Rowland, uno de mis músicos y seres humanos favoritos del planeta, hacía lo mismo en sus días con los Dexy’s Midnight Runners. Gruñendo en sueños, presa de sus rabias.
‘Eso no es algo de lo que estar orgulloso, idiota’, me dice Naranja cuando se lo cuento.
¿Ah, no? ¿Ah, no? ¿Desde cuándo?, pienso. ‘Tienes razón’, le digo.

KIKO AMAT

(Segunda entrega de la serie de catorce artículos "Catorcephenia", publicada el miércoles 13 de Julio del 2005 en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia)