21 ag. 2007

Beats y bongos y boinas

Beatniks O cómo la subcultura más anticomercial del siglo engendró la mayor cantidad de gadgets coleccionables imaginable

1. Sandalias, bongos, cara de estupor. Si la imagen que les ha venido a la cabeza es la de alguno de esos cargantes capoeiros que arruinan la playa con los tamborcitos, es que no han oído hablar de los Beatniks. No se apuren; poca gente les recuerda y, además, me he dejado varios referentes: una perilla mosquetera y una boina de lado. Un espresso o una botella de Chianti matarratas. El humo de mil cigarrillos haciendo Cúmulo Nimbus en un club oscuro. Una chica tuberculosa de cabello petróleo rasgando una guitarra con desinterés. Jazz frenético y poesía trufada de jerga callejera. Sobre la mesa, un libro de Kerouac y otro de Camus. It’s, like, beat, maaaaan. Son los Beatniks, y llegaron para NO quedarse. Cool daddies que hablaban como negros, olían como desagües y vestían como camas sin hacer. Planetas y galaxias reposaban sobre sus espaldas, y su respuesta a todo era: Estoy abatido, tíoooo. ¿Trabajar? ¿Qué? Estoy fuera de orbita, Big Daddy. Hip, momma. O sea, como, flipante, ¿no? So long King Kong. I dig, cats.

2. Por supuesto, suelto otro cliché más y reviento; mis disculpas. Lo que pasa es que los Beatniks fueron la subcultura más exploitada de la historia. A estas alturas, como define el libro Beatsville, ya es imposible separar lo que de verdad era un Beatnik con la idea que los medios le ofrecieron al mundo: “A un lado están los Beatniks de verdad; ése era el nombre que desde los medios se les dio a los Beats originales. Al otro, los Beatniks de caricatura, los “falsos”; las creaciones mediáticas que eran una mezcla de realidad y ficción”. O sea, la versión pop, marqueteada y comercializable, del fenómeno.
En cuanto a los Beats originales, ya les conocen. La generación beat. Kerouac, Ginsberg, Blas y los demás. Hipsters enamorados de la América negra y el jazz, asqueados por el convencionalismo cuadrado de la América blanca de clase media, insufladores de benzedrina, escritores hedonistas en sprint, habladores de slang jive, poetas anfetosos. Jim Dodge decía en su enorme Not fade away que “deseaban apasionadamente emocionarse (...) Los Beats al menos tenían el coraje de sus apetitos y visiones. Querían emocionarse con el amor, la verdad, la belleza, la libertad”. Y también: “Una erupción de gente con el alma hambrienta. Y, pese a las poses y la tontería, fue espléndida”.
En efecto, en el caso de los Beats, la tontería es muy aprovechable. Desde el instante en que un periodista del San Francisco Chronicle les bautizó como Beatniks (el sufijo –nik puede venir del Yiddish o ser un juego de palabras con Sputnik, depende de la teoría), empezó una avalancha de tiras cómicas, series de TV, películas, discos y revistas como nunca se ha visto en la historia subcultural. Nadie, ni siquiera los mods en 1964 o el sarpullido punk de 1977, ha tenido de este modo a una industria entera intentando extraer pasta sin escrúpulos de los significantes estéticos de un culto juvenil.
Dos series son las principales responsables del impacto Beatnik en los hogares americanos. Una era 77 Sunset Strip (1958-64); en ella aparecía un enrollado detective privado llamado Kookie, amante del jazz y los clubs, y cuyo colega era un Beatnik, Bongo Benny. La otra, y principal, era The many loves of Dobie Gillis (1959-63). El personaje Maynard G. Krebs era la representación física per-fec-ta de lo que los media consideraban un Beatnik. Krebs lo tenía todo: la perilla, la jerga, las sandalias, la boina, los discos de Charlie Parker, el hastío... Su impacto fue inmenso. El cineasta John Waters incluso afirmaba en su biografía Shock Value que se hizo Beatnik solo por él. Tras Krebs, las compuertas cedieron. Alfred Hitchcock saldría de Beatnik, con boina-perilla, en uno de los capítulos de Alfred Hitchcock Presents, y The Beverly Hillbillies exhibieron un par de capítulos Beat. “Lo que empezó como un movimiento social”, dice Beatsville, “quedó reducido a una simple moda”. Hollywood no se quedaría atrás. The Beat Generation (1959) con Mamie Van Doren y ambientada en una coffee house, sería de las primeras. En The rebel set (1959), Peter Falk (luego Colombo) hace de Beatnik, por difícil de imaginar que esto sea. Muchos otros filmes incluyeron escenas Beat; en Me enamoré de una bruja (1958) la bruja que interpretaba Kim Novak era bastante hip (esculturas africanas en las paredes, mallas en las piernas). Y, por si eso no fuese suficiente, aparecía Jack Lemmon haciendo de jazznik toca-bongos dubi-dubi-ba-ba-ba-du en un club.
A partir de ahí, la locura. Playboy sacó una centerfold Beatnik. Aparecieron revistas de humor beatnick (Sick, Yak Yak, Kookie), y el mítico Especial Beatnik de Mad retitulado Like, Mad de 1960, con un Alfred E. Neuman beatnikizado en portada. Beatniks en dibujos animados de Hanna-Barbera. Muñecos y muñecas Beatnik. Toallas de playa “Beachniks only!”, libros de cocina Beat, diccionarios de slang, novelas pulp de temática Beatnik (The far out ones, Beatnik bum...), descacharrantes cartas Beatnik de felicitación (“Ponte bueno... Para que podamos estar juntos en contra de algo”), bongos de venta por correo, artilugios de carnaval Beatnik (perillas, gafas, boinas)... Cientos de LPs se lanzaron orientados a la explotación de lo Beat (incluyendo fábulas de Grimm contadas en jerga hipster), e incluso existe un subgénero de singles de rock’n’roll -muy parecido a lo que sucedió con el Skinhead Reggae en Inglaterra – con canciones como Beatnik’s wish de Patsy Raye & The Beatniks o Benny The Beatnik de los Untouchables. Y todo ello es ahora un vertedero entero de gadgets, el único testimonio de una subcultura enterrada en el tiempo, joyas Beat desechadas que, o sea, tío, en plan, me sofocan, como si me dieran mal karma, ¿saben? O sea, papi, sea lo que sea, estoy en contra de eso. Sick! Sick! Sick!
Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 8 de agosto de 2007)