22 oct. 2007

Jimmy Jimmy


Novela El debut del angry young man Kingsley Amis pinta las cómicas tribulaciones del antiheróico profesor de una universidad inglesa


Jim Dixon es un rebelde. Sí, como decía la canción de las Crystals: Él es un rebelde. Un angry young man, un joven airado, un marginado de labio torcido, el “hombre no susceptible de contagiarse del entusiasmo general”, como afirmó Colin Wilson en The Outsider. Pero, al contrario que los existencialistas espatarrados en divanes de los ensayos de Wilson, al contrario que los dandis adictos a los enemas de Huysmans o los Roquentines que miran con asco por la ventana mientras escuchan blues y beben absenta, la rebeldía de Dixon se manifiesta de otras maneras. Dixon odia a mucha gente (“Cada uno de vosotros pertenece a una de las dos grandes divisiones del género humano, la gente que me cae bien y la gente que no”), y la sociedad le da cien patadas, y en eso coincide con los nombrados outsiders. Pero Jim lleva una procesión interior que sólo sale a la superficie en incontrolados ataques de muecas (a espaldas de la gente), pequeños actos de vandalismo social y grandes tajadas con desperfectos colaterales.
Jim es el adorable protagonista de La suerte de Jim (1953) de Kingsley Amis. Ojo, esto no quiere decir que sea adorable como un pony o una Barriguitas, sino que es un adorable colgao. Jim Dixon es profesor de Historia Medieval en una universidad privada inglesa, y su historia se desarrolla en algún punto de los primeros años cincuenta. Por su mal encajar en el entorno, Jim se parece un poco a ese otro profesor desplazado, el Paul Pennyfeather de Decadencia y caída de Evelyn Waugh. Por sus ganas de largarse a otra maldita parte y su penosa incapacidad para hacerlo, y en cierto modo también por su bulliciosa vida interior, Jim se parece al Billy Liar de la novela homónima de Keith Waterhouse. Su entrañable patetismo y sus planchas monumentales preceden los de un millón de series inglesas actuales, de The Office a Peep Show. Menudo uno es Jim.
La cómica trama se basa en los siguientes dilemas de Jim: cómo preparar un discurso sobre un tema que desconoce por completo y no ser despedido por su superior, el irritantísimo y odiable profesor Welch; cómo dejar a su semi-novia actual, Margaret (yo la visualizo con la cara de Chus Lampreave y el cerebro de Priscilla Presley, ustedes hagan como gusten), de la que se nos dice: “Cualquier atención medianamente decente que Margaret hubiese recibido de él era el resultado de una victoria temporal del temor sobre la irritación y/o de la pena sobre el aburrimiento”; cómo ligarse a Christine, la actual novia de Bertrand, el repugnante pintor moderno que es –para colmo- el hijo de Welch. Jim detesta a este pintamonas oportunista con tal virulencia que se declara capaz de “dedicar los próximos diez años de su vida a abrirse camino hasta sentar plaza como crítico de arte con el propósito de hacer reseñas desfavorables de la obra de Bertrand”. En otro punto también nos comenta: “Bertrand no puede ser buen pintor; él, Dixon, no lo permitiría”. El odio de Jim surge, en parte, de haber comprendido que todas las mujeres que valen la pena acaban en manos de idiotas. Es un axioma irrefutable que todo humano enamorado y no correspondido ha pensado alguna vez.
Al igual que el protagonista, el autor Kingsley Amis (1922-1995) era también un angry young man. Pero aunque se le incluía en el grupo de escritores ingleses mosqueados de los 50’s del que formaban parte John Osborne, Alan Sillitoe o el mencionado Colin Wilson, Amis prefirió utilizar el humor en lugar del drama para exorcizar su disgusto, algo que volvería a demostrar en posteriores obras como Una chica como tú (1960) o Los viejos demonios (1986). Kingsley Amis, déjenme que les diga, era un tipo tan grande que se le perdona todo; incluso haber engendrado a Martin Amis y pasarse a los Tories. Amis Senior odiaba con furia a los necios, y por ello puede resumirse La suerte de Jim como una constante batalla primordial entre imbéciles y no-imbéciles. La diferencia entre esta novela y una como Billy Liar, sin embargo, es que en ésta ganamos nosotros. Me refiero a los no-imbéciles, por si dudaba algún malintencionado. No voy a adelantarles el final, pero sí les diré que los enclenques con mala dentadura del mundo, cabreados y paupérrimos y mil-veces-rechazados-por-la-guapa-de-la-clase, tenemos en La suerte de Jim nuestra pequeña venganza. Y les puedo asegurar que sabe de lo más dulce. Dulcísima, sabe.

Kiko Amat


(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 10 de octubre de 2007)


La suerte de Jim
Kingsley Amis
Destino
334 pág.