4 abr. 2008

BarcelonaLand TM


J. Domínguez
Cap a 1930
Còpia d'època
El quiosc de begudes obra de Josep Goday, instal·lat a la rambla de Canaletes el 1908 i eliminat el 1951
Arxiu Fotogràfic de l'Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona


BarcelonaLand TM
La Ciudad Condal moderna se instauró sin preguntar, pero algunos cascarrabias dudan aún de su encanto reluciente

Nos gustaba más antes, gracias. Todo nos gustaba más antes, pero especialmente esta ciudad. Así que discúlpennos si no nos unimos a los festejos. Con su permiso seguiremos siendo, como diría Colin Wilson, los tipos “no susceptibles de contagiarse del entusiasmo general”. Y al progreso que le den morcilla.
Lo que les digo es que no hace falta buscar nuevos modelos urbanísticos y sociales para Barcelona, porque el modelo perfecto ya existe. Se trata, simplemente, de la ciudad de hace veinte, treinta años. Que no era perfecta, se me ha ido el adjetivo, pero su imperfección era como la del grifo que gotea un poco, ¿saben?, y aparece el padre chapuzas con un serrucho grande diciendo “esto lo arreglo yo”, y todo el mundo se cubre los ojos porque saben que la cosa acabará con inundaciones graves, un pulgar amputado en hielo y el lampista diciendo atónito: “Pero, ¿cómo se les ocurre tocarlo?”.
No, aquella Barcelona ya funcionaba (más o menos), y al progreso lo tenemos calao: es el mismo progreso que les vendieron a los Sioux a cambio de unas cuentas de colores, justo antes de que desapareciera el bisonte y todo el mundo en Boston empezara a tener alfombra. Llámennos luditas, llámennos nostálgicos, pero algunos no nos fiamos del progreso urbano como apisonadora cultural. Así que, con su permiso, seguiremos siendo el amargado. El que chafa el matasuegras y la guitarra. El que prefiere “lo de antes”. El pitufo gruñón. El Jesucristo que armó un pollo en el Templo de Jerusalén, tirando los tenderetes de los fariseos mientras gritaba: “¡Quitad esto de aquí, y no convirtáis en mercado la casa de mi padre!”.
Eso, quitadlo.
Somos conscientes, con todo, de que no hay vuelta atrás. Como cantaba el grupo inglés The Clientele en Losing Haringey, su oda de nostalgia por los lugares que ya no existen, “todo ha desaparecido, desaparecido para siempre”. Cada vez quedan menos cosas de aquella Barcelona más bárbara, más suya, más rara. Muchos de aquellos espacios han sido aniquilados, y de ellos sólo queda el recuerdo. Pero ya lo dijo Johnny Thunders: No puedes abrazar a un recuerdo.

Las Barcelonas que ya hemos perdido, no las quieran contar. ¿Se acuerdan de la Barcelona desértica? Cuando se situaban en la Rambla de Catalunya en pleno agosto y miraban la calle Aragó y parecía que había estallado la IIIª Guerra Mundial. Que aquello era el día de los trífidos, que no había humanos. ¿No era hermoso? Era desde luego mejor que la marea de Consumibots que la pueblan hoy.
O la Barcelona sin guiris. Mis amigos más filisteos me preguntan a menudo si no prefiero una Barcelona llena de suecas guapas a una llena de feuchos locales. La respuesta es no. BarcelonaLandTM es un circo de alemanes sin camiseta, yankis palurdas vestidas de GAP y ñús de Durham celebrando despedidas de soltero con falos en la frente. Un sindiós donde se da la bienvenida al hooligan carnicero de Glasgow para que vomite violentamente en medio de la Pça. Catalunya, pero a la que hay el menor atisbo de protesta social salen a relucir los kubotanes. Luego les sorprende que los GARAG (Grups Autònoms de Resistència AntiGuiri), hayan llenado Gràcia de pintadas “Refugees welcome, Guiris Go Home”.

Y qué decir de la Barcelona sin ferias. Me da igual si venden oboes, cascos de anxaneta, motos japonesas o moda “urbana”. Era mejor cuando esto no era un gigantesco palacio de congresos (con la tripulación –o sea, el ciudadano- sacrificable, que decían en Alien El Octavo Pasajero).

Irrecuperable es también la Barcelona de Bar. Todas aquellas bodegas zorrunas, medio vacías, con camareros malcarados que no le lamían el trasero a nadie (pues la cultura estadounidense de servicios serviles era aún anatema). Y en ninguna parte servían “frappuccinos”, ni “montaditos”, y si no te gustaban los quintos fallecías deshidratado. Cuánta cultura y belleza arruinada por el afán de lucro de cuatro desaprensivos. Cada vez que paso por delante del ex-bar Rosselló, en la calle Rosselló justo antes de llegar a Passeig de Gràcia, y veo lo que han puesto en su lugar se me caen las lágrimas.

¿Y La Barceloneta? Aquellos chiringuitos de antaño eran una parte indispensable de la cultura de la Ciutat Condal. ¿Cómo no hicieron referéndum? Solo nihilistas, turistas y gente muy majara prefiere lo de ahora; ese descampado de El planeta de los simios, con estatuas-zigurat y tenderetes fashion. Nadie duda que la playa actual se parezca a la de Cancún: pero es que no se trataba de eso, hombres de gran pobreza moral.

Mejor no hablar de El Barrio Chino. Era preferible pasear por allí temiendo por la vida y el trasero de uno, si al menos las pupilas podían registrar el color local y la subcultura delincuente y los rincones extraños. Ahora está más limpio, sí; el algodón no engaña. Pero qué jodido aburrimento.

En fin. Los tiempos han a-cambiado y ahora vivimos en BarcelonaLand TM. Bienvenidos a “La botiga més gran del món”. Una ciudad-marca de elegancia, modernidad y pelis inmundas de Woody Allen; una nueva urbe que deberíamos celebrar, como nos dicen en esos anuncios ridículamente triunfalistas del F.C.Barcelona. Sólo que cuesta acostumbrarse, ¿verdad?

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 19 de marzo de 2008)