23 de juny 2008

¡Leña al mono hasta que hable inglés!


Cuelgo este texto que nos han enviado los amigos de Pepitas de Calabaza en el que Miguel Amorós sigue repartiendo bastonazos sin dejar títere con cabeza. Entre tanta trivialización, aniversario y tontería institucional creemos que es momento de reflexionar sobre ciertas cosas y que mejor que escuchar lo que tiene que decir Amorós con su lucidez habitual. U.

LOS ARCHIPIÉLAGOS DE LA FALSIFICACIÓN,
EL ANARQUISMO ESPECTÁCULO Y MAYO DEL 68


¡ABAJO LA ANARQUÍA ESPECTACULAR MERCANTILIZADA! Tal era el lema de unos carteles y hojas que protestaban por el negocio editorial montado a costa del anarquismo tras el interés hacia el tema despertado por la revuelta de mayo de 1968. Aunque con un aceptable arsenal de armas críticas y tácticas subversivas, transcurrido el movimiento revolucionario la emancipación de los trabajadores seguía trabada por las organizaciones burocráticas que operaban en su nombre, bien a las órdenes de un Estado totalitario como la Unión Soviética, bien al servicio de la burguesía gestora en los países de capitalismo avanzado. La sociedad del espectáculo defendía su dominio mediante la falsificación general de todos los aspectos de la vida, precisamente aquello contra lo cual se habían alzado los insurrectos de mayo. En lo que concierne a las burocracias parasitarias, incluidas las libertarias, su labor consistía en la falsificación de las teorías y la historia de las crisis revolucionarias. Las aguas de mayo habían concedido al viejo anarquismo las apariencias de una segunda juventud e incluso habían propiciado la aparición de un anarquismo a la carta, que ofrecía todas las variantes posibles entre el narcisismo individualista, la estética contracultural y el izquierdismo específico. En tanto que conformismo de nuevo cuño, ese anarquismo inutilizado formaba parte del espectáculo, o dicho de otra manera, “estaba de moda”. Y por consiguiente, tal anarquía no era otra cosa que ideología de consumo, ideas desvalorizadas al servicio de la mercantilización.
Lo que no mata, engorda. El capitalismo sobrevivió a las crisis de los sesenta y se dispuso a dar enormes saltos hacia delante que entrañaban una obra de recuperación ideológica considerable, futura causa de una ingente literatura y de la prosperidad de las casas editoras. El trabajo recuperador de los asalariados de la cultura tenía que apuntar menos al mantenimiento de falsas ilusiones revolucionarias, que a la denuncia del retorno del proletariado revolucionario en tanto que ilusión. Por tanto, no tenían que vender a la clase obrera en reflujo fantasías de poder y de liberación, sino sueños libidinales y hedonismo consumidor. De ahí que a la dispersión de la revuelta siguiera una liberación de costumbres encabezada por las clases victoriosas, que para el mercado realmente significó una renovación. Veinte años después todos los medios de comunicación proclamaban que lo que muchos consideraban todavía la única huelga general salvaje de la historia no era sino una maniobra dura de la modernización capitalista, y su gusto por el jolgorio comunitario, su deseo de expresarse libremente o su rechazo del trabajo y de las ideologías, algo así como un prólogo agitado y lúdico del neoliberalismo. La labor recuperadora había allanado el terreno a la mercancía de forma que ésta abarcase cómodamente la totalidad social, elaborando un lenguaje con palabras arrebatadas al enemigo. Alcanzado ese nivel cualquier eslógan revolucionario del pasado sonaba a mensaje trivial de lo existente; así por ejemplo, el “PROHIBIDO PROHIBIR” servía como lema publicitario de una vulgar exposición fotográfica, y la multinacional Acciona diría eso de “SEAMOS REALISTAS. PIDAMOS LO IMPOSIBLE” para dar a conocer el ecofascismo del mañana en su pabellón de la Expo de Zaragoza.
La naturaleza profunda de las crisis de los años sesenta y setenta, las del fordismo y la abundancia mercantil, determinó que la vuelta al orden no se quedara en una mera restauración garantizada por la fuerza pública, sino que conllevara cambios radicales en las formas y procedimientos de gestión social, donde los contingentes de desertores y arrepentidos jugarían su papel. El caso español fue similar, aunque debido al peso de la moral católica dominante bajo el franquismo la subversión de conductas se presentó más que en ninguna otra parte como moda libertaria, dando pie a un espectáculo específico sostenido justo el tiempo empleado por los retoños de la burguesía posfranquista para renovar su moral, o como dijo José Ribas, personaje que dirigió la revista recuperadora por excelencia, “Ajoblanco”, en lograr su “libertad”. La influencia del mayo francés nunca fue excesiva puesto que el filtro policial-estalinista la mantuvo a raya y, además, el proceso de radicalización obrera se detuvo en 1976; a lo sumo hoy los dirigentes de medio pelo aluden al 68 para indignarse si ante la exigencia de que las decisiones se tomen en asamblea. Los asalariados ibéricos de la cultura, principalmente estalinoides, nunca se emplearon demasiado a fondo, limitándose a reducirlo a algarada estudiantil y a repetir los tópicos de sus colegas franceses. Hemos tenido que esperar cuarenta años para asistir a una ambiciosa tentativa de recuperación autóctona, en forma de “conmemoración cultural” que se pretende “intervención política”, llevada a cabo desde distintas universidades con la ayuda de varias momias prostituidas, pasando por el Museo Reina Sofía, el Ministerio de Cultura, la Fundación Tàpies, la revista Archipiélago y la editorial Acuarela.
El objetivo confesado no es en absoluto una defensa de Mayo en sus aspectos más verídicos, a saber, el anticapitalismo, la crítica de la burocracia y de la política, el rechazo frontal de las instituciones, la apuesta por la revolución social, etc., y no podía serlo siendo quienes son los autores de la operación y los lugares en donde ésta se efectúa. Más bien se trata de un show dirigido a un público concreto, el que aspira a labrarse una carrera en el mundo de la industria cultural y del espectáculo artístico, el que quiere hacerse un nombre en la modernización del sistema dominante. Estos cretinos modernos afirman que “sólo el presente puede abrir el pasado”, pero eso suena más al big brother de “1984” que a Walter Benjamin, pues tal afirmación en boca de recuperador quiere decir sólo que la manipulación del presente facilita la del pasado. Y a su turno, el “pasado”, por ejemplo, Mayo del 68, ha de ser alterado (o “reconstruido”) para que no impida la contemplación del presente con ojos aprobadores. El pasado es algo así como un desván de trastos y ropa vieja donde encontrar material “para una intervención política presente” ¿cuál? A estas alturas habíamos de adivinar que nuestros payasos del pensamiento sumiso se refieren a los “movimientos sociales”, las seudomovidas ciudadanistas que reclaman la vuelta al Estado “de bienestar”, la renta básica y el retorno al escenario socialdemócrata por vías paralelas, donde realizar “una praxis del antagonismo que no se limite a la negación”, es decir, una actividad colaboradora que neutralice cualquier conflicto presente. Efectivamente, el trabajo de los burócratas es distinto “cuando ya no se trata de dirigir, representar o adoctrinar”, sino de amontonar y distraer. La pérdida actual de credibilidad institucional abre perspectivas a un tercer sector de la recuperación, aquél que ha de intervenir en luchas reales o ficticias cuando “el concepto de vanguardia” es cuestionado y las organizaciones políticas, sindicales y “sociales” están desacreditadas, cuando no quedan modelos aptos que ofrecer ni recetas infalibles, sin un horizonte revolucionario que oscurecer ni un sujeto proletario que manejar. Como han demostrado los alterglobalizadores, la banalización de la protesta no puede realizarse ya desde los partidos, las asociaciones o las ONGs; ha de ser “rigurosamente situacional” y andar fuera de las estructuras del poder, allí donde los montajes ocasionales puedan sin querer crear espacios en que ni sus reglas sirvan ni las subvenciones funcionen. La participación electoral y el compromiso con lo existente han de lograrse con métodos de diversión, entretenimiento y “diálogo transversal”, es decir, multiconferencias, dramatizaciones y tecnofiestas.
La tercera vía de la recuperación que llamaremos de ahora en adelante “acuarelismo”, propone volver tan ininteligible el presente como el pasado, para así poder manipular ambos. Por una parte, ha de sabotear la experiencia en cuanto al presente, manteniéndola en el aire, sin objeto real; por la otra, ha de “reinventar” cualquier suceso revolucionario. ¿Cómo? Sacándolo de su contexto social y político y saqueando su bagaje radical para que, ya sin contenido verdadero, adorne tranquilamente las movilizaciones de pega y las farsas seudocontestatarias. Lo que interesa a los acuarelistas no es el lado negativo de las revoluciones, que al contrario detestan, sino sus posibilidades estéticas bien limpias de radicalismos sociales, que les fascinan. Y claro está, Mayo del 68 es una mina, pero no sólo accesible al acuarelismo: igualmente podíamos espetarle que la humanidad no será feliz hasta que el último de los estetas cuelgue de las tripas del último capitalista. O el detournement de Picabia: si leéis Archipiélago en voz alta os dolerá la boca (¡es verdad! yo mismo lo he comprobado). Visto lo conseguido hasta ahora, la recuperación acuarelista no se distinguiría de las precedentes, pues en último extremo no sería otra cosa que un intento de convertir en mercancía de importación los combates históricos de mayo, para ofrecerla como capital cultural al poder, y al mismo tiempo venderla como espectáculo de la revolución light a un puñado de consumidores. La novedad residiría en la oportunidad estructural de tal conversión, pues en la actualidad la cultura mercantilizada cobra una importancia considerable en la transformación urbana de las metrópolis y la evolución de su economía. No estaríamos pues ante un latrocinio sociocultural aspirando a escenificar imaginativamente la vieja política en el terreno de la globalización capitalista; se trataría de un asunto que apunta más lejos. La recuperación trabaja para la fusión de la cultura de masas y el Estado, pero desde la perspectiva del mercado mundial, no hay Estado ni cultura, sólo economía. Entonces, el acuarelismo, al acumular su brizna de capital inmaterial, aportaría su modesto grano de arena a la mundialización. En concreto, repetimos, su función consistiría en dar a un público universitario arribista la apariencia de una existencia culta, puesta al día, de forma que se encuentre a gusto con la alienación y transmita esa sensación a la “multitud”, que es la que a fin de cuentas ha de consumir para que la moda dé dividendos. Que haga bien sus deberes y contribuya con su hipocresía superlativa a la prolongación de la prehistoria de la humanidad es lo de menos. La moral del asunto es ésta: la historia pertenece a quienes saben apropiársela, bien para continuarla buscando pelea, bien para rentabilizarla buscando compradores. Que sirva mejor a unos que a otros dependerá de quienes sepan en su ámbito respectivo ser más crueles.

Miguel Amorós
Texto elaborado al azar en diversas charlas de presentación del libro “Los situacionistas y la anarquía”, habidas entre mayo y junio de 2008 en la librería restaurante Anònims, de Granollers; en Radio Bronka; en el Gaztetxe de Loiola, de Donosti; en el Centre d’estudis llibertaris Francesc Sàbat, de Terrassa; y en el C.S. O. La Retaguardia, de Barcelona.

10 de juny 2008

Vuelven los tiempos oscuros

Corto y pego (de Rebelión) la noticia más terrorífica de los últimos años. Igual empieza a ser momento de que vuelva la F.A.I.:

El mayor retroceso social en décadas de los derechos de los trabajadores se aprueba sin ningún voto en contra
La Unión Europea acuerda ampliar la jornada laboral hasta un máximo de 65 horas semanales

Agencias/Rebelión
Los países de la Unión Europea (UE) acordaron ayer por mayoría cualificada ampliar los límites de la jornada laboral para que un empleado pueda trabajar hasta un máximo de 65 horas semanales, si así lo acuerda con el empresario.

Tras cerca de 12 horas de negociación, los ministros de Trabajo aprobaron una propuesta que llevaba varios años bloqueada y que, ahora, debe ser aprobada por el Parlamento Europeo (PE) para su entrada en vigor.

España, que ha sido uno de los países más críticos con esta posibilidad, se abstuvo en la votación y, junto a Bélgica, Chipre, Grecia y Hungría, presentó una declaración en la que aseguró no poder aceptar el texto por el "retroceso social" que supone.

La reforma de la directiva de Tiempo de Trabajo consagra la hasta ahora transitoria cláusula del "opt out" -introducida en su día a petición del Reino Unido- que ofrece a los empleados la posibilidad de trabajar por encima del máximo vigente de las 48 horas semanales.

El texto acordado por los ministros establece que este límite -que sigue siendo el oficial- podrá superarse en caso de acuerdo entre el trabajador y el empresario, siempre por debajo de un techo máximo que queda fijado en 65 horas a la semana si se incluyen periodos de guardia.

Sin ellos, el límite estará en 60 horas semanales, a no ser que exista un convenio colectivo o un acuerdo entre patronal y sindicatos que ponga un tope más alto.

Finalmente, y por las presiones de Francia, la directiva se aplicará a todos los contratos de más de 10 semanas de duración y no sólo a aquellos de más de cuatro meses, como establecía el texto presentado esta mañana por la Presidencia de turno eslovena.

Además, los países acordaron que la Comisión Europea (CE) evalúe el nuevo sistema y presente una nueva propuesta para revisar la directiva, incluida la cláusula del "opt out".

Francia e Italia dejaron de ser aliadas de España

España ha sido desde el primer momento uno de los opositores de la ampliación de la jornada laboral, pero en los últimos meses perdió el apoyo de sus principales aliados en esta negociación, Francia e Italia cuyos gobiernos están en mano de la derecha, con los que había bloqueado en varias ocasiones la reforma.

El texto pactado hoy, tras horas de debate, intenta introducir salvaguardas pues establece que el empleado que trabaje por encima de las 48 horas a la semana lo será de "forma voluntaria y no obligado por el empresario". Esta disponibilidad de los derechos había sido desterrada del derecho laboral pues la práctica y el sentido común indica que el empleador siempre está en una posición de fuerza para imponer las condiciones de trabajo.

La excusa por parte de muchos países para aprobar esta norma es que hasta ahora se incumplía la actual legislación en sectores como el de la sanidad donde las guardias superan con mucho los límites de la jornada laboral. El Tribunal de Justicia de la UE ha reiterado en distintas sentencias que los períodos inactivos de las guardias deben ser considerados tiempo de trabajo, frente a la posición de la mayoría de gobiernos que lo rechaza por el coste que la medida implicaría para los sistemas públicos de Sanidad. Hoy, los ministros han reafirmado su pacto para que estas horas no sean contabilizadas como trabajo, a menos que así lo establezca la legislación nacional, aunque señalan ¡que tampoco deberían considerarse tiempo de descanso!

En paralelo, los países de la UE han acordado la equiparación salarial de los trabajadores cedidos por Empresas de Trabajo Temporal (ETT) con sus compañeros contratados directamente a partir del primer día de contrato, algo que ya ocurre en España.

La directiva pactada por los ministros incluye una excepción para aquellos países donde exista un acuerdo entre la patronal y los sindicatos en este ámbito, caso del Reino Unido -que hasta ahora había bloqueado el texto-, donde la igualdad salarial se da a partir de 12 semanas de contrato

4 de juny 2008

Cómo tocar la guitarra

por David Fair (de Half Japanese)

Aprendí a tocar la guitarra yo solito. Es increíblemente fácil cuando entiendes como funciona.
Las cuerdas más delgadas emiten los sonidos agudos y las más gordas los sonidos graves. Si quieres tocar rápido mueve tu mano rápidamente y si quieres tocar más lento muévela más lentamente. Eso es todo lo que hay.

Puedes aprender los nombres de las notas y como hacer los acordes que usan los demás, pero eso es muy limitador. Incluso si te dedicaras en un par de años a aprender todos los acordes seguirías teniendo un número limitado de opciones. Si no conoces los acordes tus opciones son infinitas y puedes dominar el arte de tocar la guitarra en un solo día.

Tradicionalmente las guitarras tienen una cuerda gorda en la parte de arriba y las cuerdas se van haciendo cada vez más delgadas conforme bajas. Pero lo que debes recordar es que es tu guitarra y puedes ponerle cualquier cosa que quieras. A mí me gusta poner seis cuerdas diferentes porque así tengo más variedad, pero mi hermano solía ponerlas todas del mismo grosor para así no tener tanto de que preocuparse. Cualquier cuerda que tocara era la correcta, porque todas eran iguales.

Afinar la guitarra es un proceso ridículo. Tienes que girar las clavijas hasta cierta posición, que implica que cualquier otra posición está equivocada. Pero eso es absurdo. ¿Porqué debería estar equivocada? Es tu guitarra y tú eres el que la toca. Es tu tarea decidir como debería sonar. De hecho yo nunca afino por el sonido. Estiro las cuerdas hasta que todas están más o menos igual de duras.

Recomiendo encarecidamente las guitarras eléctricas por unas cuantas razones. Primero no dependen de la resonancia del cuerpo para obtener el sonido, así que no pasa nada si las pintas. Además si pones todos los reguladores de tu amplificador al nivel 10, puedes obtener una relación entre tú esfuerzo y la reacción mucho más alta con una guitarra eléctrica que con una acústica. Sólo un pequeño golpecito a las cuerdas puede hacer temblar las ventanas, y cuando le pegas fuerte con tu ampli a 10, puedes llegar a hacer saltar la pintura de las paredes. La primera guitarra que compré era una Silverstone. Más tarde compré una Fender Telecaster, pero da igual que tipo de guitarra compres mientras las clavijas estén al final del cuello donde deben estar. Hace unos años a alguien se le ocurrió una guitarra que se afinaba por el otro lado. Nunca la he probado.
Supongo que suenan bien pero tienen un aspecto ridículo y te sentirías bastante tonto con una. Eso afectaría a tu forma de tocar. La idea no es parecer ridículo. La idea es poner una pua en una mano y la guitarra en la otra y con un pequeño movimiento dominar el mundo.

29 de maig 2008

Pop y circo (o La era de los festivales)

Yo sólo quería ir a bailar un rocanrol a la plaza del pueblo. ¿Era eso tanto pedir? Qué tristeza cuando me dijeron que eso ya no existía, y la plaza se llamaba Entorno Movistar. Me dijeron que ahora era la época del Festival. ¿Festival?, les dije yo. Suena divertido, les dije. Sólo que al poco me di cuenta de que no lo era.
El Festival Musical es la corporativización definitiva de la antigua Fiesta Mayor. Es la sublimación máxima de la idea de la música como máquina productora de dinero, en su manifestación física más nuremberguiana. Es el triunfo de la voluntad, sólo que es exclusivamente la voluntad de unos cuantos empresarios. Y, como tal, da miedo.
Miren ustedes qué excentricidad maoísta la mía, creo que los ayuntamientos están obligados a invertir en oferta cultural sin buscar réditos. En lugar de ello, y continuando con la tendencia a la privatización de la vida que lleva el país, han pasado la patata de los festejos a las corporaciones. La consigna es: Nada Gratis; y, desde luego, la música tampoco. Lo de bailar sin pagar es una cosa de anarquista loco de la Edad Media, algo totalmente passé. Sant Pere no volverá a cantar si usted no paga.

Eso sí, para que usted amortice el draconiano ticket, la organización del festival apretujará en una velada a la mayor cantidad posible de bandas. Es la concepción del Buffet Libre, aplicada al pop: el supersize me, la gratificación sin mesura, el atracón. Pero la ecuación “Si ver a 1 grupo mola, ver a 750 seguidos molará 750 veces más” no computa. En un Festival uno ve mucho pero no ve nada, y sale de allí con una amarga sensación de bulimia sonora.

Hay otros factores discutibles. Los obscenos cachés que se pagan a los artistas extranjeros (150.000 euros, por ejemplo, piden Arcade Fire), algo únicamente español, herencia clara de la cultura del pelotazo. Como admiten los propios directores de festivales, esta tendencia puede terminar con los conciertos en salas; nadie se planteará tocar en seis ciudades si cantando hora y media en un festival cobra ese pastón. Para los que sí lo harían, hay una sorpresa reservada: Los contratos de exclusividad. El grupo tiene que comprometerse a no tocar en tres meses en el área urbana del festival; es decir, en un radio de unos 100 km.

Se impone plantearse si otras formas de presenciar la fabricación de música pop son factibles. Formas más baratas, menos centralizadas, menos masificadas, más cercanas y más humanas. Festivales que, por su aforo reducido, escaso o nulo protagonismo del spónsor, cercanía física de los grupos (y organizadores), y reducido precio de entrada se conviertan en una experiencia distinta. Hasta que sea así, no me quedará más remedio que seguir dudando del modelo actual. Si me dejan, se entiende.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 28 de mayo de 2008)

Se cierra el club: Jonathan Coe

Novela Vuelven veinticinco años más tarde los personajes de El club de los canallas de Jonathan Coe, en plena era de globalización y neolaborismo inglés.

El discreto encanto de la tercera persona es que hace que los escritores se sientan como Dios. Y cuando digo “como Dios” no quiero decir “de perlas”, sino como Dios-Dios, el Supremo Hacedor. Por eso algunos novelistas se mantienen alejados del Él; porque les hace sentir como niños poderosísimos moviendo sus juguetes. Ese poder -el de manejar a los personajes con la pértiga de la 3ª Persona- es precisamente lo que hace que algunas novelas sean menos creíbles que un platillo volante de Ed Wood. Para colmo, la distancia crea a menudo una ruidosa ausencia de pasión, como si al autor le importara un pimiento si sus personajes se caen a una zanja o se tiran a una pornstar o les sale un dolorosísimo furúnculo en la ingle.

Leyendo El círculo cerrado, uno ve que Jonathan Coe no es así. Sus novelas, tan inglesas, son despampanantes ejemplos de arquitectura narrativa en 3ª persona. De la que funciona. Aunque como lector uno pueda imaginar a Coe colocando sus piezas de Risk aquí y allá, se nota a la vez cómo empatiza con ellos. Cómo hace suyos sus problemas, y se divierte cuando bromean -incluso si las bromas son esos puns de palabras que enamoran a los británicos y dejan perplejo al resto del mundo. Coe escribe mucho y muy bien, y sus novelas son menos de desintegrar el lápiz subrayando frases inspiradoras y más de admirarse con la adictiva narración y trama, más con lo que sucede que con lo que se dice.

El círculo cerrado es la segunda parte de El club de los canallas. Por tanto, continúa con las aventuras de Benjamin Trotter, Paul Trotter, Doug Anderton, Philip Chase y Claire Newman. Si la primera parte estaba ambientada en la Inglaterra de 1973 a 1979, con todo lo que ello conlleva (el prog de Hatfield & The North, el advenimiento del punk, el Thatcherismo, el sindicalismo, la campaña del IRA en suelo inglés...), El círculo cerrado nos presenta a los personajes veinticinco años más tarde. Es decir, de 1999 a 2003, en plena época Tony Blair. Independientemente de la acción, hay que adelantar que el Nuevo Laborismo se lleva del puño de Coe una magnífica paliza. Por mucho que el autor ponga palabras como “los neoliberales buscan la pureza en la misma medida que los fundamentalistas o los neonazis” en la boca del ahora periodista Philip Chase, resulta obvio que es el novelista quien habla. Eso otorga a El círculo cerrado un cierto sabor a venganza personal, aunque Coe continúe cogido empáticamente de la mano de sus amados canallas (por imbéciles que sean algunos). Incluso se las arregla para que Paul Trotter –quien de precoz Tory infantil ha pasado a MP Blairita- no sea un completo Belcebú amoral, añadiendo un corazoncito a su gilipollez. ¿Y su hermano Benjamin Trotter, ese Holden Caulfield en cenizo? ¿Qué ha sido de él? Me temo que continúa igual, encadenado a los patetismos de hace dos décadas, mirándose los zapatos lleno de terror. Benjamin es un personaje que le pone a uno histérico (y alguien a quien esquivaríamos en bares en la vida real) pero, como en el gore más escalofriante, uno no puede evitar mirar.

Alrededor de Benjamin y los otros, Coe ha vuelto a dibujar un retrato perfecto de la Inglaterra de finales del siglo XX, lleno de sátira, crítica social (se habla también de las privatizaciones, del grupo nazi Combat 18 y del cierre de fábricas) y una adictiva acción llena de giros. Las incógnitas que quedaron colgando del aire en El club de los canallas quedan resueltas, una a una, en ésta su continuación. Y aunque leerse ambos libros en el orden en el que fueron escritos no es una prerrogativa, sí ayuda. Un libro altamente devorable.

El círculo cerrado
Jonathan Coe
Anagrama
499 pág.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 21 de mayo de 2008)

The Fleshtones: El secreto de las fiestas


Los herederos naturales de los indios Manhattan, bailando como tales. Señores que celebraban todo lo que vale la pena celebrar cuando el planeta entero posaba y se hacía el depre. Los Fleshtones eran negrura, twist, parties caseras, discos de 45 rpm, punk de sótano y conga, mucha conga. Nacieron antes de tiempo y luego nunca han querido morir. El auténtico beat americano es suyo.

Momentos grandes #1: Es el 2 de mayo de 1991, y estoy poniendo cara de bobo en la escalera de caracol de la sala KGB. Hace un minuto bailaba el twist con los Fleshtones, que aporreaban su Farfisa y sus trompetas con vigor. Dentro de cuatro estaré sin camiseta subido a los hombros de alguien, haciendo el ridículo y sin que me importe ná. En ese lapso de tiempo busco perplejo al grupo, que se ha esfumado tamborileando en fila india del escenario. Y de repente alguien me hace tup-tup-tup en el hombro, me vuelvo y es Peter Zaremba, el cantante, que baja por las escaleras con todo el grupo a su cola, como un dragón chino, a ritmo de bum-bum-bum. Los focos se vuelven hacia el sexteto, ahora septeto porque me he añadido a la culebra descendiente gritando ¡C-o-o-o-o-on-gA! como en un fragmento de El secreto de las fiestas de Francisco Casavella. Un pequeño paso para la humanidad, pero una noche extática para aquel niñato de 19 años.
Porque el secreto de las fiestas es este: The Fleshtones. El grupo más divertido del mundo, y no de ja-ja, no de disfrazarse de lagarterana, sino de baile de San Vito, baile furioso para mantener a raya la marea de la tristeza. Con treinta años a sus espaldas, nacidos en el NY del punk pero fermentados con el espíritu del frat rock, la emoción del soul y la música disco más religiosa y la rabia simple del garaje, The Fleshtones han conseguido mantenerse en un estado de desarrollo interrumpido. Siempre así, siempre sí, doce discos más tarde y recién editado su Take a good look (Yep Roc 2008) The Fleshtones continuan igual. Ahí viene, arreando, su conga.

Quiero hablar con el jefe: Peter Zaremba.
Soy yo. El dictador de los Fleshtones. El rey de los Fleshtones (en español en el original).
Quiero hablar contigo desde 1987, aquella época extraña en que tu grupo era famoso aquí. Tocásteis en una Mercè para miles de personas. ¿O fue un sueño?
No, pasó de verdad. Recuerdo que tocábamos con Chuck Berry. El tío normalmente es un hijo de puta de primera categoría, pero aquella noche le hacía falta un afinador, así que tuvo que venir todo manso a pedírnoslo a nosotros. A parte de esto, aquello fue una maravilla a atesorar, en el sentido más clásico de la expresión. Algo absurdo e increíble.
Desde vuestra fundación en 1976 siempre os ha costado encajar: erais demasiado rock’n’roll para la No Wave, demasiado farreros y soul para la escena garajera...
Siempre hemos sido los grandes herejes. Especialmente de cara al garaje 80’s, o Paisley Underground. No éramos lo suficientemente “puros” para ellos, escuchábamos funk y disco, nos gustaba la fiesta y el perder el control...
A vuestra condición de heréticos ayudaba la mezcla de 60’s punk, soul, funk, power pop, surf, r’n’r...
En los últimos discos estamos focalizando el sonido. No pretendemos ser puros, pero sí estamos más concentrados que antes en el garaje. No para ser iguales que los Seeds o los Standells, quiero creer, sino aprendiendo de su lección y su energía. No somos nostálgicos. No nos gusta ese rollo tan específico, “me gusta la música de abril de 1966 y todo lo demás es una mierda”.
En vuestro primer álbum (Blast off!, Red Star 1978) ya se intuía cómo érais: una versión de Suicide y una de The Strangeloves, bubblegum y punk y funk; algo que entonces se consideraba poco cool.
Es una tragedia que ese disco no saliese cuando se grabó, en 1978. Fue un revés que nos echó atrás. Habíamos descubierto la luna, pero no pudimos declararla nuestra, porque para cuando se reeditó otros se nos habían adelantado. Es justo y dulce que la historia nos haya dado la razón.
No estabais hechos para aquel mundo. Ahora otros grupos triunfan con esa mezcla bailonga de punk sincopado y funk blanco y estribillos gritados en grupo.
Es una pena, sí. No me estoy lamentando, pero quizás debería (Se ríe) La parte II de esta tragedia es que nuestros dos siguientes álbumes (Roman gods y Hexbreaker, IRS 1982 y 83) están descatalogados. Eso me apena, porque no somos shakespearianos; no buscamos la oscuridad porque sí.
Es una contradicción en la que vivimos algunos fans: queremos lo mejor para nuestras bandas favoritas, pero a la vez nos regodeamos en su rareza y mala pata comercial.
¡A mí me pasaba lo mismo! Mucho antes de tener un grupo, la excentricidad y el fracaso comercial de otros me atraían. Imagino que sin desearlo acabamos recreando algo de esto; copiábamos a los grupos secretos, a los raros. No hay que olvidar que empezamos a tocar en el absoluto auge del rockstar de los 70, que -no hace falta decirlo- considerábamos ridículo.
Los Fleshtones siempre han dado la impresión de estar en esto por las razones correctas. Por amor puro, no por ego o dinero.
Es la gloria de la causa perdida. Somos quijotescos, y no digo esto de forma pretenciosa. Además, que no se nos olvide: Esto es divertido. No nos gusta el sufrimiento, y no queremos que nuestros fans sufran.
El mito/cliché del artista torturado es algo cada vez más risible, sin duda.
La pena no es algo que deseemos inflingirle al mundo. Ya hay demasiada gente a la que le gusta revolcarse en su propia miseria.
Dentro de la escena garajera había otra cosa en los Fleshtones que daba el cante: Tu flequillazo ladeado de soul boy.
Te lo creas o no, de una manera o de otra siempre he llevado ese peinado. Desde los últimos años 50, como mínimo. Cuando aparecieron los Beatles me lo intenté dejar más largo, pero me miré en el espejo y me di asco. Así que volví a mi flequillo inicial, el que ya se ve en Blast Off! ¡Ah! Durante dos meses en 1969 llevé lo mismo pero más cardado, como un flequillo Hitleriano a lo Vidal Sasson. Horrible. Pero en cualquier caso, nunca he querido llevar pinta sixties.
Vuestro show en directo es mítico, y con razón. Eso si es música como celebración del estar vivo.
Siempre nos lo hemos querido pasar bien con esto, aunque no sé muy bien de dónde surge la forma concreta que adopta nuestro show. Al principio éramos más destructivos, yo me cargaba un Farfisa cada noche, pero abandonamos esa etapa. Queremos que la cosa siga siendo interesante. No nos interesa el concepto de escenario como altar sagrado. Queremos utilizar todo el espacio de una sala, y de paso hacer que la gente participe.
Esa cercanía es algo que le debemos al punk. La destrucción del espectador pasivo de la era hippie.
Has dado en el clavo. Muchos grupos son pasivos y convencionales, y fomentan un respeto y una no-violación del espacio que resultan muy aburridos. El punk fue muy necesario; hizo a los grupos accesibles. Y todo el speed que tomaban les daba el impulso y las ideas grandiosas. A veces fracasaban, como fracasamos nosotros. Pero es un fracaso hermoso.
Esperemos que el nuevo, Take a good look, no lo sea. Creo que es vuestro mejor álbum en años.
Yo también lo pienso. El productor es grande, y entiende lo que significa la música cruda, divertida e inmediata.
Ahora que te tengo aquí: ¿Se puede saber qué significa Hexbreaker? Me ha intrigado toda la vida.
Viene de una época en que nos fascinaba el tema vudú de Nueva Orleans. La magia, y las energias que pueden ser utilizadas para el bien o para el mal. No magia para volatilizar un palomo o contactar a los espíritus, ojo. Gordon (Spaeth, saxo y órgano del 78 al 88) estaba obsesionado con esto. Hex quiere decir “maleficio”, pero también es la raíz de Hexágono, una figura de seis lados. Hex era una maldición en el sexteto, que nosotros estábamos rompiendo con nuestra música.
Una cosa más: Como fanático de discos antiguos, ¿Hay algo en la nueva música pop que te interese?
No soy un revivalista, pero lo cierto es que no paro de regresar a la música jamaicana, especialmente el rock steady y el ska. Es un mundo en sí mismo, como escuchar un universo nuevo. Por supuesto que hoy hay grandes grupos, y gente con la que me encanta tocar. Y las audiencias son cada vez menos pasivas. Eso es algo a celebrar.

DISCOGRAFÍA SELECCIONADA

El disco punk
Blast off! (Red Star / ROIR, 1978)
Los estirados de los artie-punks les llamaban “un grupo de twist”, pero su debut inédito (ROIR lo sacó en cinta años después) es punk de garaje chicletoso a ratos, amenazador a otros, fiestero siempre. Hay armónicas al trote, punk electrónico, bubblegum raro (el “Soul Strutin’” de Jamie Lyons, de los Music Explosion), soul maníaco... Una enciclopedia de lo cool grabada cuando el resto del mundo oía campanas.

El disco glorioso
Roman Gods! (IRS, 1982)
Todas las tretas de la good time music de los 50’s-60’s enlazadas en un Non Stop Cabaret de conga y ponche, y modernizadas para eliminar toda ranciedad o archivismo. Hay algo de garaje lisérgico y psicótico (“The dreg”), pero en su mayoría es surf-soul-pop-punk, siempre melódico, siempre bailable. Estribillos deletreados (“R-I-G-H-T-S”), versiones de negros (“Ride your pony” de Lee Dorsey) y emocionantes himnos adolescentes (“I’ve got to change my life”). Un gran disco para escuchar a los 17.

El disco comercial
Powerstance (Ichiban / Big Beat 1991)
No, claro. De comercial no tiene nada. Pero sí es el mejor grabado y el que suena más contundente. Produce Dave Faukner de los Hoodoo Gurus y toca con ellos Andy Shernoff de los Dictators. Está lleno de hitazos memorables de Super Rock Sound (“Irresistible”, “Armed and dangerous”, “Let it rip”), instrumentales para bailar en calzoncillos (“Mod teepee”) y ambiente general de despedida de soltero.

Kiko Amat

(Entrevista publicada originalmente en la revista Rockdelux#262, Junio de 2008)