8 set. 2009

Dash Shaw: Capturando a los Loony


"Mi pasado anda junto a mí”, dijo el aguafiestas de William Golding en Caída libre, “Mantiene mi paso. Son esas caras grises que miran por encima de mi hombro”. Dash Shaw, novelista gráfico revelación del 2008 y enchufao de la crítica, comparte con él la obsesión por el pasado y los malos recuerdos; una obsesión que ya había expuesto en su anterior trabajo, La boca de mamá. Shaw, un talentoso y odiable autor (lo tiene todo: guapo, joven, alto, flaco, inteligente y sensible. Es para matarlo), pasa por la vida como un personaje de Camus, roído por la duda, el pasado y la culpa. O al menos eso es lo que se desprende de la obra de este veinteañero de Richmond (Virginia); quizás en realidad sea un calavera. En cualquier caso, de su pluma emergen emoción y memoria a raudales, combinados en un cubata de penuria que le deja a uno hecho un asco.

El ombligo sin fondo es una maravillosa novela gráfica. Es, sin duda, uno de los mejores cómic books que he leído. No es cursi como el Blankets de Craig Thompson, ni cínico, anti-belleza y anti-humanos como Daniel Clowes (que a veces parece el pitufo cascarrabias); en mi opinión, Shaw usa la perfecta mezcla de sobriedad, sinceridad, sentimiento y humor. Sí, humor. Pues en El ombligo..., el artista incluso se permite incluir unas cuantas imágenes gruesas en busca de comic-relief, proporcionando una puntual sonrisa de desahogo que nos aleje del ventanal o botiquín.
El ombligo sin fondo es una Biblia de 720 páginas clasificable como “cómic de comedia familiar con misterio”. Habla de los Loony, cuyos miembros se hallan atrapados durante 6 días en la casa playera paterna. El objeto de esta fatídica reunión es la anunciación del divorcio de los abuelos Maggie y David, casados desde hace 40 años. En el lado receptor del shock están sus tres hijos, ya independizados y, en algún caso, con hijos propios. El mayor es Dennis, un square footinguero y cronista deportivo; está casado con Aki y tiene un bebé, Alex. Shaw le describe como “Homer Simpson with hair” (y la alegría vital de Hamlet, añadiría yo). La mediana es Claire, madre soltera divorciada, maraca viviente de complejos y frustración sexual. Su hija es un tabalot llamado Jill; tiene dieciséis años y en su cuerpo se almacenan todas las neuras Matanza-de-Columbine típicas de la púber yanqui. Y el pequeño es un perdedor llamado Peter. Con 26 años, Peter ya se las ha arreglado para ser un director de cine fracasado y ahora trabaja en un videoclub. Es virgen, y Shaw le dibuja con cara de sapo. La aureola loser de Peter es la fuente del desahogo cómico, aunque no se confíen; unas páginas después va a romperles el corazón. En uno de los momentos más emotivos, el autor le dibuja en una viñeta con su cara real. De algún modo, ese instante da muchas ganas de echarse a llorar.

Narrado con un ritmo glacial (musicálmente: Seam o Slint), la obra nos muestra tanto la historia familiar como la situación actual de sus personajes y la forma en que interactúan. Muy poco, se lo digo ya; la mayoría de Loonys están demasiado enmarañados en su paranoia para prestar demasiada atención a los demás y, excepto Dennis (que monta un par de pataletas), nadie parece afectado por el divorcio. Como sucede en todas las familias, los Loony están llenos de cosas no dichas, traumas irreparables y recuerdos contradictorios. Como en todas las familias, yace en su subsuelo una bolsa de objetos enigmáticos y acciones misteriosas; no en el sentido de abducciones alien o fantasmas, sino más bien en cuanto a secretos, silencios y escondrijos del alma. No les cuento más. El Ombligo sin fondo es bellísimo, tristísimo y -si no son androides- va a emocionarles como nada. Vayan ahora mismo a por él.
Kiko Amat

El ombligo sin fondo
Dash Shaw
Apa Apa Còmics
720 pàgs.
Traducción de Elisabeth Massana

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 19 de agosto del 2009)