21 d’ag. 2007

Césares en Vespa


Festival Euro YeYé Cinco intensos días de celebración de la cultura y la música sixties en el decano evento mod Gijonés

Los mods nunca mueren. No, quiero decir: nunca mueren, de veras. No era un slogan propagandístico de permanencia subcultural. Cada uno de ellos parece exento de la muerte, casi como el Gnossos Pappadopoulis de la novela Been down so long it looks like up to me de Richard Fariña. Los mods son inmortales, quizás por la razón que explica Gnossos: “Se me ha otorgado la inmunidad porque nunca pierdo mi cool”. Es chocante ver a mods danzando al alba, frescos y radiantes tras 36 horas despiertos como búhos y moviendo el esqueleto, especialmente cuando algunos rozan la cuarentena. Tiene que ser gracias al cool. La prueba la tienen en el Festival EuroYeYé, la farra mod-neosixties que se celebró del 1 al 5 de agosto en Gijón. Cuando tipos que pasan seis días al borde de la inanición y más allá de la intoxicación tienen esa pinta de salud... O sea, alguien debería revisar las teorías del envejecimiento. Los squares del mundo que dejaron de salir de noche tras la boda sufren descomposición facial y alopecia universal, mientras los que viven en el lado salvaje de la existencia mantienen la vejez a raya. Pues los mods son fetos (con perdón) sumergidos, no en formol, sino en vasos de gin tonic y discos de soul raro. Vampiros hedonistas que viven sólo para el ritmo y la velocidad, y que se retiran a sus camas chasqueando los dedos cuando el resto del mundo abre las pestañas. Los mods, como las ratas, nos sobrevivirán. ¿No es maravilloso? Veo un nuevo mundo, que decía Joe Meek.
Pero antes de hablar del EuroYeYé, un apunte histórico: Los mods de los 60’s, como fenómeno, eran el “White Negro” del que hablaba Norman Mailer en el ensayo del mismo nombre, el equivalente inglés y blanco del hipster negro americano. Los mods, en cuanto a subcultura de clase obrera de posguerra, nacieron tras los teddy boys, pero compartían poco con éstos. En lugar de tradicionalismo, exhibicionismo tribal, rock’n’roll y violencia, los mods proponían exquisita anonimidad urbana, amor por la más avanzada música negra (y por la negritud, en general) y una completa rebeldía basada en construir mundos secretos, en lugar de mostrarle burdamente el dedo corazón al sistema. Uno puede imaginarse a los primeros adolescentes mods de inicios de los 60’s como un germen, como los niños de El pueblo de los malditos, un virus teenager dedicado en cuerpo y alma a sus obsesiones y ritos de autoafirmación, negando con trajeada virulencia las convenciones de MundoAdulto y el camino de la procreación. Como casi todo el mundo sabe, el estilo de los mods acabaría (deformado y descontextualizado) dominando el mundo, sus grupos favoritos conquistando las listas –fueron los primeros en seguir a Rolling Stones y Who- y la masificación gang-osa de lo mod partiéndose los morros contra los rockers en las playas de Margate y Brighton. Un semifinal algo chusco, la verdad, para la subcultura elegante por excelencia.

Obviando la teoría que propone que el equivalente actual de los mods sería cualquier culto underground que amase los trapitos y escuchase la ultimísima música negra (¿Grime, hip hop, dubstep?), otro sector se decanta por rememorar la década en que aquellos nacieron y sus rituales nocturnos con fascinante testarudez. Y de ahí surge el Festival EuroYeYé. Un evento que es una inaudita celebración retro del estilo sixties y la gloriosa música que emergió de aquellos años. Una intensa fiesta de lo mod mutado en culto de fiel revisitación sesentas, como una insólita evolución-involución del movimiento que continúa en activo hasta hoy. En el YeYé, por supuesto, todo encaja de forma milimétrica, y nada se escapa del apabullante influjo sixties que domina cada uno de los días. Grupos, motos, pantalones, sonidos, peinados, películas... Todo es cosecha 1964-69, llevada hasta un punto de completa demencia perfeccionista; algún día tengo que ir vestido de Ali G, a ver qué pasa. Pero en serio: Los mods bailan y hablan durante 5 días, y las dos cosas las hacen con el fanatismo rayano en la locura del obsesivo. Nada es más importante, nada más interesa. Discutiendo de discos extraños, planeando acciones futuras, camisas por venir, o entrelazando sus piernas en la pista a ritmo de furibundo freakbeat y R&B, el asistente al Ye-Ye tiene en sus ojos el brillo acuoso e ido de la yijad sixties.

Esta concentración de fanatismo sin parangón viene celebrándose desde hace 12 años. Fue en 1995 cuando los tres organizadores soltaron al mundo su primera edición, y en 1998 cuando se añadieron al triunvirato los Untouchables, la sociedad mod londinense. Desde entonces han pasado por sus escenarios grupos míticos de los sesenta como The Action, John’s Children o Downliners Sect (en diverso estado de conservación), artistas negros tan selectos como Reuben Wilson, Grant Green o la esplendorosa vocalista P.P.Arnold, así como grupos de garaje o R&B actuales, siempre en la línea inmutable del EuroYe-Yé. Este 2007, sin ir más lejos, el YeYé rescataba a Màquina!, el gran grupo catalán de psicodelia progresiva de los sesenta, y también a The Crazy World of Arthur Brown, la banda –bastante One-Hit Wonder- que firmó el célebre Fire, y cuyo cantante salía a escena con un bizarro casco flamígero (un acto que repitió con desigual efecto en el YeYé, ahora que recuerdo). La música es la reina en el festival, el centro de la atención, y los rarísimos singles que se pinchan en sus dos pistas –divididas en sonidos negros y blancos- los que despiertan los Aaaahs, Oooohs y Yeeeepas. Y los DJs que los seleccionan también, por supuesto; para la edición actual, un plantel que contaba con el fundador de las pioneras noches northern soul del londinense 100 Club, Ady Croasdell. Un señor tan mítico y con la maleta tan llena de acetatos y vinilos jamás publicados que el resto de mortales solo podemos escuchar y gimotear alrededor de su cabina cada vez que pincha.

Pero todo esto a la prensa local no le importa especialmente. No, lo que enloquece a reporteros y curiosos durante los días del festival son las Vespas y Lambrettas. Esos pasteles de boda con ruedas, esos muebles rococó móviles, esas catedrales churriguerescas que mods y scooteristas montan con orgullo de caballeros medievales por las calles de Gijón, provocando coronarias y accidentes de tráfico. La Scootercruzada (así se llama la concentración de scooters del YeYé; los organizadores tienen sentido del humor) ofrece exhibiciones, competiciones variadas y salidas a pueblos colindantes para todos los amantes de los “secadores de pelo” (como, recuerden, se las denominaba peyorativamente en el film Quadrophenia). También reparte premios a –entre otros- Mejor Lambretta, Mejor Vespa, Scooter Más Lejana, McGyver (la más llena de marranaditas y gadgets) y Scutre (sobran palabras).
Al final, tras tanto danzar, tanto chicle, tanto parloteo y tanto ir de arriba para abajo en motocicleta, los exhaustos EuroYeYeros dejan obligatoriamente tras de sí y en sus propios cuerpos –como apuntó uno de los poetas beodos e insomnes que suelen poblar el festival- “una catedral de escombros”. Pero ya lo dijimos: escombros cesáreos y elegantemente bien conservados. Y que sea por toda la inmortalidad.
Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 15 de agosto de 2007)
Notas: La comparación de los mods con los niños de El pueblo de los malditos es una idea original del amigo y socio y miembro de La Escuela Moderna, Miqui Otero, que fagocité grácilmente. Gracias por el préstamo, Miqui.
La Lambretta de la imagen pertenece al viejo amigo Félix, organizador del Euro Ye-Ye y persona en combustión interna permanente.

Beats y bongos y boinas

Beatniks O cómo la subcultura más anticomercial del siglo engendró la mayor cantidad de gadgets coleccionables imaginable

1. Sandalias, bongos, cara de estupor. Si la imagen que les ha venido a la cabeza es la de alguno de esos cargantes capoeiros que arruinan la playa con los tamborcitos, es que no han oído hablar de los Beatniks. No se apuren; poca gente les recuerda y, además, me he dejado varios referentes: una perilla mosquetera y una boina de lado. Un espresso o una botella de Chianti matarratas. El humo de mil cigarrillos haciendo Cúmulo Nimbus en un club oscuro. Una chica tuberculosa de cabello petróleo rasgando una guitarra con desinterés. Jazz frenético y poesía trufada de jerga callejera. Sobre la mesa, un libro de Kerouac y otro de Camus. It’s, like, beat, maaaaan. Son los Beatniks, y llegaron para NO quedarse. Cool daddies que hablaban como negros, olían como desagües y vestían como camas sin hacer. Planetas y galaxias reposaban sobre sus espaldas, y su respuesta a todo era: Estoy abatido, tíoooo. ¿Trabajar? ¿Qué? Estoy fuera de orbita, Big Daddy. Hip, momma. O sea, como, flipante, ¿no? So long King Kong. I dig, cats.

2. Por supuesto, suelto otro cliché más y reviento; mis disculpas. Lo que pasa es que los Beatniks fueron la subcultura más exploitada de la historia. A estas alturas, como define el libro Beatsville, ya es imposible separar lo que de verdad era un Beatnik con la idea que los medios le ofrecieron al mundo: “A un lado están los Beatniks de verdad; ése era el nombre que desde los medios se les dio a los Beats originales. Al otro, los Beatniks de caricatura, los “falsos”; las creaciones mediáticas que eran una mezcla de realidad y ficción”. O sea, la versión pop, marqueteada y comercializable, del fenómeno.
En cuanto a los Beats originales, ya les conocen. La generación beat. Kerouac, Ginsberg, Blas y los demás. Hipsters enamorados de la América negra y el jazz, asqueados por el convencionalismo cuadrado de la América blanca de clase media, insufladores de benzedrina, escritores hedonistas en sprint, habladores de slang jive, poetas anfetosos. Jim Dodge decía en su enorme Not fade away que “deseaban apasionadamente emocionarse (...) Los Beats al menos tenían el coraje de sus apetitos y visiones. Querían emocionarse con el amor, la verdad, la belleza, la libertad”. Y también: “Una erupción de gente con el alma hambrienta. Y, pese a las poses y la tontería, fue espléndida”.
En efecto, en el caso de los Beats, la tontería es muy aprovechable. Desde el instante en que un periodista del San Francisco Chronicle les bautizó como Beatniks (el sufijo –nik puede venir del Yiddish o ser un juego de palabras con Sputnik, depende de la teoría), empezó una avalancha de tiras cómicas, series de TV, películas, discos y revistas como nunca se ha visto en la historia subcultural. Nadie, ni siquiera los mods en 1964 o el sarpullido punk de 1977, ha tenido de este modo a una industria entera intentando extraer pasta sin escrúpulos de los significantes estéticos de un culto juvenil.
Dos series son las principales responsables del impacto Beatnik en los hogares americanos. Una era 77 Sunset Strip (1958-64); en ella aparecía un enrollado detective privado llamado Kookie, amante del jazz y los clubs, y cuyo colega era un Beatnik, Bongo Benny. La otra, y principal, era The many loves of Dobie Gillis (1959-63). El personaje Maynard G. Krebs era la representación física per-fec-ta de lo que los media consideraban un Beatnik. Krebs lo tenía todo: la perilla, la jerga, las sandalias, la boina, los discos de Charlie Parker, el hastío... Su impacto fue inmenso. El cineasta John Waters incluso afirmaba en su biografía Shock Value que se hizo Beatnik solo por él. Tras Krebs, las compuertas cedieron. Alfred Hitchcock saldría de Beatnik, con boina-perilla, en uno de los capítulos de Alfred Hitchcock Presents, y The Beverly Hillbillies exhibieron un par de capítulos Beat. “Lo que empezó como un movimiento social”, dice Beatsville, “quedó reducido a una simple moda”. Hollywood no se quedaría atrás. The Beat Generation (1959) con Mamie Van Doren y ambientada en una coffee house, sería de las primeras. En The rebel set (1959), Peter Falk (luego Colombo) hace de Beatnik, por difícil de imaginar que esto sea. Muchos otros filmes incluyeron escenas Beat; en Me enamoré de una bruja (1958) la bruja que interpretaba Kim Novak era bastante hip (esculturas africanas en las paredes, mallas en las piernas). Y, por si eso no fuese suficiente, aparecía Jack Lemmon haciendo de jazznik toca-bongos dubi-dubi-ba-ba-ba-du en un club.
A partir de ahí, la locura. Playboy sacó una centerfold Beatnik. Aparecieron revistas de humor beatnick (Sick, Yak Yak, Kookie), y el mítico Especial Beatnik de Mad retitulado Like, Mad de 1960, con un Alfred E. Neuman beatnikizado en portada. Beatniks en dibujos animados de Hanna-Barbera. Muñecos y muñecas Beatnik. Toallas de playa “Beachniks only!”, libros de cocina Beat, diccionarios de slang, novelas pulp de temática Beatnik (The far out ones, Beatnik bum...), descacharrantes cartas Beatnik de felicitación (“Ponte bueno... Para que podamos estar juntos en contra de algo”), bongos de venta por correo, artilugios de carnaval Beatnik (perillas, gafas, boinas)... Cientos de LPs se lanzaron orientados a la explotación de lo Beat (incluyendo fábulas de Grimm contadas en jerga hipster), e incluso existe un subgénero de singles de rock’n’roll -muy parecido a lo que sucedió con el Skinhead Reggae en Inglaterra – con canciones como Beatnik’s wish de Patsy Raye & The Beatniks o Benny The Beatnik de los Untouchables. Y todo ello es ahora un vertedero entero de gadgets, el único testimonio de una subcultura enterrada en el tiempo, joyas Beat desechadas que, o sea, tío, en plan, me sofocan, como si me dieran mal karma, ¿saben? O sea, papi, sea lo que sea, estoy en contra de eso. Sick! Sick! Sick!
Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 8 de agosto de 2007)

7 d’ag. 2007

EKINs (o una historia de terror)

En la entrevista que Kiko le hizo a Manolo Martínez de Astrud para Benzina (y que podeis leer aquí), Manolo se quejaba, con la ironía que le caracteriza, de que "(…) la opción por defecto, cada vez más, és poco menos que llevar tatuada una M de Movistar en cada mejilla".
Eso me hizo recordar que una vez encontré una página con fotos de gente que se tatuaba el logo de Apple y empecé a buscar por la red en busca de algo parecido. Lo que he encontrado da miedo.
Se ve que hay unos tios que se hacen llamar EKINs (Nike al revés) y que se caracterizan por ser trabajadores de Nike con una dedicación y amor por sus superiores no vista desde la familia Manson y que se pueden reconocer porque llevan el logo de Nike (el famoso "Swoosh") tatuado en el tobillo.
El otro día una tía de mi curro le estaba indicando una dirección de Barcelona a otra. La segunda le respondió que no le hablara de calles, que no tenía ni idea de los nombres ni nada. Que le dijera si estaba cerca o lejos de un Starbucks o un Zara, que era lo único de lo que ella sabía. Lo dijo así, tal cual, sin ruborizarse.
A mi estas cosas me dan mucho miedo, va en serio, no sé a vosotros.
Podeeis echarle un vistazo a la fascinante historia de los EKINs aquí y aquí. Leer sus declaraciones y las acciones de las que hacen gala hiela la sangre en las venas.
U.

23 de jul. 2007

Vacances al sol

Aprofitant que s'acosten les vacances copio i enganxo un article bastant adient que va sortir al diari Diagonal (al que recomano que us subscrigueu) i que ens recorda lo ridícul del nostre estil de vida sota la bota del capitalisme:

VACACIONES: LOS NEGOCIOS Y LA PUBLICIDAD MARCAN UN ESTILO ALIENADO DE APROVECHAR LOS MOMENTOS DE DESCANSO

Turismo: próxima escapada, la Luna

Consume Hasta Morir (Ecologistas en Acción)
El modelo de viajes marcado desde las agencias y los ‘tours’ contratados en los centros comerciales no deja de crecer entre la publicidad engañosa, la masificación y la degradación del entorno natural.
(JPG)
Consume Hasta Morir

Ese ciudadano medio que trabaja diez horas al día, tarda una hora en ir a la oficina y otra en volver, come una ensalada insípida y una barrita energética, va al gimnasio por la noche y ve una media de tres horas diarias de televisión, ese personaje que agacha la cabeza a la hora de firmar su contrato y que nunca protesta por tener que hacer horas extraordinarias, ese hombre que nunca se uniría con otra gente para reclamar sus derechos es el mismo que provoca un altercado si su avión sale con retraso y que acude a una manifestación convocada por una línea aérea de bajo coste con la promesa de regalar billetes de avión a quien lleve pancartas contra Iberia. Ese ciudadano, que durante toda la semana está deseando que por fin llegue el viernes, se pasa el año pensando en las vacaciones. Eso sí, al igual que cuando llega el domingo siente una resaca tremenda y no recuerda nada de la noche anterior, en verano se tumba en una hamaca al lado de la piscina de un resort y no sabe si se encuentra en Bali, Cancún, Túnez, Varadero o Benicásim.

Y es que el capitalismo hace bastante tiempo que lo descubrió: el turismo de masas es un filón. Antes, viajar estaba reservado sólo a quien pudiera pagarlo, y lo más normal era que las familias cogieran el coche en verano y se fueran unos días a la playa con los niños. Hoy, con la extensión del modelo consumista a amplias capas de la sociedad, viajar ha pasado de ser un privilegio a convertirse en una obligación. Por eso, quien no se gasta una gran cantidad de dinero en las vacaciones es porque es un poco raro. No hay excusas: si no tienes dinero, paga a crédito; si no tienes tiempo de quedar con tus amigos para planificar el viaje, mejor emplea tu tiempo en ir al centro comercial y deja que una empresa lo haga por ti. Como Viajar.com, por ejemplo, que ya ha definido el tonting como el “síndrome que provoca la pérdida de tiempo y dinero al organizar un viaje”.

La transformación de la clase media en clase consumista permite que ésta pueda disfrutar de muchas cosas que antes se consideraban un lujo al alcance de muy pocos. Y, además, puestos a ello, no hay por qué ceñirse al mes de agosto ni poner especial cuidado en proteger nuestro entorno. Un fin de semana en Londres. Unos hoyos en algún campo de golf de la Costa del Sol. La semana santa, en todoterreno por el desierto de Marruecos. Una escapadita a una casa rural con jacuzzi. Un apartamento en Marina D’or. Un viaje de novios a la Rivera Maya. ¿Qué será lo próximo? ¿Ir a la Luna? Bueno, eso muy pronto también será posible: Ryanair ha anunciado la puesta en marcha de vuelos baratos a la Luna para el año que viene, y espera que para 2020 ese destino “sea tan atractivo para las vacaciones como Alicante o Málaga”.

La salvación del paraíso virgen
En una sociedad que fabrica individuos permanente insatisfechos, en el imaginario colectivo se ha instalado la idea de que, a pesar de que nos estamos cargando el planeta, el trabajo es alienante, las amistades son superficiales y la vida está monetarizada, cuando llegan las vacaciones hay que trasladarse a una suerte de paraísos vírgenes donde se nos promete que todo va a ser diferente. Así, por ejemplo, Cuba aparece en los anuncios de Iberia, según denuncia Facua, como un lugar en el que “mulatas en bikini están las 24 horas al servicio de los turistas para bailarles, hacerles masajes, abanicarles y darles de comer y beber”. La publicidad, que ha conseguido que la gente no compre productos sino estilos de vida, hace que te creas que eres especial por llevar una camiseta de Tommy Hilfiger y que tu viaje va a ser algo único que nadie haya experimentado jamás. Pero la realidad es que todos los días ves a otra persona con la misma ropa que tú y que cuando te vas de safari fotográfico a Kenia los leones no te impresionan, porque ya los habías visto muchas veces en el National Geographic y no es para tanto.

Dos ideas aparentemente opuestas, el trabajo asalariado y las vacaciones, forman parte, como dos caras de la misma moneda, del mecanismo que hace girar la rueda del sistema de consumo. Por eso, no es de extrañar que, en lo que va de año, el crecimiento mundial del número de turistas haya aumentado un 5,8% respecto a 2006. Esto ya no hay quien lo pare. Nunca mejor dicho, porque, en una sociedad marcada por la velocidad, lo importante es llegar al destino, no detenerse en el viaje. Y, encima, a eso le llamamos descansar.

5 de jul. 2007

Cantautores de ceniza


Cantantes angustiosos De Jimmy Webb a Townes Van Zandt, varios cantautores que dejan el corazón hecho cachos.

Me duele arruinarles el desayuno, pero hoy vamos a ser tristes. Una tristeza de primer gatillazo, cuando nadie te ha contado aún que “eso le pasa a todo el mundo”. Tristeza de amistad que se parte en dos a lo cracker navideño americano, con un pif sordo. No, peor: Tristeza de amistad adolescente erosionada durante años, que se aguanta sólo por miedo a lo ajeno, como la que cuenta Jonathan Ames en su I pass like the night. Cuando entra esa tristeza, solo hay dos maneras de domeñarla: La primera es atontecerla con el pie de empezar la conga del jalisco, que ahí viene arreando, y adiós lágrimas. La segunda es ponerle cojines, acotxar-la bien y regodearse en ella, mirando por la ventana con una afectada muestra de spleenazo opiáceo. Para esta modalidad precisarán de un combustible adecuado, y para eso precisamente están los cantantes tristes. Algunos –ya lo verán- eran gente trágica que hacía canción feliz, así que lo que les apenará será su vida, su descenso en caída libre. Otros ponían el lamento en verso para que todos picáramos de él y nos lo lleváramos a nuestras habitaciones vacías.
En cualquier caso, pónganse cómodos y tengan los Kleenex a mano. No, para eso no; para lo otro.

Nababs del sollozo
El rey de la histeria llorona es Johnnie Ray, por supuesto. Dexys lo inmortalizaron en su Come on Eileen (“Pobre Johnnie Ray, sonaba triste en la radio, rompió millones de corazones en mono”) y Morrissey le lanzó un guiño cuando salió en el Top Of The Pops con un Sonotone en la oreja (Ray era parcialmente sordo). El Ray se emocionaba tanto con su propio sufrimiento que rompía a llorar en medio de sus canciones, desconsoladamente, catapultando el furor maternal-uterino de su audiencia a niveles estratosféricos. Nik Cohn argumentaba en Awopbopaloobop alopbamboom que Ray empezó todo el fenómeno de histeria fan en el pop. Se hizo millonario con sus contorsiones de agonía y, a pesar de eso, siempre fue infeliz. “No tengo ningún talento, y desafino como una grulla”, fue una de sus muchas declaraciones de autosatisfacción. Ray lloró, lloró, lloró hasta el final.
Al contrario que Ray, Jimmy Webb empezó optimista. Quiero decir: empezó pésimo (su madre murió cuando él tenía 16 años), pero por un tiempo parecía que se había repuesto. Todas esas canciones emocionantes de los 60’s, la mitad son suyas: Up, up and away para los 5th Dimension. MacArthur park para Richard Harris. Wichita Lineman para Glenn Campbell. Webb era un churrero de éxitos pop, y entonces, se nos apenó. Sus brillantes cinco LPs de los 70 son de mear y no echar gota, y luego trasvasar todo ese líquido a los lacrimales. Cada canción peor. Met her on a plane? Gilette en muñeca. If ships were made to sail? Horno de gas. Moon is a harsh mistress? Judy Collins dijo que era “la canción perfecta para tirarse por la ventana”. Cuando ya levantaba cabeza, una mujer le partió el corazón de tal forma que, en una entrevista reciente para la revista Mojo (¡30 años después!) aún se le llenaban los ojos de lágrimas, al pobre.
Townes Van Zandt era el cenizo que dijo que el “estar solo” de la gente y la “soledad” que él sufría eran dos situaciones tan distintas como “el estar sin un duro o el ser pobre”. Y que dijo: “No me veo teniendo una larga vida”. Y también: “No todas mis canciones son tristes; algunas son desesperadas”. Su vida lo explica: Caída de un balcón. Terapia de shock. Recuerdos de infancia borrados. Maníaco Depresivo. Sesiones de ruleta rusa. Borrachez perpetua. Éste es el hombre, al fin y al cabo, que resumió su filosofía de la vida en la canción Waitin’ around to die, que no hace falta traducir. Country-folk para no volver a reír.
El nombre de P.F. Sloan, como el de Webb, también aparece en cientos de éxitos pop de otros: el anti-guerra Eve of destruction de Barry McGuire, You baby para los Turtles, Secret agent man para Johnny Rivers... Sloan era el puente entre la tradición pop del Brill Building y el cantautor intimista de Laurel Canyon, y fabricaría temas para Jan & Dean, The Rip Chords, The Grassroots y más. Pero lo peor vino luego: Dunhill, su sello, mosqueado por el poco éxito comercial de sus dos álbumes de 1965 y 1966, inició una campaña de terror (él clama que le pusieron una bomba en el coche y una pistola en la nuca para que les regalara los derechos de sus canciones) que obligaría al trovador a retirarse. Ya se imaginan el resto: un tobogán de violencia capitalista del tipo “vivir con padres/lavar coches/teleoperador/homeless”. Y, de guinda, enfermedad (una deficiencia de glucosa en la sangre), catatonia, y paso final por tres psiquiátricos. La gran ironía llegó en 1970, cuando fregaba mesas en un bar y por la radio pusieron P.F. Sloan, la canción que le había dedicado Jimmy Webb. Gracias por nada, Dios; gracias por nada.
Y hay muchos más: Ya conocen a Nick Drake, el introvertido niño-rico que no estuvo contento un solo día de su vida, y acabó suicidándose. La vida de la heroinómana folkie californiana Judee Sill es más catastrófica que el libro del Apocalipsis. Lo de Chris Bell, ex-Big Star, es para no creerlo; después de pasar años en el mejor y menos exitoso grupo del planeta, Bell acabó (claro) heroinómano, se metió en una secta, se volvió MUY loco, grabó otro de los mejores discos de la historia (I am the Cosmos, que nadie escuchó hasta su reedición) y luego estrelló su coche contra un poste telefónico a unos metros de su casa, matándose. En cuanto a modernos, dos señores perpetuamente apenados son Damien Jurado (porque sufre de esquizofrenia y es católico de la rama “Dios vengativo”) y Mark Kozelek ex-Red House Painters (porque le da la gana, la verdad sea dicha). O sea que ya ven: Alegren la cara, que lo suyo –lo que sea- tiene solución.

Kiko Amat


(Este artículo apareció publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia de 27 de junio de 2007 en un formato distinto y con menos cantautores; esta versión es, por tanto, inédita)

Mose Alive!




MOSE ALLISON
Mose Alive!
Atlantic, 1965

Mose Allison va néixer a Tippo, al delta del Mississippi, l’any 1927. Fill d’un petit terratinent liberal que cultivava cotó, Allison va estar des de petit en contacte amb el blues rural de la comunitat negra. Al Delta no calia buscar molt; TOT el que rodejava el jove Mose era el blues. Aquell blues que mesclava la lamentació amb un esperit d’esperança eterna que impregnaria també el seu fill natural, el soul. El blues, no cal dir-ho, és música de supervivència però –al contrari que altres músiques de tradició europea– la seva dialèctica mai es limita a la queixa. Aquesta és la seva glòria. El blues, com a força positiva, està en constant recerca de solucions, de maneres de controlar la situació, de vèncer. I les eines per fer-ho acostumen a ser la ironia, el doble sentit, la desdramatització; tot el que ajudi a conservar la dignitat personal. Podran aixecar el fuet, però seguirem rient.

Mose Allison es va banyar en això. Si el blues és la base del seu estil, el jazz, però, va descobrir-li la “varietat tonal, la independència rítmica i una fonamental exhuberància en l’estil”. L’època en què va fer de trompetista a l’exèrcit l’acabaria transformant: “Era un fanàtic del bebop; el bebop era la meva creuada”. El noi de poble va tornar amb tupè, parlant amb slang hip i embotit en un vestit Zoot Suit. Pel camí havia descobert el món d’infinita elegància del jazz, l’arrogància suprema d’aquella música de violenta joia i autoafirmació, i l’havia feta seva. Si la ironia i l’estoicisme venien del country blues, del bebop agafaria la posa elegant, la fredor aerodinàmica modernista.
Mose Allison acabaria mudant-se a Nova York, treballaria amb Al Cohn i Zoot Sims en plena bohèmia de club, es faria un nom propi i fundaria els seus trios i quartets. Va gravar desenes de discs a diversos segells. Començà amb Prestige (l’època rural que va iniciar Back Country Suite el 1957), seguiria a Columbia i acabaria a Atlantic (de 1961 a 1976, l’època que potser el defineix millor). En aquest Celler els vull parlar d’un disc en concret d’aquesta etapa, però abans, una mica d’estil.
Estil
L’estil de Mose Allison no es pot comparar, perquè no té comparació. Tant si toca com si canta és inconfusible. Invariablement, a l’entrar en contacte amb la seva música, l’oient es troba en una situació de perplexitat (“¿Què coi és això?”) que deriva cap a la més extrema calma (“Les coses aniran bé”) i plaer terapèutic. Mose Allison canta d’una manera mig dialèctica, per la qual Patti Jones el definia com “un baríton estoic i conversacional”. La seva manera de frasejar és relaxada i natural, gens pretenciosa, sempre honesta (tres coses que, segons ell, li vénen directament de la cultura negra). Allison puntua tot això amb un piano dissonant i onomatopeic, empès per una estranya veu nasal que ho vernissa tot del flaire sardònic del hipster. Escoltar el seu rumboogie groove (la mescla de latin i boogie woogie que es troba a les seves cançons més famoses) és entrar en un opiaci contacte directe amb l’essència del cool: Baby Please Don’t Go, Seventh Son, Parchman Farm, Wildman on The Loose, Foolkiller... Ni te n’adones i ja estàs recolzat a una paret, fent petar els dits, aixecant una cella i adoptant la postura eterna de “Jo contra el món”.
Encara que Allison fa instantàniament seves les composicions dels altres, els temes propis resulten igualment genials. En ells hi ha tot el que és valuós a l’art de fer cançons: dobles sentits, ironia i humor (sense escarafalls; no ha de ser ridícul ni groller), pathos, emoció, ambivalència, intel·ligència i una magnífica economia de paraules. Les admeses influències no musicals de Mose Allison són Mark Twain, el poeta Kenneth Patchen, Kurt Vonnegut, Céline i les teories sobre l’art de R.G. Collingwood. En els seus “Càntics universals”, Allison parla en nom de la humanitat sencera, fent servir el principi que “si es pot aplicar a un mateix, es podrà aplicar als altres”. Mose Allison és, tanmateix, únic. Preguntin a Brian Auger, Georgie Fame (que n’era gairebé un imitador) o Pete Townshend dels Who, tots herois del R&B britànic de club mod. Tots ells li tenien autèntica devoció, com li tindran vostès també. A mi, Mose Allison m’ha acompanyat una vida sencera, i és la meva infal·lible medicina contra l’angoixa; al sentir-lo cantar, m’envaeix una sensació zen d’“ei, a prendre pel sac”. És l’àngel que em xiuxiueja a cau d’orella: “tot té solució”. I si no en té, anem a fer una cervesa.

El disc
Aquest és un Celler extrany. Vull dir, aquest possiblement no sigui el millor disc de Mose Allison (malgrat que la Patti Jones el defineixi com “l’estel polar” de l’estil moseià), però els hi recomano per dues raons. Primer, li tinc molta estima perquè és el primer que vaig escoltar. I segon, crec que ha de ser també la seva, d’introducció. Hi ha altres discos d’ell que he acabat adorant igual, però a tots he trobat que hi faltava aquella o aquesta cançó. Mose Alive! es va gravar en directe l’octubre de 1965 al club Lighthouse d’Hermosa Beach, Califòrnia. Al disc fan la Santíssima Trinitat Baby Please Don’t Go, Seventh Son i Parchman Farm. Tenen la meva cançó (i lletra) favorita d’Allison: I’m Smashed, inèdita en estudi quan va sortir el disc, un himne personal al tema clàssic: “Estaré fet una merda, però encara no m’he rendit”. Mose Alive! té també exemples del que podia fer l’artista amb estàndards d’altri (aquí pinta d’or el Since I Fell For You, el Love for Sale de Cole Porter i l’excepcional I Love the Life I Live de Willie Dixon; a altres discs convertia en peces pròpies cançons pop o swing com You’re a Sweetheart o Fool’s Paradise). I una curiositat vital: el directe els donarà una idea de com eren els cèlebres “sorollets” de Mose Allison. Admesos per gent com Al Kooper com una de les peculiaritats del seu estil, a Mose Allison se’l sent en solos o intervals no-vocals gemegant, taral·lejant, cantant amb sanglots i tos, de cop més fan que performer. Si volen enamorar-se de Mose Allison, doncs, aquesta és la primer carta d’amor que han de llegir. Després tenen tota una vida per fer-se companyia l’un a l’altre.
Kiko Amat
(Article publicat previament a la secció El Celler de la revista Benzina#16, juny de 2007)