7 abr. 2005

El Dylan intertextual

Hay un momento de La vida de Brian en que el protagonista pierde una sandalia huyendo de los romanos, y ésta es utilizada por sus seguidores en un babel de interpretaciones contradictorias: “Debemos seguir la sandalia”, gritan algunos. “Debemos recolectar sandalias”, grita otro. Queda por un lado una multitud esgrimiendo teorías imposibles y, por el otro, un desesperado Brian gritando improperios en el desierto. Una imagen que es una metáfora perfecta para explicar la historia de Dylan y el carnicero sobreanálisis que sus letras han sufrido a lo largo de los años.
Dylan, para empezar, nunca creyó necesario explicar sus canciones. Él era el Americano Existencialista del que hablaba Norman Mailer en The white negro, el hipster iluminado que reconocía como único camino “divorciarse de la sociedad, vivir sin raíces, empezar el viaje sin mapas hacia los imperativos rebeldes del individuo”. Por ello le irritaba tanto ser asaltado por periodistas que le exigían puntualizaciones sobre sus letras; sólo hace falta ver “Don’t look back” de D.A. Pennebaker o leer cualquiera de sus entrevistas del periodo 1964-66 para darse cuenta de que, en aquella época, los que se erigen hoy como Dylanólogos hubiesen sido duramente maltratados por él. Es fácil imaginar qué hubiese pensado aquella comadreja beatnik de la demencial ultra-intelectualización a la que autoridades como Christopher Ricks someten a su obra. En su libro Visions of sin (Harper Collins) el autor divide la lírica Dylaniana en tres bloques temáticos: los siete pecados capitales, las cuatro virtudes cardinales y las tres gracias divinas. Una teoría que, obviamente, es pura monomanía y le sería devuelta al autor de un certero salivazo si no fuese por el estado gaga del Dylan actual. Antes de que todo esto se nos vaya de las manos, conviene recordar que éste no es Nostradamus y que el sentido de sus canciones, cuando existe, tiene explicaciones menos pomposas.
Para comprender las letras de Dylan uno debe familiarizarse con el concepto de intertextualización, un término que se utiliza en crítica literaria pero que nos viene que ni pintado para exponer el tema. Terry Eagleton lo define así: “Todos los textos literarios están sacados de otros textos literarios, no en el sentido convencional de que conservan restos de influencias, sino en el sentido radical de que cada palabra, frase o pieza es una versión de de otros escritos que preceden o rodean al trabajo original. La originalidad literaria no existe (...) toda la literatura es intertextual”. Los dos mundos que rodearon a Dylan desde un principio –el blues y el folk- desconocían del mismo modo este concepto de originalidad. En un entorno nacido de la tradición oral, el énfasis se ponía en el fraseado y la significance (o doble sentido nacido del periodo esclavista), nunca en la singularidad. Dylan, por consiguiente, desarrolló su estilo en un mundo en que no era pecado utilizar piezas de otros, sino todo lo contrario. Por eso “Girl from the North Country” se parece tanto a “Scarborough Fair”, “It’s all over now Baby Blue” tiene una frase del “Baby Blue” de Gene Vincent, “Percy’s song” repite el mismo estribillo que la tradicional “The wind & the rain” o “Subterranean Homesick blues” es casi una versión (demente, pero versión) del “Too much monkey business” de Chuck Berry. Con gran talento, Dylan cortaba y pegaba fragmentos de múltiples tradiciones (a las mencionadas anteriormente se añadían la poesía beat y la música country) para crear una voz propia. “Hey, canto canciones honestas y consistentes. Eso es todo”, declararía el artista en una entrevista para Robert Shelton en 1966. Su composición era producto de una tradición intertextual extremadamente rica que, mezclada con su talento melódico y gran habilidad poética, produjo piezas excepcionales de música popular; ni escondió grandes códices arcanos en sus letras, ni con ellas pretendía más que expresar una visión concreta (y rebelde) del mundo. Así que, por favor Dylanólogos, dejen ya de seguirle con la sandalia.
KIKO AMAT

(Artículo publicado anteriormente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia)