3 març 2008

Enemigos del Sistema


La Banda Trapera del Río El peleón y ostracizado grupo de ruido proletario del Cornellà de los 70, contado en su primera biografía.

El sitio donde naces, te hace. Decir lo contrario es tener mala fe, o haber nacido en la calle Mandri y jamás haber visto a un pobre. Si viviste en Cornellà a mediados de los 70, en pleno cinturón industrial del Baix Llobregat, es posible que las palabras “bonito” y “futuro” no signifiquen mucho para ti. En aquel maëlstrom de rieras llenas de condones, descampados, garrofers, casas baratas y calles sin asfaltar, páginas del Lib flotando en charcos, hipodérmicas en parques y obreros muy cabreados –y muy borrachos- nadie se atrevía a preguntar Qué vas a ser de mayor. Después de echar un vistazo a tu alrededor, sabías que no iba a ser gran cosa. Eso explica el tonelaje de anfetamina y Xibecas que algunos echaron cuello abajo en un intento de sobrellevar el tedio y la desesperanza del día a día en el extrarradio. Y eso explica la existencia de La Banda Trapera del Río. Uno de los grupos más excepcionales que ha dado el rock’n’roll local; los primeros que, como indica Jaime Gonzalo en el libro sobre la banda Escupidos de la boca de Dios, se atrevieron a hablar de su entorno, su miseria y su asco desde el mismo epicentro. Desde la ciutat podrida, la cloaca proletaria, La Banda Trapera del Río se atrevió a ser “la voz del barrio que se ha levantado entre bloques de cemento” (como dijo Morfi, su cantante). La gente que no quieres conocer y que viene de sitios donde no quieres ir, como cantaban Sham 69. Pues La Trapera eran un grupo de curriquis con mucho odio social y resentimiento de clase, sólo que también con alma artística. Desgraciadamente, y cito a Dorothy Baker en Young man with a horn, carecían de lo único que necesita un artista para sobrevivir mientras su espíritu vuela: la capacidad de mantener el cuerpo a raya. Así que se hicieron pedazos, a lo grande. A conciencia.
La Banda Trapera del Río se formó el 13 de noviembre de 1976, en su primera actuación. La formación más estable acabaría siendo Morfi Grei a la voz, Raf Pulido a la batería, Rockhita a la guitarra, Rayban alias El Llobregat al bajo y El Tío Modes a la otra guitarra. El nombre del grupo, explica Morfi, era: “Banda porque éramos una banda, Trapera porque nos vestíamos con lo que encontrábamos en los cubos de basura, y del Río por el río Llobregat”. Les ruego que aquí entiendan el término “banda” en su sentido literal: La Trapera era un mob de adolescentes gamberros, pero con guitarras. Además, les acompañaba a todas partes una numerosa peña chunga de Cornellà y San Ildefonso. “Camellos, manguis, lo peorcito”, declara Pulido, “Cuando hicimos el funeral por Sid Vicious aparecieron cinco 124 Sport, todos robados. En ellos venían Pinocho, Carmelo, el Tole, todos los chorizos habidos y por haber, pero bueno, nos respetaban”. En la fiesta de IIº aniversario del grupo, antes de anunciar que se presentaban a la Alcaldía de Cornellà, hubo un desfile de motos Puch y Derby montadas por “quinquis motorizados” que escoltaron al Dyane 6 del grupo. Como la escolta que los mods scooterizados de los sixties hacían a The Action en cada pueblo donde iban, pero a lo calorrillo. En un reportaje de TVE llamado Rock Bronca als barris, apareció La Trapera como 40 tíos: todos sus colegas, en la puerta del metro de San Ildefonso, hablando de la miseria que les rodeaba, en una demostración sin igual de fuerza pandillera. La Trapera, por cosas así, era grande.
A la Trapera la llamaban Punk, pero lo cierto es que no encajaban en ninguna parte y –a excepción de Star y algún otro medio- nadie les apoyó nunca. No encajaban en el virtuosista (y escapista) contexto musical del momento: rock laietà, salsa y progresivo. Morfi diría en 1978: “Lo nuestro ha sido automarginación, porque nos da asco todo el rollo que se fabrica en Cataluña, ese rollo de cançó y jazz rock que se lo pueden meter por el culo”. Tampoco encajaban con lo que entonces se llamó Rock Bronca; ni Mortimer, ni Peligro, ni Basura, ni desde luego las impostaciones ridículas de Ramoncín & WC tenían sus agallas ni su demencia. Y respecto al punk, decían: “Que quede claro que no somos punk. Eso va con otra sociedad, con otro mundo (...) Nuestra historia es la de la gente de Viladecans, Sant Boi, de Cornellà, de Bellvitge, que es donde vivimos y donde trabajamos”. El sonido de La Trapera mezclaba hard rock, el glam de The Sweet, la teatralidad de Alice Cooper y el ruidazo nihilista de The Stooges. Las letras lo atacaban todo y a todos. Eunucos mentales arremetía contra el Sindicat de Músics: “No os daremos tiempo a la crítica, no os daremos pasto a las mentes / Tocaremos por cojones, tocaremos lo indecente / Vais a oír ruido fuerte y contundente / Musicólogos reunidos lo proclaman estridente / Sois eunucos mentales, sois la hez de mi mente”. También podían hacer grandiosos gritos de guerra sin cuartel, como el himno Curriqui de barrio: “Soy curriqui de barrio, soy amigo del obrero / Soy enemigo del sistema y le pienso pegar fuego / Voy a quemar la alta alcurnia y le voy a robar su dinero / Para comprar más gasolina y seguir pegando fuego”.
Tras seis años de batallas campales, censura radiofónica, adicciones galopantes y fallecimientos (El Tío Modes), la Trapera se disolvería el 27 de agosto de 1982; aparentemente, después de que Morfi se introdujera -en pleno ataque de mono- unos supositorios en el culo en plena plaza del pueblo de Almansa. Su legado sería un single, un álbum y un segundo disco (Guante de guillotina) que no vería la luz hasta su edición en los 90. Su otro legado, claro, es la pelea; golpea, golpea y el árbol caerá. ¿Victoria pírrica o derrota heroica? Algo de ambas. Porque ya lo decía un rocker en Generation X, el libro de entrevistas a teenagers de los 60’s: “Si no puedes vencerles con el cerebro, véncelos con los puños”. O con guitarras.
Kiko Amat

La Banda Trapera del Río. Escupidos de la boca de Dios
Jaime Gonzalo
Munster Ediciones
207 pág.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 23 de enero de 2008)