25 ag. 2006

Quintos y aceitunas, té y chips

Cafes clásicos El libro Classic cafes les ruega: No dejen morir el café de toda la vida (o la bodega de la esquina)

1. El Pentatló del Quinto: Una ruta de resistència psicogeogràfica per la bodega clàssica de Gràcia celebró su primera edición a inicios de este verano pasado, organizada por un fanzine barcelonés. La estructura de esta furiosa Pentatlón (una ruta-deriva kamikaze por todos los bares de corte clásico del barrio de Gràcia) obedecía a un fin que iba más allá de conseguir unos cuantos espléndidos patatuses etílicos y un par de hemorragias nasales. Se trataba de celebrar la bodega de siempre frente a un entorno que busca su aniquilación, como un gesto de sublevación de una cultura (la de usted y la mía, y la de cualquiera que prefiera un quinto y unas aceitunas a un ‘Reducido de pedos de alondra sobre lecho de jazmín hervido’) en estado de perpetua retirada. La bodega obrera tiene muchos enemigos, es cierto; quizás sea por su pinta “pobre”, por su minimalismo working class, en una época en que nadie cree serlo. Quizás sea porque se interponen en el camino del progreso: ese progreso de debasement cultural, gentrificación urbana, destrucción comunitaria, Starbucks e Ipods que afirman que será mucho mejor para usted y para mí. ¡Ja!

2. El aliado natural de la bodega de barrio es el cafe inglés. Ese ilustre bar de desayunos y almuerzos sin licencia para vender alcohol que recientemente ha sido celebrado en el magnífico libro de Adrian Maddox, Classic Cafes. Irónicamente, esta beligerante defensa del cafe de toda la vida tiene su origen en Barcelona; fue aquí, a mediados de los ochenta, donde el autor se quedó prendado de los bares y bodegas antiguas del Barrio Chino. En aquella década, y comparado con Londres, la cantidad de estos establecimientos inmutables, baratos, clásicos, era altísima. Tiene gracia (o ninguna) que la situación haya dado un giro completo: en Londres hoy se preservan celosamente estos templos del saber callejero, mientras que en la Barcelona de Clos se libra una encarnizada guerra por su limpieza total. Barcelona es “la botiga més gran del món”, y en esa botiga no caben tugurios anticuados ni muertos de hambre tomando cerveza barata. Ya lo saben.
El autor alardea de poder distinguir un classic cafe a 100 metros, lo que no es difícil de creer: los tipos de letra Helvética o Univers en el cartel, los menús descoloridos por el sol, las cortinas mugrientas... “En una era de inertes braserías temáticas y cadenas de cafeterías americanas en multiplicación”, apunta el autor, “[los cafes] preservan una calidad conmovedora de la vida inglesa: esa sosez por antonomasia que está a medio camino entre las aspiraciones malogradas de Billy Liar y el permanente abatimiento de Tony Hancock”. La mención a estos dos personajes no es casual. Al entrar en un cafe inglés, mil imágenes similares de cultura británica de posguerra acuden a la mente: Angry young men, teds bailando alrededor del jukebox, beatniks del CND en trenkas leyendo a los existencialistas, Quentin Crisp, Colin McInnes y Colin Wilson, Nell Dunn, Expresso Bongo... En un café clásico, lo mismo que en una bodega catalana, uno siente que podría estar en cualquier época: 1939, 1959, 1963; o mejor, en una mareante mezcla de todas ellas. Ése es el valor psicogeográfico incalculable que poseen: sentado en bodegas de barrio, uno efectúa lo que es indudablemente un viaje místico a otros tiempos. Los edificios, los bares (ya lo decían los situacionistas) son almacenes de valiosos recuerdos a los que no se puede acceder de otra forma. Un cafe -como una canción, como un pasaje de libro- es una escotilla de apasionada inmersión hacia otro mundo.
Ese mundo empieza en 1650, con la apertura en Oxford de la primera coffee house. Hacia 1690 hay ya 2000 de ellas, y son tan populares como foros de discusión y debate que se las llama “penny universities”; para todos aquellos que han desarrollado una educación no-universitaria a base de charlas en bares no hará falta explicar este punto. En 1790 el ataque de las tabernas amenaza su supervivencia, pero en 1880 vuelven a resurgir con la aparición del movimiento de templanza, que trata de alejar a los trabajadores de la influencia del alcohol. Cada nueva etapa deja una impronta imborrable en el cafe: en 1654 la té-manía de Holanda lo populariza en los cafés (que pasan a llamarse tea rooms). En 1688, los hugonotes escapados de Francia abren best rooms en los que por vez primera se sirve comida (inmunda seguro, pero eso es irrelevante). A principios de siglo, con la cosmópolis del Soho consagrada ya como centro de la bohemia, se popularizan los cafes con diseño y mobiliario europeo-contemporáneo. De 1930 a 1950 aterrizan en Inglaterra las tres grandes influencias que acaban de conformar el café clásico: los milk bars americanos, los wimpys (hamburgueserías o diners) y los espresso bars de los inmigrantes italianos. Sus detalles crean ese look moderno de mitades de siglo que aún conservan hoy algunos de ellos: Formica a destajo, apoyapié metálico, Vitrolita aquí y allá, skai de colores primarios en banquetas y sillas, estética curvilínea, color y vitalidad. El primer espresso bar se abre en el Soho en 1953 (el Moka, en el 29 de Frith Street), y su apogeo cultural son los cincuentas y sesentas, con la aparición del fenómeno teenager, el jazz, mods y rockers... “The age of affluence”, en suma.
Cincuenta años después, su presencia es cada vez más escasa y, como sucede con las bodegas clásicas de aquí, su antiguo lugar lo ocupan bares de cadenas indistinguibles, vulgares, F-E-O-S. Es difícil entender por qué. Es obvio que no hace falta arreglar las cosas que no están estropeadas.
Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el día 23 de agosto de 2006)