20 de febr. 2008
13 de febr. 2008
Festa Presentació la Escuela Moderna#4

Amics;
El proper Divendres 29 de febrer presentarem el #4 de La Escuela Moderna.
Ho farem right back where we started from, que deia el hit northern soul: al Barbara Ann (Taquígraf Garriga, 163). Quan sigui negra nit.
Regalarem el fanzine als valents que el demanin i posarem una gran quantitat de discos per fer el twist i el pony.
Els que posarem els discos serem, com ja és habitual, els Hungry Beat (Miguel, Jose, Jordi "castañazo" Geli i els germans Amat).
¿Els continguts d'aquest #4? Una entrevista exclusiva a l'escriptor Jim Dodge, la primera part d'un extens anàlisi de la contracultura 6t's anomenat "Punks contra hippies" que ha fet l'Uri Amat, que també ha fet una entrevista amb la editorial Pepitas de Calabaza, la segona part de "El Marquetin y la madre que lo parió" del Manolo Martínez, un article sobre Alexander M. Jacob i els lladres anarquistes firmat pel Miqui Otero, la segona part de l'article de Kiko Amat sobre "Los Discos", un sobre el mite de la seguretat de Carlos Alonso, xistes del Roger, la IIª part de "la Columna del gentleman moderno" de Richard Hutt, aquest cop dedicada als pentinats, el ja mític "Avui sentenciem" dels amics de The (Real) Pluto Gang i més coses...
Anarcodandisme bailongo del bò.
Fem el banquet el divendres 29, doncs.
Visca La Escuela Moderna!
7 de febr. 2008
La verdad acerca de los Psicólogos


Queridos amiguitos:
Hoy nuestros amigos de La Patata de la Libertad han colgado una hilarante muestra de spam que es purito trash post-soviético. Me han alegrado la mañana laboral, porque tengo que reconocer que a mí estas cosas me hacen una gracia infinita, que quereis que os diga. También, inevitablemente, me hacen una gracia tremenda los programas televisivos de videos caseros de tortazos, a lo slapstick comedy, aunque me sienta un poco culpable por ello. Será el animal irracional que tengo dentro que se alegra de las desgracias ajenas, ese schadenfreude acusador.
Pero en este campo, el de la correspondencia no-deseada, tengo una cosa que ofreceros casi mejor y que no tiene nada que ver con un universo virtual: un escrito que un ciudadano chino le entregó en mano a mi señora –entre excitados gritos de "¡tú leer, tú leer!"– en la farmacia donde ella trabaja .
Consiste en una fotocopia por las dos caras, de doceava generación, en la que se acusa a los "psicólogos" de ser la fuerza oculta tras todo el mal que hay en el mundo –al final resultó que no era Fluffy–. No os desvelaré más, habla por sí mismo.
Lo encontrareis encima de este texto en su formato original, ya que considero que una transcripción no haría honor al formato y maquetación originales (que también se han de destacar). Son dos páginas que recomiendo leer enteras, ya que hacia el final es donde encontramos más grandes niveles de perturbación. Sólo teneis que hacer click en ellas o descargarlas para verlas mejor.
Sin más, me despido.
Muy suyo
Uri Amat
La Escuela Moderna
25 de gen. 2008
Hecho en México

Cinco escritores mexicanos no contagiados del entusiasmo general, outsiders con un pie en lo subterráneo y el otro en lo mayoritario, novelistas esquizofrénicos con ADN de México pero lecturas gringas.
Esto no es un manual de literatura mexicana, porque manual no hay más que uno, y ya lo ha escrito la novelista catalana Lolita Bosch, y se llama Hecho en México (Mondadori, 2007). En él se mezclan vivos y muertos, simpáticos y cabrones, chilangos y satelucos, ancianos clásicos y jóvenes punks, se mezclan muchos escritores mexicanos, pero no todos. Pues la Bosch –que, por mucho que lo niegue, es la embajadora de lo mexicano en nuestro país- ya lo anuncia en la contraportada: “Este libro no es un panorama ni un intento por reunir lo mejor de México. Este libro no lo incluye todo porque-las-antologías-son-inevitablemente-subjetivas. Este libro no quiere ofender a los que no están –e incluso a muchos los echa de menos (...) Este libro, si yo fuera mayor, se llamaría biblioteca personal”. En el presente artículo, pues, celebramos la biblioteca personal de la recopiladora. Incluso nos tomamos la libertad de añadir algún nombre más.
Esto tampoco es un panegírico de la mexicanidad, aunque haya ganas. México es, sin duda, el lugar más extraño y fascinante del planeta. El pedazo de tierra donde se unen de una manera más celebrable la tradición, lo kitsch, la modernidad, la alta cultura, la baja, lo bizarro, la belleza más alta, la feura más extrema. México es una novela; el país más literario que existe, no tanto por la cantidad de escritores que hay sino porque su realidad e historia parecen extraídos de las fantasías de un novelista con delirium tremens. Como sucede a veces con la narrativa, las partes de México que parecen inventadas son las más reales. Como el toloache, la hierba de la sumisión, una raíz que provoca en el que la toma un enamoramiento salvaje en que toda voluntad queda aniquilada. O el pulque, esa bebida alcohólica y casi hipnótica que se fabrica a base de fermentar el jugo del Magüey, y que por la dificultad que entraña su preservación y embotellamiento no se conoce en ningún otro lugar de La Tierra. Y la música. Y la comida. Joroba, incluso los perros son extraños en México. ¿Han visto alguna vez un xoloescuintle? Parece un roedor loco del espacio exterior. Y eso sin hablar del Distrito Federal, la mayor ciudad del planeta, un lugar tan caótico y abrumador que uno sólo puede preguntarse cómo no se desencadena el Apocalipsis urbano día tras día. Pero no. Milagrosamente, extrañamente, el DF sigue funcionando, de una manera surrealista, inconcebible en otros lares, inconfundiblemente mexicana.
Uno, por estas cosas y por otras, se enamora de México de inmediato. ¿Recuerdan lo que dicen los irlandeses? ¿Que en el mundo hay dos clases de personas, los que son irlandeses y los que desearían serlo?
Pues no es cierto. Son mexicanos. Lo mejor que uno puede ser en esta vida es mexicano. Y si se tiene la mala suerte de no haber nacido allí, hay que convertirse en fan fatal de la mexicanidad.
Así pues, esto son cinco tiros, cinco tragos, cinco puntos que aparecen al aplicar una lupa al mapa literario de México, como la primera página de un Astérix. En este artículo seleccionamos a cinco escritores mexicanos actuales que no pertenecen a una generación, pero quizás deberían. Los hemos unido en un grupo por callejeros, por subterráneos, por su deje pop y por su mueca de asco en la cara de la tradición literaria. Será, al igual que sucede en el libro Hecho en México, una selección subjetiva. Dos de ellos (Julián Herbert y José Eugenio Sánchez) compartieron páginas de Hecho en México con el insurrecto Manuel Maples Arce o el grupo norteño Los Tigres del Norte. Los tres restantes -Guillermo Fadanelli, Juan Manuel Servín y Rafa Saavedra- escaparon a aquella selección para caer en ésta. Los cinco se autodenominan islas, dicen estar separados entre ellos, niegan pertenencias y caminan solos. No son un movimiento literario como lo fueron los estridentistas de los años 20, con sus melenas, su “pasión ilógica” (Bosch dixit) y su revuelta poética. No, estos cinco son un puñado de autodidactas sin nombre, una Banda Sin Futuro, y a ver quién se atreve a ponerles uno, marcarlos como reses. Y sin embargo, es inevitable fundar un Supergrupo, aún sin su consentimiento. Ninguno de ellos se siente ligado a la literatura anterior, sea la de Juan Rulfo o Carlos Monsiváis, ninguno transita por los cauces de lo convencional. Tal vez estos cinco sean estridentistas celulares de hoy. Microbios que corroen por libre la tradición mexicana, sin hacer corro, eficaces francotiradores, saboteadores discretos, anónimos, finalmente inmunizados contra vacunas.
COMUNIDADES DE MADRIGUERA
Pues no es cierto. Son mexicanos. Lo mejor que uno puede ser en esta vida es mexicano. Y si se tiene la mala suerte de no haber nacido allí, hay que convertirse en fan fatal de la mexicanidad.
Así pues, esto son cinco tiros, cinco tragos, cinco puntos que aparecen al aplicar una lupa al mapa literario de México, como la primera página de un Astérix. En este artículo seleccionamos a cinco escritores mexicanos actuales que no pertenecen a una generación, pero quizás deberían. Los hemos unido en un grupo por callejeros, por subterráneos, por su deje pop y por su mueca de asco en la cara de la tradición literaria. Será, al igual que sucede en el libro Hecho en México, una selección subjetiva. Dos de ellos (Julián Herbert y José Eugenio Sánchez) compartieron páginas de Hecho en México con el insurrecto Manuel Maples Arce o el grupo norteño Los Tigres del Norte. Los tres restantes -Guillermo Fadanelli, Juan Manuel Servín y Rafa Saavedra- escaparon a aquella selección para caer en ésta. Los cinco se autodenominan islas, dicen estar separados entre ellos, niegan pertenencias y caminan solos. No son un movimiento literario como lo fueron los estridentistas de los años 20, con sus melenas, su “pasión ilógica” (Bosch dixit) y su revuelta poética. No, estos cinco son un puñado de autodidactas sin nombre, una Banda Sin Futuro, y a ver quién se atreve a ponerles uno, marcarlos como reses. Y sin embargo, es inevitable fundar un Supergrupo, aún sin su consentimiento. Ninguno de ellos se siente ligado a la literatura anterior, sea la de Juan Rulfo o Carlos Monsiváis, ninguno transita por los cauces de lo convencional. Tal vez estos cinco sean estridentistas celulares de hoy. Microbios que corroen por libre la tradición mexicana, sin hacer corro, eficaces francotiradores, saboteadores discretos, anónimos, finalmente inmunizados contra vacunas.
COMUNIDADES DE MADRIGUERA
Como en un juego de encontrar las diferencias, pero al revés, hemos buscado los rasgos comunes de los cinco autores mexicanos seleccionados. Tras sus diferencias externas hemos encontrado, como preveíamos, un parecido orden molecular. Similitudes razonables.
Ni canon ni tradición.
Ni perro que les ladre. Se han saltado el canon como si fuese un plinton. Estos son mexicanos sin folklore, ramas podadas del gran arbol de la literatura nacional, colas de lagartija que bailan un pogo tras su cercenación. Vivos sin permiso.
JM Servín: “No me siento parte de ninguna tradición, ni siquiera me interesa pensar en ello porque no identifico dónde podría estar su aporte en mi formación como escritor. Mis guías parten de una búsqueda personal completamente anárquica y desinteresada en la glorificación del canon.”.
Rafa Saavedra: “Soy tijuanense -por definición, un bárbaro del norte-, y eso es ya estar en contra de la tradición cultural mexicana. Aunque quiera escapar hay ciertos elementos que son omnipresentes e inevitables, así que simplemente he aprendido a seleccionar los que más me apetece explorar y hago un mix con los referentes ajenos a ella.”
Guillermo Fadanelli: “Formar parte de una tradición es como ingresar en el ejército, y eso no lo haré por mi propio pie”.
Julián Herbert: “No me siento parte de una tradición representada por Carlos Fuentes, Juan Rulfo u Octavio Paz (...) Me siento parte de una tradición que mira hacia otro lado, hacia cualquier lado que no sea su propio ombligo o el ombligo de Occidente”.
Libros sí, pop también
Sus influencias son literarias y extraliterarias. Ésta es una generación nacida al amparo de las canciones pop de tres minutos, el punk rock, el cine americano, los videos, el hip hop, las revistas musicales, los fanzines y las series de TV. Ese universo les ha dado de mamar.
José Eugenio Sánchez: “Mi formación básicamente proviene de la música, el cine, la pintura, la danza, las revistas, las matemáticas, el álgebra, los viajes y las listas de supermercado. Soy fan del concepto musical del r´n´r y de los géneros subsecuentes y antagónicos que suceden en el mismo momento (jazz, soul, disco, rap, etc). Creo en la obra literaria como canción pop de cuatro estribillos y un coro”.
Rafa Saavedra: “Llegué tarde a la “Literatura” como para que me influyera gran cosa. ¿Influencias extraliterarias? Tijuana y su vida nocturna, la cultura pop, la Movida Madrileña (Aviador Dro, Décima Víctima, Derribos Arias), los cómics de Fantomás, internet life, Viva Familia, el punk 77, la prensa musical, la música electrónica y la cultura de club, Morrisey, el noise pop, The Simpsons, el cine juvenil de los ‘70...”
Por su parte, Herbert menciona tanto a la actriz porno Lanny Barbie, The Smiths y Tarantino como a Coleridge o Steiner. Lo mismo con Servín, que va de Melville, Celine, Steinbeck y Jack London a “los situacionistas, la nota roja y el amarillismo, el funk, el punk y el hip hop”. Fadanelli, místico, aduce que “las influencias no pueden precisarse ni mucho menos dominarse, las piernas de la vecina o la carta de un amigo pueden influirte de manera tan intensa como la lectura de un libro”.
¿Quién le teme al inglés feroz?
Nadie. Los cinco escritores aquí expuestos no tienen complejos respecto al universo anglófono. Algunos viven geográficamente más cercanos a Los Angeles que al DF. Todos han devorado literatura gringa.
JM Servín: “Me abandono a la literatura gringa gustoso, sin mapa ni ruta. Estoy convencido de que es la más importante y vital del siglo XX y creo que para muchos escritores mexicanos de mi generación su influencia es decisiva”.
José Eugenio Sánchez: “He vivido la mayor parte de mi vida a una hora por carretera de Estados Unidos, pronuncio palabras en inglés desde niño, la televisión que he visto es americana con lenguaje doblado (...) Siento que mi poesía tiene más afinidad con la de Sam Sheppard que con la de Jaime Sabines, quizá porque Sheppard vive a 150 kilómetros de mi casa y Sabines a 3000”
Guillermo Fadanelli: “Lo mejor de los Estados Unidos son sus artistas y escritores. Ellos sí que han creado una tradición, empresa difícil en el país de la sonrisa perfecta y la barbarie civil y tecnológica. Desde Fitzgerald hasta Mailer, desde John dos Passos hasta Roth y la literatura sureña incluyendo a Carver y a los impresentables como Fante o Bukowski, todos ellos me han hecho la vida menos difícil”.
Rafa Saavedra: “Tuve una adolescencia hiperamericanizada y al vivir a tope la condición fronteriza comparto más referentes con alguien de California que con una persona del interior de México”.
Julián Herbert: “Un escritor mexicano abandonado a la literatura gringa es como un esquizofrénico que toma puntualmente sus medicamentos: tenemos una academia sofocante, un respeto pueril a la tradición nacional y, por el tercer flanco, un insistente tic de imitar a Robert Musil o Ernst Jünger. No está de más un poquito de Woodstock para contrarrestar tantos campos Elíseos”.
Hijos de la contracultura, primos del underground
Los virus que les infectaron eran contraculturales, pero sin hippismo. Padres putativos fueron los beats, pero sin reverencias. Estos cinco viven con un pie en el subsuelo y el otro en la superficie. Todos ven la marginalidad como un subproducto, nunca como un fin. Pero a la vez, como afirma Fadanelli, los cinco son “auténticos, es decir honrados. No corren tras el reconocimiento ni están en las jodidas cenas de los escritores de mundo”.
José Eugenio Sánchez: “Aunque he sido contestatario, irreverente, inadaptado, utilizo formas no tradicionales para interpretar mis poemas, y mis libros no se venden en racimos, no me siento underground. It´s hard to be hard. Creo que me encasillaría como un underclown”.
Guillermo Fadanelli: “Como los espías en las novelas de Vonnegut, sufro de esquizofrenia. Se me conoce en la cultura subterránea mexicana por libros como Terlenka, Barracuda, Para ella todo suena a Frank Pourcel, por mis videos y también por la editorial y revista Moho. En contraparte he publicado mis libros recientes en Anagrama, por lo que soy ligeramente conocido más allá de la madriguera”.
Rafa Saavedra: “La literatura underground es, desde hace mucho tiempo, más una etiqueta en el mercado editorial que una propuesta de contenido y forma. Lo mainstream es también otro nicho cómodo y conformista que dura lo que debe durar el sabor del mes. Ni uno ni otro me atrae.”.
Julián Herbert: “No, no soy underground (tampoco lo contrario: en un país donde los escritores emigran a los grandes centros culturales en busca de reconocimiento, yo decidí quedarme en mi pueblo). Me interesa, eso sí, producir una literatura que no sea complaciente; ni conmigo ni con el lector. Dicho de otro modo, creo que no estoy completamente separado del mainstream, pero tampoco estoy buscando aceptación o popularidad: mi chica me trata como a un ídolo pop, y eso me basta”.
EL FICHERO DE LOS CINCO
Ni perro que les ladre. Se han saltado el canon como si fuese un plinton. Estos son mexicanos sin folklore, ramas podadas del gran arbol de la literatura nacional, colas de lagartija que bailan un pogo tras su cercenación. Vivos sin permiso.
JM Servín: “No me siento parte de ninguna tradición, ni siquiera me interesa pensar en ello porque no identifico dónde podría estar su aporte en mi formación como escritor. Mis guías parten de una búsqueda personal completamente anárquica y desinteresada en la glorificación del canon.”.
Rafa Saavedra: “Soy tijuanense -por definición, un bárbaro del norte-, y eso es ya estar en contra de la tradición cultural mexicana. Aunque quiera escapar hay ciertos elementos que son omnipresentes e inevitables, así que simplemente he aprendido a seleccionar los que más me apetece explorar y hago un mix con los referentes ajenos a ella.”
Guillermo Fadanelli: “Formar parte de una tradición es como ingresar en el ejército, y eso no lo haré por mi propio pie”.
Julián Herbert: “No me siento parte de una tradición representada por Carlos Fuentes, Juan Rulfo u Octavio Paz (...) Me siento parte de una tradición que mira hacia otro lado, hacia cualquier lado que no sea su propio ombligo o el ombligo de Occidente”.
Libros sí, pop también
Sus influencias son literarias y extraliterarias. Ésta es una generación nacida al amparo de las canciones pop de tres minutos, el punk rock, el cine americano, los videos, el hip hop, las revistas musicales, los fanzines y las series de TV. Ese universo les ha dado de mamar.
José Eugenio Sánchez: “Mi formación básicamente proviene de la música, el cine, la pintura, la danza, las revistas, las matemáticas, el álgebra, los viajes y las listas de supermercado. Soy fan del concepto musical del r´n´r y de los géneros subsecuentes y antagónicos que suceden en el mismo momento (jazz, soul, disco, rap, etc). Creo en la obra literaria como canción pop de cuatro estribillos y un coro”.
Rafa Saavedra: “Llegué tarde a la “Literatura” como para que me influyera gran cosa. ¿Influencias extraliterarias? Tijuana y su vida nocturna, la cultura pop, la Movida Madrileña (Aviador Dro, Décima Víctima, Derribos Arias), los cómics de Fantomás, internet life, Viva Familia, el punk 77, la prensa musical, la música electrónica y la cultura de club, Morrisey, el noise pop, The Simpsons, el cine juvenil de los ‘70...”
Por su parte, Herbert menciona tanto a la actriz porno Lanny Barbie, The Smiths y Tarantino como a Coleridge o Steiner. Lo mismo con Servín, que va de Melville, Celine, Steinbeck y Jack London a “los situacionistas, la nota roja y el amarillismo, el funk, el punk y el hip hop”. Fadanelli, místico, aduce que “las influencias no pueden precisarse ni mucho menos dominarse, las piernas de la vecina o la carta de un amigo pueden influirte de manera tan intensa como la lectura de un libro”.
¿Quién le teme al inglés feroz?
Nadie. Los cinco escritores aquí expuestos no tienen complejos respecto al universo anglófono. Algunos viven geográficamente más cercanos a Los Angeles que al DF. Todos han devorado literatura gringa.
JM Servín: “Me abandono a la literatura gringa gustoso, sin mapa ni ruta. Estoy convencido de que es la más importante y vital del siglo XX y creo que para muchos escritores mexicanos de mi generación su influencia es decisiva”.
José Eugenio Sánchez: “He vivido la mayor parte de mi vida a una hora por carretera de Estados Unidos, pronuncio palabras en inglés desde niño, la televisión que he visto es americana con lenguaje doblado (...) Siento que mi poesía tiene más afinidad con la de Sam Sheppard que con la de Jaime Sabines, quizá porque Sheppard vive a 150 kilómetros de mi casa y Sabines a 3000”
Guillermo Fadanelli: “Lo mejor de los Estados Unidos son sus artistas y escritores. Ellos sí que han creado una tradición, empresa difícil en el país de la sonrisa perfecta y la barbarie civil y tecnológica. Desde Fitzgerald hasta Mailer, desde John dos Passos hasta Roth y la literatura sureña incluyendo a Carver y a los impresentables como Fante o Bukowski, todos ellos me han hecho la vida menos difícil”.
Rafa Saavedra: “Tuve una adolescencia hiperamericanizada y al vivir a tope la condición fronteriza comparto más referentes con alguien de California que con una persona del interior de México”.
Julián Herbert: “Un escritor mexicano abandonado a la literatura gringa es como un esquizofrénico que toma puntualmente sus medicamentos: tenemos una academia sofocante, un respeto pueril a la tradición nacional y, por el tercer flanco, un insistente tic de imitar a Robert Musil o Ernst Jünger. No está de más un poquito de Woodstock para contrarrestar tantos campos Elíseos”.
Hijos de la contracultura, primos del underground
Los virus que les infectaron eran contraculturales, pero sin hippismo. Padres putativos fueron los beats, pero sin reverencias. Estos cinco viven con un pie en el subsuelo y el otro en la superficie. Todos ven la marginalidad como un subproducto, nunca como un fin. Pero a la vez, como afirma Fadanelli, los cinco son “auténticos, es decir honrados. No corren tras el reconocimiento ni están en las jodidas cenas de los escritores de mundo”.
José Eugenio Sánchez: “Aunque he sido contestatario, irreverente, inadaptado, utilizo formas no tradicionales para interpretar mis poemas, y mis libros no se venden en racimos, no me siento underground. It´s hard to be hard. Creo que me encasillaría como un underclown”.
Guillermo Fadanelli: “Como los espías en las novelas de Vonnegut, sufro de esquizofrenia. Se me conoce en la cultura subterránea mexicana por libros como Terlenka, Barracuda, Para ella todo suena a Frank Pourcel, por mis videos y también por la editorial y revista Moho. En contraparte he publicado mis libros recientes en Anagrama, por lo que soy ligeramente conocido más allá de la madriguera”.
Rafa Saavedra: “La literatura underground es, desde hace mucho tiempo, más una etiqueta en el mercado editorial que una propuesta de contenido y forma. Lo mainstream es también otro nicho cómodo y conformista que dura lo que debe durar el sabor del mes. Ni uno ni otro me atrae.”.
Julián Herbert: “No, no soy underground (tampoco lo contrario: en un país donde los escritores emigran a los grandes centros culturales en busca de reconocimiento, yo decidí quedarme en mi pueblo). Me interesa, eso sí, producir una literatura que no sea complaciente; ni conmigo ni con el lector. Dicho de otro modo, creo que no estoy completamente separado del mainstream, pero tampoco estoy buscando aceptación o popularidad: mi chica me trata como a un ídolo pop, y eso me basta”.
EL FICHERO DE LOS CINCO
Guillermo Fadanelli (Ciudad de México, 1963) es el fundador del fanzine y la editorial Moho, además de novelista y cuentista y fabulador del underground. Anagrama le ha publicado en nuestro país las novelas La otra cara de Rock Hudson (2004), Educar a los topos (2006), Malacara (2007) y la colección de cuentos Compraré un rifle (2004). Se define como “un solitario, una isla, un escritor sin patria que no está limitado a fronteras precisas. Soy consciente de que se trata de una utopía, pero la orfandad es el único proyecto digno al que uno puede entregarse en estos días”. Fadanelli es un tipo muy alto y tiene manos de guante de béisbol y es ex-boxeador, o sea que cuidado con él.
José Eugenio Sánchez (Guadalajara, 1965) es poeta, performancero y recitador con bailarinas. Autor de dos libros de poemas, Physical graffiti (Visor 1998) y La felicidad es una pistola caliente (Visor 2004). Lleva el cabello largo y le gusta David Sylvian más de lo recomendable. Una frase memorable suya es: “Algunos escritores escriben como si nunca se la hubiesen chupado”. De su estilo, dice: “He adquirido algo de habilidad de la tergiversación, el chantaje, el vericueto linguístico y otras características del mexicano como el malinchismo, y los he usado para conformar el lenguaje que uso”. Su próximo libro en Lumen se llamará Galaxy Limited Café.
Julián Herbert (Tijuana, 1967) es novelista y poeta, además de cantante en el grupo de funk-rock Madrastras y aficionado al nudismo espontáneo. En su haber están la novela Un mundo infiel (Joaquín Mortiz, 2004) y la colección de cuentos Cocaína (manual de usuario) (Almuzara, 2006), ganadora del V Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola. De su amigo José Eugenio Sánchez, dice que “ambos somos norteños, vivimos en ciudades vecinas, nos conocemos desde hace unos 18 años y, a pesar de su peinado y el hecho de que últimamente gruñe más de lo que platica, lo considero mi bróder”.
Juan Manuel Servín (Ciudad de México, 1962) es periodista gonzo, cronista del hombre común y novelista bukowskiano. Ha escrito, entre otras cosas, Cuartos para gente sola (Planeta, 2004), definida por algunos como predecesora del filme Amores perros y que daba comienzo con la insuperable cita del Doctor húngaro Felipe Ignacio Semmelweiss: “Todavía me faltan algunos odios. Tengo la certeza que existen”. También son suyos Por amor al dólar (Planeta, 2006), crónica de su estancia en los Estados Unidos como trabajador ilegal, y Al final del vacío (Random House Mondadori, 2007).
Rafa Saavedra (Tijuana, 1967) alias Rafa Dro es escritor, fanzinero, bloguero empedernido, conductor de programas radiofónicos, enciclopedia andante de pop, catedrático y periodista musical. Se conoce al dedillo cualquier grupo español del periodo 81-89. Ha visto a The Smiths en directo unas tres veces, y ha escrito tres libros de relatos: Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio (La Espina Dorsal, 1996), Buten Smileys (Yoremito, 1997) y Lejos del Noise (Moho, 2003).
José Eugenio Sánchez (Guadalajara, 1965) es poeta, performancero y recitador con bailarinas. Autor de dos libros de poemas, Physical graffiti (Visor 1998) y La felicidad es una pistola caliente (Visor 2004). Lleva el cabello largo y le gusta David Sylvian más de lo recomendable. Una frase memorable suya es: “Algunos escritores escriben como si nunca se la hubiesen chupado”. De su estilo, dice: “He adquirido algo de habilidad de la tergiversación, el chantaje, el vericueto linguístico y otras características del mexicano como el malinchismo, y los he usado para conformar el lenguaje que uso”. Su próximo libro en Lumen se llamará Galaxy Limited Café.
Julián Herbert (Tijuana, 1967) es novelista y poeta, además de cantante en el grupo de funk-rock Madrastras y aficionado al nudismo espontáneo. En su haber están la novela Un mundo infiel (Joaquín Mortiz, 2004) y la colección de cuentos Cocaína (manual de usuario) (Almuzara, 2006), ganadora del V Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola. De su amigo José Eugenio Sánchez, dice que “ambos somos norteños, vivimos en ciudades vecinas, nos conocemos desde hace unos 18 años y, a pesar de su peinado y el hecho de que últimamente gruñe más de lo que platica, lo considero mi bróder”.
Juan Manuel Servín (Ciudad de México, 1962) es periodista gonzo, cronista del hombre común y novelista bukowskiano. Ha escrito, entre otras cosas, Cuartos para gente sola (Planeta, 2004), definida por algunos como predecesora del filme Amores perros y que daba comienzo con la insuperable cita del Doctor húngaro Felipe Ignacio Semmelweiss: “Todavía me faltan algunos odios. Tengo la certeza que existen”. También son suyos Por amor al dólar (Planeta, 2006), crónica de su estancia en los Estados Unidos como trabajador ilegal, y Al final del vacío (Random House Mondadori, 2007).
Rafa Saavedra (Tijuana, 1967) alias Rafa Dro es escritor, fanzinero, bloguero empedernido, conductor de programas radiofónicos, enciclopedia andante de pop, catedrático y periodista musical. Se conoce al dedillo cualquier grupo español del periodo 81-89. Ha visto a The Smiths en directo unas tres veces, y ha escrito tres libros de relatos: Esto no es una salida. Postcards de ocio y odio (La Espina Dorsal, 1996), Buten Smileys (Yoremito, 1997) y Lejos del Noise (Moho, 2003).
Kiko Amat
(Artículo publicado originalmente en el suplemento EP3 de El País del 11 de enero de 2008)
17 de gen. 2008
Wes Anderson es Dios
Viaje a Darjeeling La nueva película de Wes Anderson vuelve a explorar magníficamente los vínculos de sangre y el peso del pasado.
Y tras ver Viaje a Darjeeling les vamos a decir por qué es Dios:
1) Su estilo es inmortal: Y los temas también. En efecto, Wes Anderson es repetitivo, pero de una manera buena. Que siempre haga “la misma película” -el Arma Arrojadiza #1 de sus detractores- es, en nuestro mundo, una virtud. Anderson ama el contexto, una de las cosas más altas que alguien puede amar. Afirma que le gusta seguir “una línea de razonamiento” y que los personajes de Academia Rushmore (1998) podrían aparecer en medio de Vida acuática (2004) y no sentirse desplazados. Pues hay dos tipos de escritores/directores/artistas: aquellos para los que todo debe encajar en una visión inclusiva, y aquellos para los que no; Wes Anderson es un cineasta de los primeros. Viaje a Darjeeling habla otra vez de círculos familiares quebrados, de hombres dañados intentando arreglar los tropiezos del pasado, de adultos sensibles buscando la aprobación de una figura paterna. Y está hecha con tics y ritmo in-con-fun-di-ble-men-te Anderson. Y, encima, empieza con un corto. Las películas con corto son buenas; es la ley.
2) Es cool: De esa manera en que se es cool cuando uno no busca serlo. Cool de nacimiento, de ADN, que no se consigue ni con asesores de imagen ni hurgando en directrices prefabricadas. Wes Anderson es cool porque les gustan las cosas adecuadas y es aplaudido por la gente adecuada, que diría Tibor Fischer. Porque pudiendo escoger la papilla y lo soez, escogió lo chulo. Anderson es cool como lo eran Serge Gainsbourg, Coltrane o John Osborne. Casi sin querer.
3) Ésta es su vida: Anderson habla mucho de él mismo, y extrae gran parte de su material de la realidad. “La mayoría de cosas que suceden ante la cámara las descubrimos allí mismo”, ha declarado de Darjeeling. Esto es cine-como-vida a lo Warner Herzog. Esto es entregarse a la aventura de filmar con el ansia lúdica de un niño. Esto es grande.
4) El Guionazo: Viaje a Darjeeling es la historia de tres hermanos -Francis, Peter y Jack Whitman: Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman- que, tras la muerte de su padre, se lanzan a un viaje de autoconocimiento por la India. En tren. Magullados emocionalmente, cargados de maletas metafóricas y reales, trufados de greuges y recuerdos, los hermanos se enfrentan a lo que se pone en su camino con el alma coja y los estómagos llenos de calmantes sin receta. Los diálogos son para repetir ad eternum, como gags de Bill Hicks; si ven suficientes películas de Wes Anderson no tendrán que utilizar frases propias nunca más. Están todas allí, en serio.
5) La risa, la emoción: Y ni la primera es chusca, ni la segunda es cursi. Viaje a Darjeeeling logra ser emotiva y dulce sin revolvernos el estómago con truquitos de Sam Mendes. Y, a la vez, hace reír.
6) El paraíso del nerd: Se les van a caer las pupilas de tanto buscar bromas privadas. Si antes pillaron lo de la anguila Hermès (por los fulares), el barco Belafonte (por el Calypso de Cousteau), las mil referencias a Charlie Brown en Academia Rushmore, etc., en Viaje a Darjeeling les espera otro festín de autoreferencias, nombres evocadores, cameos y guiños. Feliz caza, geeks.
7) Amigos-enemigos: ¿Recuerdan el “Si no te gusta esta película no me quieres; porque esta película soy yo, yo soy esta película” del The disappointment artist, de Jonathan lethem? Pues con Wes Anderson es así. Si a alguno de sus amigos no le gusta Viaje a Darjeeling, no es amigo suyo. Si su novio no entiende por qué es usted fan, corte con él. Es así de simple. Porque el Apocalipsis será una escatológica lucha fraticida entre aquellos a los que nos gusta Wes Anderson y aquellos a los que no. Dos formas irreconciliables de ver el arte. Tomen partido AHORA.
8) Casting: En los filmes de Anderson sólo salen actores buenos e idiosincrásicos. O sea, Bill Murray. Gene Hackman. Los Wilson-Brody-Schwartzman de ésta. Y siempre hay sorpresas. En Darjeeling es la debutante angloindia Amara Karan. Amara: Acepta nuestro amor, te lo suplico.
9) Kumar Pallana: Sí, “Pagoda” vuelve a salir aquí. Los fans ya saben de qué hablo.
10) La banda sonora: He dejado esto para el 10, pero es vital. Wes Anderson, ya lo habrán leído por ahí, es un esnop, un conocedor de discos gloriosos. Si en Academia Rushmore vieron los créditos de inicio a ritmo de los modsters The Creation (“Kang-kang-ka-ka-kang: ¡Making tiiiiiime!”), secaron lagrimilla con Nico en Los Tenembaums (2001), escucharon el “Rebel rebel” de Bowie en brasileño en Vida Acuática, aquí tienen más material: el “Where do you go my lovely” del angloindio Peter Sarsted, Satyajit Ray, Debussy, The Kinks y el “Play with fire” de los Stones, entre otros. Van a disfrutar Viaje a Darjeeling incluso privados de visión. Y eso no puede decirse de cualquier película.
Kiko Amat
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 16 de enero de 2008)
Con las botas puestas

This is England El nuevo filme del británico Shane Meadows relata la historia de un gang de skinheads en la gris Inglaterra de los 80
Cómo molaban los ochenta. Cuando íbamos con aquellas hombreras, y llevábamos coleta, y bailábamos Mecano y el Like a Virgin y fuimos al estreno de Nueve semanas y media y todos queríamos ser yuppies o diseñadores o Don Johnson. Oh, sí, cómo molaban “los ochenta más esplendorosos”, como los describieron en el programa aquel de TV3, Els 80’s. Pero, un momento: ¿Íbamos? ¿Llevábamos? ¿De quién narices son estos ochenta? Míos no, se lo aseguro. Esto es un secuestro, señores, y ahora la memoria de la década está en manos de unos cuantos seres que sí hacían todas las necedades descritas un poco más arriba. Esa generalización me sulfura, igual que a Nanni Moretti en Caro Diario, ¿recuerdan? Cuando cuatro yuppies en una película exorcizan la desilusión con su pasado (“Gritábamos eslóganes horribles y violentos. Y mira ahora lo viejos y feos que nos hemos vuelto”) y Moretti les escupe desde su butaca: “¡Vosotros gritabais eslóganes horribles y violentos! ¡Vosotros os habéis vuelto feos! Yo gritaba los eslóganes correctos, y ahora soy un cuarentón espléndido”. La historia se la suelen llevar al zurrón los necios, y por eso conviene que de vez en cuando aparezca un liberador-con-bemoles que devuelva los recuerdos a su justo lugar. Porque en algunos ochenta no había Madonna ni Sau ni Relax, pero sí Return of Django, You’re Wondering now, The Specials y un montón de skins.
Cómo molaban los ochenta. Cuando íbamos con aquellas hombreras, y llevábamos coleta, y bailábamos Mecano y el Like a Virgin y fuimos al estreno de Nueve semanas y media y todos queríamos ser yuppies o diseñadores o Don Johnson. Oh, sí, cómo molaban “los ochenta más esplendorosos”, como los describieron en el programa aquel de TV3, Els 80’s. Pero, un momento: ¿Íbamos? ¿Llevábamos? ¿De quién narices son estos ochenta? Míos no, se lo aseguro. Esto es un secuestro, señores, y ahora la memoria de la década está en manos de unos cuantos seres que sí hacían todas las necedades descritas un poco más arriba. Esa generalización me sulfura, igual que a Nanni Moretti en Caro Diario, ¿recuerdan? Cuando cuatro yuppies en una película exorcizan la desilusión con su pasado (“Gritábamos eslóganes horribles y violentos. Y mira ahora lo viejos y feos que nos hemos vuelto”) y Moretti les escupe desde su butaca: “¡Vosotros gritabais eslóganes horribles y violentos! ¡Vosotros os habéis vuelto feos! Yo gritaba los eslóganes correctos, y ahora soy un cuarentón espléndido”. La historia se la suelen llevar al zurrón los necios, y por eso conviene que de vez en cuando aparezca un liberador-con-bemoles que devuelva los recuerdos a su justo lugar. Porque en algunos ochenta no había Madonna ni Sau ni Relax, pero sí Return of Django, You’re Wondering now, The Specials y un montón de skins.
El liberador del que les hablaba se llama Shane Meadows, y su última película es This is England (2007). El director de cine inglés sufre de una sulfurosidad exacta a la que les contaba: “La mayoría de gente basa sus recuerdos”, declara en el libreto que acompaña al DVD pack de sus películas (This is Shane Meadows), “en las cosas que ve en esos programas de I love the 80’s. Pero para mí, un niño que creció en Uttoxeter, Staffordshire, fue una época de gran música, ropa increíble y una cultura juvenil vibrante que hace que todos los adolescentes de hoy parezcan poco imaginativos y aburridos en comparación”. Con This is England, Meadows está arrancando sus 80’s, su pasado, la historia de su pandilla, del secuestro innoble de los cursis.
Así, This is England va de skinheads. Oh, sí, los terribles skinheads. El coco malo, que vendrá por la noche a patearle la cara al Ratoncito Pérez. Los supuestos responsables de todo lo malo que pasa en el mundo, incluyendo huracanes y hambrunas. Antes de que se inventaran los pitbulls y el éxtasis, el cabeza de turco de todo lo que pasaba eran los skins. Para la prensa y el gobierno ingleses, siempre ávidos de cualquier demonio popular y pánico moral que utilizar de efectiva cortina de humo en momentos tensos, los skins eran el pagador-de-pato ideal: chulos, de clase obrera y propensos a soltar el ocasional guantazo. Pero, en realidad, los skins son como usted y yo cuando teníamos 17 años: Niños arrogantes, niños que no quieren ser como nadie más, niños que ansían marcar territorio e impresionar a las nenas. Un culto juvenil territorial y orgulloso derivado de los mods –digamos que eran el hermano pequeño brutote de éstos- enamorado de la música jamaicana y esa maravillosa ropa de inspiración Ivy League, masculina y regimentada y pulcra. Por supuesto, todo Cristo sabe que una parte limítrofe del culto fue captado por la ultraderecha, perdiendo de este modo la conexión con el estilo original. Como ocurre con los Jedis, hay un lado oscuro de la fuerza; pero eso no invalida a Obi-Wan y Yoda y la peña buena, ¿verdad?
El realismo de Meadows es aplaudible en grado sumo (compárenles con las fotos originales del libro de Gavin Watson, Skins), y sus skinheads son tal y como los que yo vi de joven. No son ángeles –en sus barrios uno se endurece rápido- pero tienen buen corazón, y sólo quieren reírse, defender a sus amigos, escuchar discos chulos, emborracharse, ver a su equipo ganar. Y punto. Como dice el director: “Esto va de dar la cara por colegas y creencias”. El filme relata la historia de Shaun (Thomas Gurgoose), un chaval de 12 años acercándose a la pubertad en el norte de Inglaterra en 1983: un sitio feo para hacerlo, ciertamente. Las guerra de las Malvinas está en su apogeo, hay medio millón de parados, la huelga de los mineros ha paralizado el país, Thatcher La Empaladora está en el poder y, lo que es peor, Shaun lleva pantalones de campana. El colegio entero le toma el pelo hasta que conoce a un gang de skinheads liderados por el afable Woody (Joseph Gilgun); éstos le incluyen en la panda y le regalan la confortable sensación de pertenecer, mientras Shaun desarrolla –a través de discos de ska y botas Martens- una autoestima e identidad propia abonada por el pandilleo. Las cosas se tuercen cuando aparece Combo (Stephen Graham), un antiguo miembro del grupo que ha estado en la cárcel. Tantos años recogiendo pastillas de jabón en las duchas han provocado deterioros irreversibles en la submente de Combo, que ha pasado a engrosar las filas del National Front en el papel habitual de sanguinario tarugo racista. Su erupción gangrenosa en el seno de la panda divide las filas, y Combo se convierte una suerte de figura paterna para el inocente Shaun, que ha perdido a su padre en las Falklands. Violencia, experiencia y final revelación marcarán la madurez de Shaun en esa tesitura. No les cuento más. Ah: La banda sonora es altamente molante. Pressure drop. 54-46 was my number. Do the dog.
A Shane Meadows se le compara a Ken Loach y Mike Leigh, los dos pilares del realismo social británico 70’s, y por supuesto entronca con el 60’s kitchen sink inglés de Karel Reisz y Tony Richardson, pero Meadows es mucho más brutal, y su visión es más la del insider que la del observador simpatético. La comparación adecuada, así, sería Alan Clarke (próximamente en un Reciclajes). El director dirigió The Firm (1988) -la historia de una banda de hooligans liderada por Gary Oldman- Scum (1977), un drama de revuelta carcelaria y enorme crudeza (Ray Winstone hace de líder del submundo presidiario con gran perjuicio físico ajeno) y, especialmente, Made in Britain (1982), la historia de un antisocial skinhead nazi –interpretado magistralmente por Tim Roth- que no escucha ni a funcionarios de Ayuda Social ni a su santo padre, y sólo quiere una cosa: c-a-o-s. Clarke es la inspiración reconocida de Meadows, y sólo han de añadirle algo del rocanroleo-con-hostias de Scorsese –Clarke nunca utilizaba bandas sonoras en sus filmes- para dar con la fórmula del autor de This is England. Una fórmula, se me olvidaba decirles, que el director ha utilizado con parecida fortuna en trabajos previos. Pues el avanzado Meadows, con sus 35 años, tiene ya en su haber cinco largometrajes. El más desafortunado es Once upon a time in the midlands (2002), una parodia de spaghetti western ambientado en el Nottingham actual, pero los tres restantes sí incluidos en el DVD son agudas y fidedignas miradas internas a la realidad de la working class inglesa. En algún caso son salvajes y sangrientas, como el ajuste de cuentas que es Dead Man’s Shoes (2004), en otras entrañables y tiernas, como la historia de amistad infantil que se cuenta en A room for Romeo Brass (1999), algunas relatan fielmente los sueños rotos y la esperanza truncada de esa clase obrera, como el fallido club de boxeo de Twentyfourseven (1997). Pero todas son duras, reales y en-tu-cara-te-guste-o-no: como, mismamente, los skinheads que protagonizan ahora This is England.
A Shane Meadows se le compara a Ken Loach y Mike Leigh, los dos pilares del realismo social británico 70’s, y por supuesto entronca con el 60’s kitchen sink inglés de Karel Reisz y Tony Richardson, pero Meadows es mucho más brutal, y su visión es más la del insider que la del observador simpatético. La comparación adecuada, así, sería Alan Clarke (próximamente en un Reciclajes). El director dirigió The Firm (1988) -la historia de una banda de hooligans liderada por Gary Oldman- Scum (1977), un drama de revuelta carcelaria y enorme crudeza (Ray Winstone hace de líder del submundo presidiario con gran perjuicio físico ajeno) y, especialmente, Made in Britain (1982), la historia de un antisocial skinhead nazi –interpretado magistralmente por Tim Roth- que no escucha ni a funcionarios de Ayuda Social ni a su santo padre, y sólo quiere una cosa: c-a-o-s. Clarke es la inspiración reconocida de Meadows, y sólo han de añadirle algo del rocanroleo-con-hostias de Scorsese –Clarke nunca utilizaba bandas sonoras en sus filmes- para dar con la fórmula del autor de This is England. Una fórmula, se me olvidaba decirles, que el director ha utilizado con parecida fortuna en trabajos previos. Pues el avanzado Meadows, con sus 35 años, tiene ya en su haber cinco largometrajes. El más desafortunado es Once upon a time in the midlands (2002), una parodia de spaghetti western ambientado en el Nottingham actual, pero los tres restantes sí incluidos en el DVD son agudas y fidedignas miradas internas a la realidad de la working class inglesa. En algún caso son salvajes y sangrientas, como el ajuste de cuentas que es Dead Man’s Shoes (2004), en otras entrañables y tiernas, como la historia de amistad infantil que se cuenta en A room for Romeo Brass (1999), algunas relatan fielmente los sueños rotos y la esperanza truncada de esa clase obrera, como el fallido club de boxeo de Twentyfourseven (1997). Pero todas son duras, reales y en-tu-cara-te-guste-o-no: como, mismamente, los skinheads que protagonizan ahora This is England.
Kiko Amat
This is England (2007)
Shane Meadows
Film Four / Warp Films
Skins
Gavin Watson
Independent Music Press
12.99 librasThis is England (2007)
Shane Meadows
Film Four / Warp Films
Skins
Gavin Watson
Independent Music Press
(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 2 de enero de 2008)
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