Visca la gent. M’estimo els homes. Mira els nens com juguen, i la gent gran com parla, i el sol canta i els ocells brillen.
- Vas borratxo?
Qui pregunta és la meva dona. Ens acabem de beure una ampolla de vi blanc per dinar. A ella no se li nota, perquè té el saque del WC Fields i el Dean Martin (junts) però jo porto la xispa de la vida. La de veritat, no la de la porqueria de la Coca-Cola.
- Borratxo? -pregunto, mirant-la a ella i al meu fill, que llepa un crostó de pa a la cadireta. El que he dit és: Forrrratxo?
- Només estimes la gent quan vas tajat -diu, i demana el compte fent que autografia l’aire-. Fa dos dies deies que els humans eren un càncer amb mitjons.
Ric amb els ulls tancats, i llençant el cap enrere com un dispensador de caramels Pez. Té raó, però a mitges. De vegades bec i sóc Sant Francesc d’Assis enmig dels mortals: Hola Germana Rata, i tota la pesca. Estimant la humanitat. Viva la gente, la hay donde quiera que vas.
Però de vegades, de vegades, bec i sóc el Führer. Però no el Führer que va conquerir Europa com qui passeja per un minigolf; sóc el Führer del bunker, acorralat i ressentit i al·lucinantment sonat.
I el més fort és que la línia entre els dos, beat i botxí, és fina com un full de calcar.
- Tu veus com crida el fill de la gran puta de la taula del costat? -dic de sobte, posant moltes efes a les paraules, com si dugués la sabata del Fofito a la boca-. Jo, crido així?
La meva dona, que té la pell d’un capellà dublinès i celles de bebè i un pebeter de cabell, com si hagués cobrat vida el monument de Plaça Espanya, em contesta, divertida:
- Ara mateix, sí. Estàs xisclant.
- Això és perquè vaig taja- contesto, fent un gest de Bah! amb la mà, com espantant una abella imaginària- Si vas taja no compta. Res del que fas: Insultar la sogra. Caure per les escales. Tallar amb la nòvia. Morrejar-te amb monstres marins.
Ric. Hi-hi. Ja se m’ha oblidat que odiava la taula del costat. És així de fina, la línia. Torno a estimar el món i perdono els meus enemics. No, això seria fer-ne un gra massa: esclafaré els meus enemics. Però no ara, perquè vull un patxarán.
- Camarero!- crido.
Però he dit Jamaredro, així que és possible que no vingui.
Kiko Amat
(Emès originalment a COM Ràdio a l'agost, com a part de la meva sèrie mensual de 30 capítols Vacances Mentals; la entrega Visca la Gent era la #10)
2 de set. 2008
Paseos de un rebelde irlandés
Brendan Behan era un escritor de los de antes: borracho y orgulloso, pisando cascos rotos, aplastando a sus enemigos y llorando a gritos en pubs. Como Bukowski años después, Brendan fue un feroz detractor de la universidad y autodidacta-por-narices, pasó por infinidad de trabajos pútridos, cumplió condena por haber sido miembro del IRA (experiencia que narró en su imprescindible Borstal Boy) y puso en práctica a la menor ocasión la máxima irlandesa “Is fearr an timreas ná an tuaigneas”: “Es mejor pelearse que estar solo”.
Con todo, aquel bestia mezcla de Jack La Motta y La Cosa era todo corazón y, cuando amaba, amaba como aman los tíos apasionados: con todas sus fuerzas. Mi nueva York es, en general, una declaración de amor. El amor de un hombre por una ciudad, de la que el autor nos dice sólo empezar: “No me da miedo reconocer que Nueva York es la mejor ciudad que existe sobre la faz de la tierra”. El libro, publicado originalmente como Brendan Behan’s New York en 1964, es una crónica de viaje: Behan deambulando, conversando con camareros, alcohólicos, cómicos y taxistas, barrio a barrio. Pero, a la vez, su periplo es la excusa para reflexionar sobre multitud de temas: Los beatniks (“No me importa que la gente busque trabajo, pero el trabajo que quieren los beatniks es el mío”), su condición de escritor (“No soy sacerdote sino pecador. No soy psiquiatra sino neurótico. Mis neurosis son las herramientas con las que me gano la vida. Si me curase, tendría que volver a pintar casas”) o, qué caramba, la vida (“Lo más importante en este mundo es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera”). Y Nueva York, claro. Lleno de wit, anécdotas, máximas, ilustraciones bonitas (de Paul Hogarth) y humor, Mi Nueva York nos ilumina tanto sobre la urbe como sobre aquel irlandés con porte de luchador de wrestling que la conoció. Y es un paseo inolvidable por ambos.
Kiko Amat
Mi Nueva York
Brendan Behan
Marbot Ediciones
177 págs
(Artículo originalmente publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 30 de julio de 2008)
1 de set. 2008
Project Shitjob VII
El Project Shitjob sigue, por razones obvias, en buena forma. Demasiada gente talentosa desperdiciando sus vidas en ocupaciones consume-tiempo de mierda. Os dejo con una última muestra llegada a nuestra redacción por parte de unos de nuestros más queridos colaboradores, Carlos Alonso (plas, plas), actualmente ejerciendo de joven jubilado en la otra punta del planeta y que, como no podía ser de otra forma, nos manda un insipirado texto que le ha quedado (si) demasiado largo. ¡Larga vida al Project Shitjob! U.
Steve Kurz, la cabeza pensante detrás del grupo Krisis, repitió en una entrevista hasta cuatro veces que el Trabajo no es sólo una categoría puramente empírica y a ser considerada en un frasco cerrado, así como hicieron los artífices del grueso de la teoría marxista. ¡Noor! Nada de eso. El Trabajo es una maldición cósmica que no puede permanecer en ninguna ecuación que reformule de cualquier forma nuestra organización social. El trabajo trasciende lo puramente material y, por ello, como cualquier forma de Fe o religión, debe rechazarse de plano. El trabajo es una pena que afecta el alma tanto como el desamor o la morriña dominguera. Es, como grita el cantante de Boston mientras le practican una torsión testicular: ¡mooore than a feeeelingg!
Poniéndonos más didácticos, y para que se me entienda –porque en realidad un servidor es muy materialista-, el trabajo es una noción cultural y antropológica.
Los indios, como explica Fray Bartolomé de las Casas (a quien me imagino todo el día llevándose las manos a la cabeza y arrancándose el pelo alrededor de la tonsura), no trabajaron nunca porque, como el Baloo de Kipling, le pegaban un caderazo a un platanero y caía un racimo. Tampoco pasaban frío, así que el textil, pues qué les cuento: ni inventado, a excepción de un algodón trenzado muy rudimentario, un poco como los souvenires guatemaltecos de las tiendas de comercio justo. De modo que ¿para qué cojones iban a trabajar entonces todos aquellos hombres que, de tan felices, ni siquiera les preocupaba su felicidad?
Lo del trabajo llegó después, cuando el hombre blanco llegó con una idea de ámbito moral más bien absurda: no está bien que uno pase el día estirado tocándose los huevos o dándole al fornicio. ¡¡Vaya usted a saber por qué podría ser malo disfrutar de la vida toda la parte del tiempo en que no se recogen los frutos de la tierra!! De hecho, los cristianos nunca ofrecieron una explicación satisfactoria para justificar esta imposición cultural… aparte del cuento necio de la cigarra y la hormiga, que como Rafael Azcona, todos preferimos imaginar con un final diferente: la hormiga presa por acaparar y especular con alimentos, que son, como bien sabrán ustedes, un bien común que ninguna hormiga tiene derecho a usar de forma exclusiva.
Pero estos trazos explicativos, que he ordenado y sistematizado muy recientemente, han llegado a mis entendederas más bien tarde. He perdido mucho tiempo hasta llegar aquí. Para escapar de la maldición del trabajo me han hecho falta más de quince años. Y hubo un tiempo en que yo también pensé que iba a “realizarme” de esta manera, en concreto, echándole las horas más vitales y enérgicas de mi existencia al proceso de acumulación de plusvalías de un conglomerado de capital vasco-catalán. Hasta peleé porque me promocionasen, imagínense qué imbécil. Pero aún más impresionante que mi necedad fue la naturaleza de mi primer empleo, que no busqué hasta terminar de autoembrutecerme en la universidad. La tardanza a la hora de trabajar –no lo hice hasta los 24- podría considerarse ahora una avanzadilla fáctica muy espontánea de lo que mi ideología barruntaría después.
Antes del shitjob que tarde o temprano aparecerá en este escrito (¡relájense, editores míos, déjense llevar!), permítanme aclararles que mis primeras experiencias en el mundo laboral fueron justamente en dirección contraria al tema que aquí nos ocupa: primero me dediqué a rechazar empleos. ¿Qué les parece? ¡No! ¡Por favor! No me tomen por un pequeñoburgés exigente (así lo sea). Lo entenderán perfectamente cuando lean la conversación siguiente, que mantuve con este mismo esquema hasta en cinco ocasiones:
-Pues el lunes, si quiere, puede comenzar…
-¿¡El lunes ya!? Eee, vale, y las condiciones…
-Pues trabajarás primero bajo supervisión de un abogado. Si le gustas, a los seis meses empezaremos a pagarte cincuenta mil pesetas. Trabajamos todos los días de ocho de la mañana a siete de la tarde, y la hora y media de comer al final casi siempre la echamos en faena porque no damos abasto. Los sábados por la mañana hacemos de ocho a dos. Al cabo de un año, te revisaremos las condiciones y si aún nos gustas, empezaremos a pagarte ochenta mil pesetas.
Llámenme temerario, pues la coyuntura a mediados de los noventa no era precisamente de pleno empleo, y mis arcas se nutrían de una semanada paterna cada vez más mermada por la inflación, pero el caso es que las cinco veces que me plantearon convertirme gratuitamente en el efebo de un picapleitos, una vocecita en mi interior dijo:
-A tomar por culo.
Y la vocecita en mi exterior, dijo:
-Bueno, si acaso ya les llamaré esta tarde o algo, mientras tanto me lo voy pensando ¿La puerta está allí, verdad?
Y nunca llamé. Y es que, como canta el eslogan de aquel almacén de electrónica, yo no soy tonto.
Después de estas experiencias traumáticas, cuando ya estaba empezando a plantearme trajinar profesionalmente tabletitas de costo, conseguí un curro de mierda llevando papelajos de compra-ventas de pisos a notarios y al registro de la propiedad con mi amoto de cincuenta centímetros cúbicos. Mi sueldo como mensajero jurídico en la antigua Bétulo fue de cuarenta mil chuflas al mes por cuatro horas diarias. Lo mejor de todo: empezaba a trabajar a las diez de la mañana. Mis dueños eran ¡dos policías! que para no aburrirse en sus horas libres habían montado una asesoría inmobiliaria en el marco incomparable de San Roque Sur-Mère, junto al mercadillo gitano bajo la autopista.
Uno de los dos cerdos, el que se dedicaba a enseñar pisos, era un hijodeputa mentiroso y necio con una actitud imbécil tan sumamente perfeccionada que todavía hoy me gustaría ver colgado de lo alto de un olmo con la lengua afuera. Cada mañana entraba en la oficina y, después de mirarle el culo a una canquita que atendía el teléfono y guiñarme un ojo en plan ¿qué, qué te parece ese trozo de carne?, repetía la misma frase fúnebre, una expresión radical de todo el mal que hoy asola el mundo:
-Vamos a ver si hoy trincamos algo de pasta.
Y entonces hacía un gesto muy similar al “pull de strings” de Bela Lugosi.
Lo mejor de aquel trabajo fue la compañía. La canquita Raquel y el captador Rufino –un captador, en la jerga del gremio, es el que se pasea por la calle intentando hallar pisos en venta (hoy en día, con el mercado tan hipersaturado, se dedican exclusivamente al mobbing) -, con los cuales gastaba media mañana “fent petar la xerrada”, o en español latinoamericano, “platicando sabrosito” frente a un café espumoso y unos cruasanes. Nunca he vuelto a desayunar tanto y tan largamente. En esa época empecé a desarrollar estas lorzas abdominales.
Los policías vendían tan pocos pisos que, sin caer en la nostalgia, hoy podría decirse que, por lo que a mí respecta, el primer trabajo remunerado que tuve consistió en tocarme los huevos la mayor parte del tiempo, como los indios que tan bien supo comprender Fray Bartolomé. He ido perfeccionando esta actividad a lo largo de mis tres empleos posteriores y, en el presente, desempleado, jubilado temporalmente hasta que se me acaben los ahorros, constituye toda mi disciplina vital, el quid de mi equilibrio mental y el motivo por el cual ya no hay odio en mi corazón. Y disculpen el rebuzno zen.
Fin
29 d’ag. 2008
Project Shitjob VI
Yo también he tenido un trabajo horrible. Uno monstruosamente horrible. El mejor --el más feliz, te lo adelanto-- fue cuando me disfracé de oso panda como parte de una campaña publicitaria de Telefónica. Y así, en los pasillos de un supermercado, yo iba repartiendo dulces mientras los niños me pegaban patadas en las canillas. Es que aunque la conexión a internet de Telefónica sea horrenda, no hay como las sonrisas.
Pero el peor de los peores --a fin de cuentas de eso se trata esto-- fue en un diario. En Chile. En Santiago. En las páginas de espectáculos. Horrendo. Sencillamente horrendo. Como que te pille la policía en China. Pero pongamos ejemplos: viernes, once de la noche y uno tomando un taxi para ir a la sala de conferencias de un hotel. El motivo: un desfile de modas. Muy bien. Y a las doce y algo de esa misma noche, otro taxi para volver a la redacción. Entonces, en ese lugar, entremedio de cubículos bicolores, estaba ella, una jefa sicopática y sólo compasiva con las lesbianas obesas, una mujer obsesionada con las luces que me preguntaba cosas como: "¿y desfiló Xxx? ¿o Ppp? ¿Fue Nnn con Zzz? Todas esas letras, claro, las pueden cambiar por nombres de gente famosa --ok, modelos y actrices de tevé-- que yo debía conocer y que, por supuesto, no había visto en mi vida.
Todo esto resulta muy aburrido, querido Uri --a todo esto, saluda a Kiko, por favor, dile que con mi novia amamos sus libros--, básicamente porque los personajes de la revista Hola en España y Chile no son los mismos. Pero podemos intentarlo. Digo, hacer una convalidación. Entonces mi día --que empezaba a las 10 AM y terminaba a las 2 AM, saquen las cuentas-- se limitaba a seguir, durante una tarde, a Nuria Bermúdez y después, en la noche, a ir a pararse afuera de la casa de Yola Berrocal mientras uno veía desfilar a los futbolistas. Y yo, claro, tampoco los conocía y, para peor, al final del día estaba ella, la lesbiana que odiaba --esto es real, peligroso, de otro mundo-- al mundo. Hubo noches en que el manager de, no sé, Marta Sánchez se me acercaba y me invitaba a visitarla al camarín. O tardes eternas en que un humorista jubilado y adicto a la cocaína se me acercaba y me conversaba mientras yo, claro, sólo pensaba en mi chica y en llegar a casa.
Ese era un curro horrible, Uri.
Pero el horror de verdad, ya sabes, a veces es incomunicable y escribiéndolo se gana poco.
Ahora, para ser fiel a la verdad, todos los trabajos terminan siendo iguales.
Pero no tanto.
Ojalá que no haya tenido muchas faltas de ortografía.
Saludos modernos,
g. maier
27 d’ag. 2008
Project Shitjob V
1 d’ag. 2008
Project Shitjob IV
Esther F. (espero no tenga nada que ver con Cristina F.) nos manda un link a su blog, en el que también se trata el tema del trabajo… Leed lo que tiene que decir aquí.
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