12 gen. 2009

Oxford Collapse: Canción para el cantante de Minutemen

Como un monstruo hecho a base de las mejores partes de otros, este trío de Nueva York tiene brazos de pop extraño de los 80 y tronco punk con melodías, además de gran potencial para el himno de corazón incendiado. Pop gritado con voces estranguladas, baterías al trote y acordes singulares: y aún así, cantable y bailable. Pogo cerebral, Feelies y Jawbreaker, urbano y leído, todo emoción.

Cuando les vi un abril de 2005 en un bar de Manhattan, no iba por ellos. Iba por The Nightingales, el grupo post-punk inglés, que aquella noche me parecieron pésimos; hacía el minuto 5 de “Going through the motions” ya sentia ganas de subir a matar a Robert Lloyd. Pero no lo hice. En primer lugar, la culpa era mía; pese a que raramente voy a ver a grupos antiguos, tenía la noche nostálgica (quizás porque había pasado tres horas emborrachándome en Manitoba’s, viendo fotos de Dictators y Richard Hell). Y en segundo lugar, la actuación previa de un estimulante grupo de desconocidos humanos me había puesto de buen humor. Se llamaban Oxford Collapse: un trío de empollones con nombre nerd. Uno de ellos (Michael Pace, el guitarra) lucía bigote y parecía el primo flaco de Ron Jeremy. El otro (Adam Rizer) con el bajo colgado a mitad del pecho a lo Hurrah! y ojos saltones de Marty Feldman, pertenecía a su mismo club de matemáticas. Y el batería (Dan Fetherston) era un octópodo que tocaba la batería al galope, sin un solo ritmo convencional. Juntos sonaban trompicados y emocionantes, como Minutemen. Pop aguerrido de la escuela Bob Quine, que no teme ser disonante ni pierde el ancla del estribillo. Un grupo con potencial para crear fanatismo.

Me alegra decir que, aunque me equivoqué en lo de geeks solitarios (sus novias resultaron ser las más guapas del local), no así en lo del fanatismo. Con cuatro álbumes en su estela, Oxford Collapse no parecen empeorar ni varar en ningún lugar cómodo. Bits (Sub Pop, 2008) tiene muchos hits, pero -conservando el mismo estilo- podría decirse que bucea a mayor profundidad. Tras tres años de fan, he vuelto a renovar para esta nueva temporada. Porque creo que nos esperan grandes cosas, ¿verdad, Michael?

fIREHOSE, The Feelies, The DB’s, los R.E.M. del Murmur y Dischord Records. Éstas eran algunas de las cosas a las que sonaba Remember the night parties, pero en el nuevo se adivinan influencias recientes. Y un violonchelo.
Bueno, según te haces viejo vas abriendo la mente y escuchando otras cosas. En nuestro caso, empezamos a excavar en la historia de lo que llamamos “rock clásico” de los 60’s y primeros 70’s: Dylan, The Band, Randy Newman... No es muy aparente a primera escucha en nuestra música, pero es una influencia subyacente. Una de las únicas cosas que no me gustaban del post-punk era la falta de melodía (si exceptuas a Feelies o R.E.M), la forma en que una canción sólo se sostenía a base de ritmo, como los Pop Group. A mí siempre me ha gustado el pop más que a los otros dos; me gustan los coros pegadizos y los ganchos, y por eso he ido investigando en canciones con melodía que me gustaban.

O sea, que tú eres el encargado de sujetar melodicamente a Oxford Collapse.
Cuando escribo algo, lo primero que pienso es: ¿Escucharía yo esto? ¿Es suficientemente pegadizo? Pero los tres miembros tenemos propensión a la melodía: Adam, nuestro bajista, toca con muchas notas, de una manera hermosa y melódica. Y Dan aprendió a tocar la batería en nuestro grupo, de ahí ese ritmo tan poco ortodoxo.

Un cambio obvio ha sido el lírico. “Back in the yards” es un ejemplo de que tus letras se han vuelto mucho más narrativas.
Un amigo me dijo que debería probar a escribir canciones que fuesen menos obtusas, menos forzadamente ingeniosas, menos pomposas. Creo que trataba de ocultarme detrás de palabras inteligentes. No hay nada malo en hacer canciones sobre amor, o que contengan una linea narrativa clara. El reto es hacerlo sin utilizar clichés, y que a la vez contengan un mensaje universal con el que la gente pueda identificarse. “Back in the yards” es literal: habla de una vez en que los vecinos cortaron los árboles que hacían de verja entre la casa de mis padres y la suya, y mi madre tuvo un disgusto tremendo, le habían arrancado su privacidad. “Lady lawyers”, del anterior LP, era igualmente literal: no era una metáfora, hablaba de mújeres abogado.

La última vez que hablamos, comentabas que todos veníais de círculos DIY y hardcore. ¿Qué queda de todo ello en el grupo, en términos de ética y actitudes?
El Hazlo-tú-mismo es todavía la base de lo que hacemos, pero actualmente todo el mundo tiene a su alcance los medios técnicos para grabar una canción y colgarla en internet. Lo malo de esto es que, a no ser que poseas los adecuados medios de distribución, esa canción va a acabar en un agujero negro. Sellos como Sub Pop son el tipo de medio que hoy en día cumple una función de filtro, de escarbar entre la basura y distribuir sólo lo bueno. Lo bueno del punk fue la democratización, y lo malo la desaparición masiva de filtros así.

Bill Drummond afirma que la excesiva disponibilidad de la música la convierte en algo desechable y despreciable, una idea con la que comulgo.
Por eso es importante para nosotros seguir editando discos en vinilo. Hay algo indiscutiblemente efímero en los CDs, y por contra, algo inmortal en la satisfacción que proporciona sostener la cubierta de un disco de vinilo. Y el concepto de las dos caras... Bueno, apreciar la música de la misma manera en que se suponía que tenía que ser en su concepción es algo sagrado. Hace unos días íbamos en la furgoneta y me salté unas cuantas canciones de un álbum en el Ipod y Dan, nuestro batería, me gritó: “¿No tienes ningún respeto por el álbum?” Democratizar tu colección de discos así devalua la intención original del artista.

Sin decir que algunos discos requieren años de aprendizaje. No puedes zambullirte así como así en ellos; hay unos sonidos previos que tienen que madurar en tu interior.
Voy a cumplir 30 el mes este noviembre. Soy la última generación del planeta que creció sin el concepto de la gratificación instantánea, que accedió a las cosas de manera progresiva, digeriendo lo aprendido por el camino. Hoy es: “Voy a hacer un curso acelerado de punk industrial alemán escuchando tres segundos de cada MP3 de toda la discografía que me he bajado”.

Por vuestra actitud anti-estrella y pinta anónima recordáis a grupos punk 80’s del libro de Michael Azerrad Our band could be your life. Como Minutemen, o Black Flag.
Totalmente. Cuando vamos de gira, “we jam econo”, como dijo Mike Watt. Nos alojamos en casas de amigos, cobramos el mínimo posible en la puerta; y aún así sacamos dinero para vivir. Eso sí, nunca nos haremos ricos. La ética DIY de gente como Minutemen es nuestra inspiración.

Sois tan old school que incluso tenéis dirección postal, por el amor de Cristo. Para que la gente escriba... ¡cartas!
(Se ríe) Me alegra que te hayas fijado en la dirección de correos. Myspace es una cutrada y nada elegante. Internet es igualmente cutre, en general. La dirección que incluimos es la de mis padres; por supuesto, no tenemos ni club de fans. Todo esto, lo de la dirección, es parte de un concepto clásico, de cosas que no son efímeras y que se han hecho siempre así.

Además que son inductoras del esfuerzo, y el esfuerzo mola. Cualquier patán-en-pijama puede mandar un comentario a un blog, pero mandar una carta implica dedicación.
Es cierto. Lástima que no hayamos recibido ni una sola carta, pero esa es otra historia. También nos gusta sacar singles con temas que no salgan en el álbum; cuando yo era joven, las canciones que eran sólo de single podían ser mejor que las de LP, como sucedía con Superchunk. Intentamos convertir esta experiencia en algo único, memorable. Eso es ser fan.

Te dejo con una diatriba moral. ¿Qué postura hay que tomar ante el licenciar canciones? La del compositor clásico a lo Cole Porter (tanto hago un jingle de dentrífico como una ópera) o la del cómico Bill Hicks: “Si haces un anuncio en TV, estás fuera de la lista artística para siempre”.
Sólo te digo esto: dime donde firmo y la canción es tuya. No es posible mantener vivo un grupo sin hacer cosas así (aunque, por supuesto, sería lo deseable). Band of Horses, a quienes se lapidó por licenciar canciones para publicidad, dijeron: “una vez la canción está hecha y está ahí fuera no tengo problemas en vendérsela a alguien”. Con este tema no se puede ser demasiado mojigato. Si un puto pez gordo quiere darnos dinero por nuestras canciones, bienvenido sea.


Flora y fauna (discografía seleccionada)

A good ground (Kanine records, 2005): En su segundo disco largo, OC han perdido algo del bailoteo maníaco de su debut Some Wilderness (Kanine 2004) y afianzan el que será su sonido desde aquí: melodía nerviosa, cantar semi-tirolés, crescendos emotivos, baterías dislocadas. Dos hitazos, mínimo: “The boys go home”, como el “Away” de los Feelies pero con voz de Kevin Rowland + Shudder to Think y unos tambores atolondrados que parecen aporreados al azar. Y ese estribillo de gran hermosura: “And when the party is over / All the boys go home alone”. La otra, “Proofreading”: los Mission of Burma más himnales (del “Academy fight song”) se mezclan con R.E.M. etapa parvulario (Chronic town) y furibundos arranques Dischord.

Melting the ice queen 12” (Kanine Records, 2004): Danzable espásticamente, como si fuesen The Method Actors o un grupo de los que aparecen en las series NY Noise de Soul Jazz. “Celebrity arty party” es una gran versión de los ignotos punk-funkeros The Embarrassment, y tiene batería metralleta, efectos rompepistas y estupenda melodía pop.

Remember the night parties (Sub Pop 2006): Comentado suficientemente en un Rockdelux pasado, RTNP es, créanme, una cosa es-pec-ta-cu-lar. Para muestra, una favorita: “Let’s vanish”. Como unos Pylon muy melódicos, con un inicio de bajo a lo Jawbox y una de sus tonadas más poperas (imaginen a Jawbreaker tartamudeando, y con letras aún más crípticas: “Traveling upstream climbing up gambles/ Over equators jumping in dunes”). ¿Comorrr?

Kiko Amat

(Entrevista publicada originalmente en la revista Rockdelux #268 de diciembre del 2008)