16 gen. 2007

¿Quién ama a un hippie?

Hippies El reconocido freak inglés Barry Miles recopila las cimas y valles de la cultura hippie en un poti-poti de gran riqueza visual.

¿Quién ama a un hippie? A pesar de haber estado dando la lata sobre paz y amor durante años, lo cierto es que el mundo no rezuma cariño hacia ellos. Salgan a la calle con un micrófono, si no me creen, y hagan la sencilla pregunta: “¿Qué opina de los hippies?”; verán como no son obsequiados con palabras de amor, sencillas y tiernas. De hecho, exceptuando al botarate de Gerard Quintana, el resto de la gente sólo utiliza la palabra como preludio al adjetivo “apestoso”. ¿Que un grupo es horrible? Hippies. ¿Que un tipo no aguanta la bebida? Hippie. ¿Que alguien huele como si hubiese cultivado calçots en sus axilas? Hippie, y además apestoso. El término Hippie ha quedado inscrito en la cultura oral como un eficaz sinónimo de varios significados: Apático, deshonesto, infantil, paparra y pesetero. Y, créanme, la única culpa de todo esto la tienen los propios hippies. Y Richard Branson.

Verán, es cierto que las palabras pierden significado, pero también que Hippie nunca significó mucho, ni siquiera en sus inicios. Otras palabras desvirtuadas como “libertad”, “socialismo” o “rock’n’roll”, al menos llevaban en su concepción una importante carga emocional y política. Pero, ¿Hippie? Una cultura de clase media y estudiantil, contemplativa por definición, pacifista para más inri, llena de palabrería inútil y misticismo de saldo y drogas atontecedoras, cuyos grupos insignia basaron su sonido en eternas jams de blues blanqueado y llamadas al “buen karma, tío”... Tienen que reconocer que no había mucho que devaluar. Observen sino la exhibición simbólica por antonomasia de su cultura, el Festival de Rock. “Los festivales” dijo Dick Hebdige, “trataban deliberadamente de evitar el contacto con otras culturas, transcurrían en localizaciones remotas y en una atmósfera complaciente de mutua auto-congratulación, y se basaban en la consumición pasiva de música producida por una élite de superestrellas intocables”. O sea. A ver.

Leyendo Hippie, el voluminoso tomo que acaba de publicar Global Rhythm Press, vemos que el ilustre freak Barry Miles no parece amedrentado por nada de eso. El autor está -sin duda- suficientemente calificado para sentar cátedra: fundador de la librería underground Indica y de la revista contracultural International Times (IT), colaborador en Oz, responsable de la subsidiaría bizarra de Apple (Zapple), primer editor de Allen Ginsberg en el Reino Unido... Está claro que Miles es –como aquella canción de Rick James- el SuperFreak. ¿Y su libro? Es una gozada. Eso sí, tiene truco.
Hippie abarca del año 1965 a 1971. Aunque el texto es harto delirante, está lleno de anécdotas gigantes: Allen Ginsberg recibiendo a los Beatles con los calzoncillos en la cabeza y un cartel de “No molestar” en la titola, o Country Joe McDonald señalado como el primero en difundir el bulo de que fumar piel de plátano subía. Las fotos no tienen desperdicio, y –considerando el tema- están afortunadamente poco quemadas. El mencionado truco Tamariz de Miles consiste en utilizar lo hippie como cajón de sastre donde meter todo lo que se le antoja. El hombre está en su derecho –cada uno tiene su opinión y además es... ¡SuperFreak!- pero los demás sólo podemos arrugar la nariz cuando se considera hippies a Byrds, Love, Who (esto sí que no) o tangencialmente a la Velvet Underground (el grupo anti-hippie Nº1) aunque, eso sí, admitiendo que no se definían como tales “por lo menos, no como se entendía el término en San Francisco”. Y ahí está el quid del tema: una cosa es el hippie-pesao de SF –ejemplificado en los mortíferos Grateful Dead- y otra los acid freaks politizados, los Yippies (Youth International Party; o, como dijo Richard Neville “hippies a los que la policía ha aporreado en la cabeza”), Mick Farren y sus Deviants, los freaks mosqueados que crearon grupos revolucionarios (de Weathermen a King Mob), los MC5, etc. Miles se pasa esa distinción esencial por el forro, jocosamente, sin mirar atrás. Y al final, incluso eso juega a su favor. Añadiéndolos al potaje de Hippie, el muy nos proporciona la razón definitiva para adquirirlo. Kiko Amat

Hippie
Barry Miles
Global Rhythm Press
384 pág.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el día 10 de enero de 2007)