4 d’abr. 2005

Diario de una entrevista en Mundo-Bosé

Miguel Bosé. El cantante presenta su nuevo disco “Velvetina” (Warner, ’05) con 13 videoclips distintos de diferentes realizadores.

Día 1: Recibo una llamada de La Vanguardia. ‘¿Te gustaría entrevistar a Miguel Bosé? Acaba de sacar un disco’, me dicen. Primero creo que lo he oído mal y me cruza por la cabeza lo que dijo el rapper Ice T cuando se enteró que Charlton Heston le había denunciado: “I thought he was dead”. Después recuerdo que hace poco me propusieron cubrir los tres días de recitales de Isabel Pantoja y decido que alguien me quiere mal. Sin embargo, acepto; qué remedio me queda.

Día 2: “Hagamos una lista para que parezca que estamos consiguiendo algo”, decía una canción de los Van Pelt. Así, decido hacer una lista de las cosas que sé de Miguel Bosé sin mirar nada en Google. Me sale algo parecido a esto:
a) Su padre era torero.
b) De joven fue una estrella juvenil con camiseta ceñida y peinado de Radio Cincinatti. Cantaba una canción que se llamaba “Superman” y que, desgraciadamente, no era la de R.E.M. (versión de los Clique), y mucho menos la de Astrud. Era otra distinta, y ahora que lo pienso, creo que se llamaba “Supermen”. En plural; como si fueran muchos.
c) El otro éxito de la etapa popstar era “Don Diablo”, con un estribillo que decía: “...un besito chiquitín con un swing”. Al igual que con “American pie” o “Whiter shade of pale” (dos temas famosos por sus letras sin sentido) nadie entendió nunca lo que eso quería decir. Pero estoy seguro que si escuchabas el disco al revés contenía mensajes satánicos.
d) Sobre esa misma época salió en Verano Azul cantando algo que decía: “Tu y yo, somos dos taxis parados en la misma puerta...”. No, no era él. Pero el que salió se le parecía mucho, y también llevaba aquel cabello de estar atrapado en un hangar de pruebas para cazas. Acabo de recordar el nombre: Iván.
e) Cambió de look a mitad de su carrera, mutando en algo que recuerdo como una mezcla de samurai neo-romántico y La Cuaresma. Fue en esa época cuando sacó los éxitos “Bandido” y “Sevilla”. Aquel verano de 1984 fue especialmente confuso; yo lo recuerdo con una angustia estilo víspera de Pearl Harbour.
Cuando me queda claro que no sé nada más de Miguel Bosé, rompo la lista y entro en Google.

Día 3: Warner me invita a ver los vídeos en su oficina de las Ramblas. Había imaginado el momento como una multitudinaria rueda de prensa, quizás influido por un artículo de Jordi Costa sobre Alejandro Sanz publicado en este mismo suplemento. Al cabo de un nanosegundo de haber entrado, queda claro que no va a ser así. Veo los videos solo, con la única compañía de un oficinista de la discográfica y unos cuantos posters de Madonna y Phil Collins. Sentado allí, viendo pasar video tras video a vertiginosa velocidad, me siento como el Ozzymandias de Watchmen ante sus 40 pantallas de TV; la diferencia es que al terminar, yo no habré captado una idea de qué es el mundo, sino una idea de qué es Bosé.

Día 4: Sólo queda un día para hablar con él y está claro que me equivocaba en el punto anterior; aún no sé quién es Bosé. Sé que, como las estatuas de la isla de Pascua, siempre ha estado allí. Me resulta imposible imaginar un mundo Bosé-less, pues su persona siempre ha estado entrando y saliendo de los balcones del espectáculo. Desde mi punto de vista, Bosé es omnisciente y omnipresente, y forma parte del imaginario popular (dirigiendo su carrera con precisión, espolvoreándola con efectismos para asegurarse una permanencia constante en el boca-a-boca) de una manera que pocos artistas han conseguido. Sin embargo, empieza a quedarme claro que la calculada selectivización de su público no se ha efectuado sin una pérdida traumática de fans. Gente a la que le traen al fresco las modernidades del nuevo Bosé, sus guiños profundos (menciones a Kavafis, imágenes futuristas), gente que respondería con un “¿Ah, pero se había ido?” a la afirmación de que Bosé ha vuelto. Por supuesto estoy elucubrando y –ahora que lo pienso- ignoro si Bosé tiene fans aún. No me refiero a gente que le tolere en MTV Latino, sino fans de verdad; seres humanos que compren sus discos y lleven sus camisetas. Si no los hay, y a Bosé tampoco se le acepta en las esferas de lo cool, habremos de deducir que hay una razón: su pasado. Bosé quiere ser Michael Stipe, pero carece de sus raíces. Stipe grababa discos de pop independiente con R.E.M. en 1983, fecha en que sacaron “Murmur”. Bosé, por otra parte, cantaba “Bandido”. Y la gente, mezquina como es, no olvida.

Día 5: La llamada se retrasa. ¿Confundimos las horas? Pierdo la esperanza. Me digo que ya llamarán más tarde y me voy a afeitar ¿Lo adivinan? En efecto: Cuando tengo la cara llena de espuma suena el teléfono. Es Miguel Bosé y yo no quiero hacerme el gracioso, pero le cuento lo de la espuma; por si se me resbala el auricular, o algo. Bosé no se rie nada, aunque ofrece llamar más tarde. Misericordia, que diría Charlie Brown.
Durante la entrevista, Bosé utiliza un lenguaje semi-poético, lleno de metáforas kitsch y conceptos más grandes que el hombre: “inmortalidad guiada”, “territorio sonoro”, “procesos creativos”. Compara sus etapas pasadas con “manos de pintura” y el batiburrillo de videoclips con “una barra de labios y una sombra para resaltar las facciones”. En general, habla un lenguaje que me es familiar: el lenguaje del tipo al que han entrevistado cien veces aquel mismo día. No ofrece demasiadas pistas sobre sí mismo, redirige cualquier deriva conversacional hacia EL TEMA (“Eso es culpa del mercado. Pero estamos hablando de mí”, espeta cuando le comento sobre la gran cantidad de bazofia abyecta que satura el mercado musical) y, en fín, no es alguien muy fascinante de entrevistar. Qué quieren que les diga. Es educado, articulado y –como tantos otros artistas de su talla- vive en un mundo Bosé-céntrico. Y eso ocasiona un tremendo handicap profesional para cualquier periodista que no esté especialmente interesado en Mundo-Bosé.
Así, la entrevista termina y aún no tengo la menor idea de quién o qué es Bosé. Solo en un instante Bosé baja del atrio, y es cuando le comento la pauta global que sigue la industria hacia las letras con temática social. Me perdonarán si transcribo la conversación íntegra.
Bosé: Hay quien quiere ser proselitista y panfletario y hay quien prefiere reflejar sus inquietudes sin politizarlas.
Yo: En este país a la gente le cuesta mucho definirse políticamente. Por ejemplo, ¿en qué lugar del espectro político te sitúas tú?
B: Eres el único español que no se ha enterado. ¿De qué año eres?
Yo: (azorado) Del ’71.
B: Te lo cuento porque eres muy joven. Soy socialista de toda la vida.
Yo: ¿Socialista del PSOE o socialista de siempre?
B: (Confuso) ¿Qué quieres decir?
Yo: (tartamudeando) S-Socialista de la definición original o socialdemócrata.
B: Socialista de Felipe González.
Yo: ¿Cómo has pasado estos años bajo el régimen de Aznar? Lleno de rabia, imagino.
B: No, con sopor. La rabia es agotadora.


ALGUNOS VIDEOCLIPS
En Warner repiten varias veces la palabra “transgresor”, preparándome para lo que se supone será una experiencia escalofriante. Imagino coprofagia, pedofilia y terrorismo islámico, y me equivoco; como suele pasar en estos casos, no había nada que temer.
Ojalá ojalá”: Conseguida estética futurista-Pravda, inocente demanda social (“...ojalá que la vida sea justa”) y mezcla de idiomas a lo Neolengua de Orwell. Música techno étnica retumbante.
May day”: Imagen de video 80’s (aquellos clips tan divertidos con plastilina y efectos), y Bosé con cuerpo de títere. Menciones transversales a artistas de culto. Música que parece una resurrección contra-natura de La Unión y Olé-Olé.
Ella dijo no”: Se me apunta que es el más transgresor. En realidad es blandengue soft-porn lésbico en el escenario de Wah-Wah, mi tienda de discos favorita en Barcelona. ¿Es que ya no hay nada sagrado?
No se trata de”: Inquietante despliegue de imágenes del artista como hombre sencillo, barriendo un piso y tumbado en la cama, canturreando. Podría ser una reflexión sobre la vida cotidiana, pero no estoy muy seguro.
Paro el horizonte”: Paisajes amazónicos a lo Enya y balada trip-hop-new age, contrapicados de National Geographic y de película de Amenábar. Mensaje difuso otra vez, pero apuesto a que se trata de una tímida reivindicación ecologista en plan Sting.
La tropa del rey”: Grandioso clip lleno de imágenes años 30, estadísticas, embriones, tanques y serpentinas. Constante bombardeo y movimiento, espléndidos montajes. Cuando termina, me doy cuenta de que no me he fijado en la canción; me doy cuenta también de que se trata precisamente de eso.
De la mano de Dios”: Cuando en la serie inglesa The Office deciden hacer mofa de un video ochentas a lo Glenn Medeiros sale precisamente lo que en éste. Todo blanco, cortinas que ondean al viento, playa lejana, sábanas revueltas, artista descalzo y en camisa holgada. Si cierro los ojos me parece ver a David Brent con rimel cantando “If you don’t know me by now”.
Kiko Amat

(Artículo aparecido anteriormente en el suplemento Cultura/S de La vanguardia)