11 des. 2008

Miqui Puig: Caballero y hooligan desde 1968

Pop Miqui Puig, ex cantante de Los Sencillos, pulcro vocalista solitario y celebridad televisiva de Factor X, presenta su nuevo disco, Impar.

1. Conservo todavía una foto de los dos. Estamos cogidos del hombro, él con camisa blanca y corbata, yo con parka militar y jersey de cisne negro, una patilla recta, la otra impregnada de sudor y rizándose hacia la luna. El concierto de Brighton 64 había terminado y estábamos hablando de cosas que nos gustaban a ambos (Kamenbert, discos de la Kent, ska y otras cosas con K), y ahora posamos con caras inocentes, haciendo un poco el bobo, dieciocho años sobre la tierra. Otro mundo, otro mundo. Y ciertamente no sé lo que estaba pensando yo en aquellos momentos (nada profundo, seguro: Vaya Tetas Tiene Esa Tía, quizás), pero estoy convencido que Miqui Puig, mi pareja fotográfica y camarada en fanatismo aquel sábado de 1988, no tenía la menor idea de la que se le vendría encima en el futuro. Y yo menos.

2. Tengo pruebas tempranas del talento de Puig, a buen recaudo en cajas que no suelo abrir. Tengo su primera maqueta, de 1987, cuando aún se llamaban Aullidos en el Garaje y cantaban una canción extraña y cuca llamada “En Marrakesh”. Tengo también sus maquetas posteriores, y un parche de cuando el grupo se cambió el nombre a The Crits, y sus dos primeros álbumes con Los Sencillos, si bien comprados a regañadientes: para el talibán subcultural que era mi Yo de 1990, su firma para una discográfica mainstream cayó como grave traición. Pero me hice a ello con el tiempo, y en 1991 me uniría al karaoke generalizado de “Bonito es”. ¡Uo-O-O-O-Bonito-E-es! Por desgracia, poco después, “Seres positivos” (1993) nos divorciaría temporalmente, su aureola de buen rollo clubber completamente fuera de sintonía con el mal karma y rabia existencial que respirábamos en un extrarradio más hardcore y hastiado que nunca. Partimos peras, perdimos pistas. Hasta el día en que.

3. ¿Es ése...? ¿Es ése...? Ahí estamos todos otra vez, en 1998, levantándonos del sofá, dedos incrédulos señalando a la pantalla de televisión, empujones, juramentos y lamentos, casi podías oír el chirrido de los puñales afilándose en Barcelona. Sin duda, era Él. Uno de los nuestros, sólo que ahora al lado del unineuronal hombre-ropero Bertín Osborne en un concurso de malignos niños folclóricos. Mucha gente no entendió, mucha gente no entiende aún: ¿Autosabotaje insensato de la propia credibilidad o perverso guiño contracultural, corte de mangas existencial o prosaico acto de supervivencia? Jesús, no lo sé, no lo sé, pero: ¿Lluvia de Estrellas? Y yo ante la TV, señalándole con airada incomprensión, el sonido de puñales cada vez más agudo sobre los tejados de la ciudad.

4. Y allí empezó quizás la representación actual de Miqui Puig como San Sebastián. El santo, no la ciudad; y no por icono gay (que lo es), sino por las flechas que se le han ido incrustando. El Miqui Puig martirizado por el mundo como en la imagen icónica de los skinheads, el skin crucificado: Crucified Miqui. Puig se lo puso en bandeja a sus detractores, sin duda, y su peripatética visibilidad televisiva lo hizo presa fácil para jemeres de la “autenticidad” y bloggers-porteras. Porque la suya es, sin duda, una de las posiciones más irregulares, inauditas y contradictorias del planeta.
He aquí a un hombre honorable y elegante, un músico generoso, apasionado y militante (“militante” es una de sus palabras favoritas; “favorita”, por cierto, es otra de sus palabras favoritas), he aquí a un talentoso fabricante de pop romántico cuyo pluriempleo le coloca en la situación más incómoda del país: jurado de Factor X, otro popular concurso televisivo de talentos. Talentos escasísimos, me atrevería a afirmar; pues, aunque nunca he logrado ver más de dos minutos de ese pueril espacio, las grullas que salen en él profiriendo alaridos replicantes parecen carecer por completo de lo que hay que tener para ser cantantes competentes. Y eso me importaría un rábano, no crean, si no fuese porque puntuándoles (e insultándoles de vez en cuando) está Él. Alguien que luego se va a casa a escuchar The Prisoners, Weekend, Edwyn Collins, The Flirtations y otros nombres grandiosos. Que coge un lápiz y se saca de la mollera un himno pop-soul en dos minutos. Y que acaba de sacar Impar (LAV Records/Pias, 2008), un fenomenal disco de canciones tan emocionantes como bailables.

Por esa “doble condición”, mucha gente le tiene cierta inquina a Miqui Puig. Y eso es, al menos, razón suficiente para un reencuentro y una pregunta: ¿Quién es entonces el verdadero Miqui Puig? ¿Puede ponerse en pie, por favor? “Para mí, lo de la TV es curro”, comenta para Cultura/S. “Es un medio que me gusta, eso que quede claro, pero cuando salgo de allí desaparece de mi cabeza. Me metí en Factor X porque acababa de autoproducirme un disco (Miope, su recopilatorio de 2007), estaba sin empleo, sin un duro, y apareció la oportunidad de presentarme a un cásting. En la televisión intento ser todo lo didáctico que me permite el contexto: les pincho Al Green, me pongo faltón con los más malos, les digo que el “Tainted love” no es de Soft Cell, sino un clásico northern soul de Gloria Jones... Pero no me engaño, sé que el españolito de a pie es impermeable a lo que digo”.

Sí, pero: cuando el buen gusto de uno se pierde en el miasma estéril del formato, si ese alter-ego televisivo es dañino y propenso a la demonización estereotipada, si los resultados son ese cenagal filo-triunfito que todos conocemos, ¿por qué seguir haciéndolo? “Todo es la actitud con la que lo hagas, y a qué destinas el dinero que sacas”, responde. “Gracias a ello puedo sacar singles de vinilo, producir a grupos que me gustan, hacer mi Concert de Nadal anual, tirar adelante mi discográfica... Para hacer todo eso tengo que trabajar, y Factor X es mi trabajo. ¿Cómo me hace sentir que mi gusto se pierda en el medio? Igual que cuando pinchaba “Friday I’m in love” de The Cure y la gente me abucheaba, o cuando la gente nos tiraba cosas a Los Sencillos porque salíamos a tocar con guitarras Rickenbacker y camisas de chorreras. Ya estoy curtido. Y no todo se pierde. Grupos que me ven por la tele entran a mi Myspace, y me contactan, y al cabo de un tiempo veo que han empezado a escuchar a The Zombies”.

5. Todos estos años después y sigo sin entender algunas de las cosas que hace Miqui Puig. Pero sí sé que aún se conduce a sí mismo guiado por la pasión personal y las buenas intenciones, y que (por bagaje, por ética, por clase social) carece del cinismo indispensable para sobrevivir en el terrario de saurios que es la TV. Su antídoto a esto es firme: continua viviendo en L’Ametlla, viendo a sus amigos de siempre, regentando el bar del pueblo. Sigue aferrado a sus pasiones eternas: viejos discos de la MJQ y Style Council, “Marvin Gaye y John Coltrane”, Stereolab y Morrisey, Levis blancos y acid house, Ingmar Bergman y Ben Sherman, vino bueno y amigos antiguos, Prefab Sprout y Steve McQueen. Y sigue sacando grandes álbumes, como demuestra Impar: blanco y negro, indie y soul, Housemartins y Dexys, himnos personales (“Polvos de talco”, su declaración de amor por el baile y el soul, o “Vincent Montana Jr.”, con su enumeración de héroes, locales o visitantes), intensas confesiones sin coraza.
Y son todas esas canciones, a fin de cuentas, las que me hacen mirar a otros lados -los buenos- cada vez que su rostro aparece enmarcado por la pantalla en un anuncio de refrescos. Y son las que aún me hacen desearle lo que Noël Coward le dijo en una carta a Dorothy Parker en los 20’s: “Goodspeed the well-dressed man”. Que Dios acompañe al hombre bien vestido. Y al músico pop con talento, por supuesto.
Kiko Amat

Miqui Puig y El Conjunto Eléctrico
Gira Impar
Jueves 4 de Diciembre 2008, 22:00h
Sala Apolo, Barcelona

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 3 de diciembre de 2008)