16 set. 2005

Catorcephenia 11: El Inglés

“No es por ahí, inútil”, le dije a la cigüeña. Pero nada, ella ni caso; me soltó en el extrarradio de Barcelona, cuando estaba claro que tendría que haberlo hecho en Bethnal Green. Esa pifia atizó en mí una anglofilia maníaca que confunde aún más la disfunción catorcephenil de personalidades.

A todos los efectos, siempre he querido ser inglés. La primera vez que puse mis pies en Londres, el calambre que me recorrió las puntas de las orejas fue de reconocimiento, de retorno, no de sorpresa. Eso me convenció de que se había cometido un error administrativo, y que algún día –como en ‘A vida o muerte’, de Powell & Pressburger- se me daría la oportunidad de hacer mi reclamación ante el Ser Supremo.
“Mira Dios, aquí ha habido un error”, le diría. Dios, por cierto, tiene cara de Karl Marx.
“Caramba”, me diría él. “Tienes razón, hijo. ¿Qué puedo hacer para subsanar este desgraciado incidente?”
“Primero mátame”, le diría yo. “Con autocombustión, si a ti te da lo mismo una que otra. Y luego reencárname en Holloway Road”.
“¿Se puede saber qué estás murmurando?”.
De golpe me doy cuenta de que, en efecto, estaba murmurando y riéndome solo. Le digo a Naranja que nada, cosas mías. Naranja, mi novia, me mira y se pone el plumero de nísperos que tiene por cabello tras las orejas.
“Nada no. Has dicho Holloway Road”, me contesta, sospechando. “¿No estarás pensando en Londres?”.
“Para nada”, le digo.
Mi anglofilia es, a ojos del mundo, como una deformidad facial especialmente chocante. Y eso que mi caso no es excepcional. Otros antes que yo habían sufrido la misma obcecación británica: Voltaire, Mazzini, el Barón de Coubertin, incluso el Kaiser Guillermo II. La única diferencia es que a mí, cuando al fin logré irme a vivir a Londres, se me fue la mano. Empecé a comer sólo comida inglesa –chips, salchichas saveloy- que regaba con abundante salsa de menta; ese hecho aislado ya bastaría para que me vinieran a buscar los loqueros. Pero es que además empecé a intentar hablar con el acento ‘working class’ del Geoffrey Ingram de ‘Un sabor a miel’. Empecé a beber sólo Guinness y té. Me iba a bailar a clubs de soul a las siete de la tarde. Empecé a pasar días en Whitechapel bajo la lluvia torrencial buscando el sitio exacto donde cayeron las prostitutas del destripador.
Me convertí en un personaje ridículo y monomaníaco, en resumen. Pero valió la pena “haber vivido estas cosas, haber vivido en la gran ciudad de Londres, el centro del mundo...”, como decía el Moses de ‘The Lonely Londoners’. Qué ciudad, Londres. Podría estar hablando de ella durante horas.
“De ella y de cualquier cosa”
“Bah”, contesto. “Tengo cosas que decir. Cosas importantes”.
“Si tienes tantas cosas que decir y tan londinense eres, ¿por qué no cuentas lo de la vez aquella en que casi te echan del trabajo por tu pésimo inglés?”
Horror. Ha sacado su arma favorita. “No sé de que me estás hablando”, le digo, con voz temblorosa.
“Lo sabes muy bien. Aquella vez que, vaciando una papelera asquerosa, en lugar de decirle a tu jefe ‘Me da tanto asco como a ti’, le dijiste ‘Me da tanto asco como tú’”.
“Yo no lo recuerdo así”, susurro, y Naranja suelta una tremenda risotada, y al final acabo riendo yo también. Pero es sólo por no llorar.
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del día 14 de septiembre del 2005)

Catorcephenia 10: El Malo

Mi 10 es el diez del mal, el lado oscuro de la fuerza, la ciénaga apestosa de los resentimientos y los desplantes. Mi 10 es la parte que escondes en la cómoda cuando hay visitas, la lombriz de tierra que yo mismo deseo pisar. Por eso la muestro y propongo que se me administre una dieta equilibrada de palizas mil.

“Soy un gusano. Una mierda”, le digo.
“No empieces con eso otra vez”, me dice.
“En serio. Soy un ser malvado y abyecto, un perro loco y rabioso que sólo provoca dolor ajeno”.
“Te concedo lo de loco, pero respecto a lo demás no eres ni mejor ni peor que el resto del mundo”.
“No lo entiendes. Soy vil. Soy malo. Soy...”
“Al final me vas a convencer”.
Naranja y yo acabamos de meternos, una vez más, en uno de nuestros ‘cul-de-sac’ dialécticos. Naranja es mi novia, y vivir con todos sus colores corporales parcheados de jirafa al curry es vivir en un permanente carnaval. Naranja tiene cabeza de verbena, y su visión me hace sonreír siempre, pero no hoy.
“Soy un cerdo. Deja de engañarte”, exclamo, agitando como una persona loca la pluma estilográfica que estaba utilizando.
“No dramatices. También tienes alguna cosa buena”, me dice, tocándome la mejilla.
La miro fijamente. “¿Ah, sí? ¿Cuál, a ver?”
“Un momento, déjame pensar. Hummm... A ver. Un momento”
Media hora más tarde, aún estamos allí.
“No, espera un segundo. Seguro que me viene. Veamos. Hummm...”
Pero es inútil; hoy es día de juicio sumarísimo contra mí. La gente suele creer que me tengo un enorme aprecio, y se equivocan. Lo que sucede es que, como Charles Highway en ‘El libro de Rachel’ de Martin Amis, me pongo bastante sentimental respecto a mi persona. Soy como el pariente cariñoso y algo condescendiente de mí mismo; me caigo más o menos bien y me hago gracia y me doy dinero para ir a comprar tebeos. Hasta que, un día, se me caen las gafas de verme simpático y me topo de bruces con mi gran gilipollez.
Entonces me pasa lo que al millonario Carreidas del cómic de Tintin ‘Vuelo 714 a Sidney’: sólo quiero entonar un mea culpa exhaustivo. Sólo quiero, como si me filmara el Capra más desquiciado, reunir en el Palau Sant Jordi a todo el mundo a quien he tratado mal y admitir que soy un tipo repugnante e implorar perdón.
Decirles: sé que doy la opinión cuando no me la piden. Que soy un snob asqueroso que cataloga a la gente por los discos y las películas que tienen. Que, cuando alguien no me gusta, lo demuestro con gran despliegue de medios. Que adjudico roles de enemigos cuando no existen. Que puedo meter de repente a casi todo el mundo en una de estas tres categorías: 1) Pijo 2) Hippie o 3) Facha. Que manifiesto poco interés en los problemas ajenos. Que se me olvidan todos los cumpleaños y efemérides. Sé todo esto y no me gusta. Si yo fuera vosotros, me daría caza y muerte persiguiéndome con el rictus desencajado de la turba homicida. Pero estoy arrepentido, oh buen Dios. ¿No es eso suficiente? ¿Qué más tengo que hacer, andar descalzo y fustigándome hasta la cima del Gólgota?
“Lo que tienes que hacer es calmarte mucho”.
“Lo haría, pero mi manos están manchadas de sangre”
“No te pases. Nunca has matado a nadie”.
“No, lo decía en sentido literal. Acabo de clavarme la pluma estilográfica en la palma de la mano.”
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el día 7 de septiembre del 2005)

Catorcephenia 9: El Discómano

Mis discos se multiplican por todas partes como panes y peces bíblicos, y no sé como he llegado a tener tantos. Pero miento; lo sé perfectamente. Mi devoción hacia el gospel del desafino punk, hacia el soul de la América negra, se transmuta en esas toneladas de álbumes que ocupan casa y cabeza por igual.

“¿Qué haces?”, me pregunta Naranja, que sabe de sobras lo que estoy haciendo.
Estoy sentado en el suelo mirando con ojos de Capitán Ahab la estantería Expedit llena de LPs, tratando de decidir cuáles son los prescindibles. Hace unas semanas Naranja –mi novia de calabaza, mi novia de piel mimetizada- decidió que teníamos que mudarnos, y que teníamos que deshacernos de ‘cosas inútiles’ (o sea: mis discos). Traté de postergar el momento de la purga con todo tipo de excusas hasta hoy, en que su mirada de Gremlin colorado me ha dado un par de empujones psíquicos.
“¿O es que no quieres mudarte?”, me espeta.
“Mudarme me hace tanta ilusión” -como extirparme un testículo con una cuchara de servir helados- “como a ti y lo sabes”, le digo con cara de Heidi. Decidir qué discos van a irse me hace sentir cruel como un doctor de las SS seleccionando a los que van a ser gaseados.
“No necesitas tantos discos”, me dice, acercándose a la estantería. Saca uno al azar y lo sostiene como si fuese un plato sopero lleno de vómito. “Éste, por ejemplo. ¿Lo necesitas de verdad?”.
“Cógelo bien, por favor”, le suplico.
Ella desliza el vinilo fuera de la funda y mira el sello con ojos de diseccionar ratas peludas y gordas. “¿Por qué lo necesitas tanto?”, pregunta. “¿Qué es esto?”
“Cógelo bien, por Dios” suplico por segunda vez. “Esto, como tu lo llamas, es un LP de un grupo rarísimo de pop inglés de los sesenta llamado The Koobas. Amo este disco. Lo amo con una devoción que sólo las madres de mamíferos tienen hacia sus cachorros”.
“Seguro que es una brasa”, me responde.
“Seguro. ¿Puedes cogerlo bien, por el amor de Cristo?”
Naranja lo deja caer sobre mis manos como si fuese una patata caliente. “Tiene pinta de ser una brasa”, finaliza.
Lo que Naranja define como brasa es, en realidad, un complejo universo a cuyo alrededor doy vueltas como un Sputnik de la obsesividad. Esos miles de discos son lo más importante del mundo para mí; desde luego más importantes que personas humanas. El enloquecido amor hacia esos discos es un club privado en el que, como decía Jonathan Lethem, nunca sabrás si tu solicitud ha sido rechazada. Mi beligerancia absoluta al hablar de ellos me separa de todos aquellos aficionados a los que sólo les ‘gusta’ la música. Lo que yo sufro es una obcecación inhumana, un destino, un ansia maligna. Al igual que el Roquentin de ‘La Náusea’, al igual que el anónimo protagonista del ‘Principiantes’ de McInnes, sólo esos discos me dan la paz y la excitación alternadas que mi alma reclama a aullidos. Nada es más importante que esos discos; esos discos, en pocas palabras, son yo.
“Qué tontería. Tú eres tú”, responde Naranja, que ha vuelto para encontrarme a punto de sollozar. “A ver, ¿de qué has decidido deshacerte?”
Le señalo un disco solitario, alejado de mis montones. “De ése”.
Naranja se agacha para recogerlo, y veo el vapor saliendo de sus orejas. “Pero si este disco es mío”, me dice.
“Mío, desde luego, no es”.
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el día 31 de agosto del 2005)

10 set. 2005

Otra escena cotidiana en el Mercat de Sant Antoni

Me encanta ir al Mercat de Sant Antoni los domingos. Para el no-barcelonés, un mercadillo de libros (y de juegos de Playstatiom, sellos, postales, mierdecillas, pero mayormente libros) que tiene lugar cada domingo en el mítico mercado del Eixample. Casi siempre encuentro algo, ya sean Peanuts que me faltan de la colección que sacó en catalán Edicions 62 por allá los años setenta, viejas ediciones de Vonnegut en editoriales que se hundieron o libros sobré Dadá que contienen sonetos tan bonitos y estúpidos como este:

el futbol en el pulmón
rompe los vidrios –insomnio–
en el pozo se hace bullir a los enanos
para el vino y la locura
picabia arp ribemot-dessaignes
buenos días

Además me gusta poner el oído y ejercitar ese arte tan feo que es el escuchar conversaciones ajenas. Creo que ya colgué una aquí sobre el señor que pensaba que los chavales de su barrio eran muchísimo más bellos que Brad Pitt a.k.a. "El Pritt".
La de esta semana es la siguiente:

Llega un señor vendedor ambulante, un buscavidas (hermosa palabra , no?), a una de las paradas y saca un chandal tricolor, fluorescente y, supongo, imnífugo.
- Hola Pepito de los Palotes, te quedas con este chandal? Es de tu talla, la XXXXXL (¡juro que dijo como cinco "X"!).
- ¿Tan gordo estoy? - dijo el de la Parada acariciándose la barrigota.
- Pos vale, pos sin las X. ¿Lo quieres o no?

Como decían en "Els Joves", esta es la vida callejera que matan los grandes rascacielos.