16 de jul. 2008

Vaneigem: Manual de rebelión cotidiana


Ensayo La didáctica y febril obra situacionista de Raoul Vaneigem es reeditada coincidiendo con el aniversario de Mayo del 68

Como todo grupo de vanguardia político-artística que se precie, la Internacional Situacionista estuvo durante toda su existencia sacudida por continuas purgas y cismas ahora-ya-no-te-estoy-porque-eres-un-reaccionario. Semi-olvidados co-starring en los hechos del 68, los situacionistas se las arreglaron sin embargo para dejar a su calcinado paso un cuerpo teórico sin parangón cuyo cenit serían las dos obras mayores de sus figuras clave: Guy Debord y Raoul Vaneigem.
Debord, por un lado, era un guerrero nihilístico-marxista tan fascinante y apasionado como algo imbécil, en el sentido menos médico de la palabra: un señor con una exagerada concepción de su propia importancia en el planeta Tierra, dado a las rencillitas más infantiles en el seno de la IS, y plagado de contradicciones insalvables. Debord quería educar al proletariado en vistas a la revolución, y para ello escribió un libro (La Sociedad del Espectáculo) que sólo comprendieron seis profesores de filosofía en todo el mundo. Y digo comprender en su totalidad, no citar frases para hacerse el enterado en columnas. Debord justificó el cripticismo de aquella obra con el argumento de que así los catedráticos no serían capaces de analizarlo. Descuidó un pequeño detalle; no podrían analizarlo ni los catedráticos ni nadie.

En el otro extremo está Raoul Vaneigem, un poeta belga con alarmante carencia de barbilla que ingresó en la IS en 1961, a instancias de Henri Lefebvre (entonces aún no demonizado). Vaneigem aguantó como miembro una década (sobreviviendo incluso a la “purificación” de 1962, cuando la IS pasó de la “fase artística” a la “fase política” y se descabezó a Jörgen Nash, Pinot-Galizio y otros), y acabó articulando el ethos situacionista en el Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, un libro que expresaba de manera poética y comprensible la idea de una revolución basada en el deseo, la intensidad, el juego y el vivir sin horas muertas, sin dueño. El libro de Vaneigem, como dijo Andrew Hussey, “estaba lleno de alusión, intimidad, era sinuoso y emocional”; o sea, que era todo lo contrario que el indigesto panfleto Debordiano. Vaneigem se basó en Lautréamont, Céline, Artaud y Vaché, pero a la vez en el terrorista Ravachol, el anarquista Max Stirner y las nuevas subculturas de delincuencia pop: Bloussons noirs, mods y rockers. Vaneigem veía en ellos a un nuevo proletariado, y les comparaba a Dada: “El mismo desprecio por el arte y por los valores burgueses, el mismo rechazo de las ideologías, la misma voluntad de vivir. La misma ignorancia de la historia, la misma rebeldía indumentaria, la misma ausencia de táctica”.

En el Tratado... se dicen también frases como la mil veces citada: “Los que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y de positivo en el rechazo de las obligaciones, tienen un cadáver en la boca”. Si escuchan esto en el recitado que finaliza la canción The story of the blues Pt.2 del grupo inglés Wah! y no se les pone toda la piel de gallina... Bien, algo les pasa.

Hay más cosas que hacen de Vaneigem un tipo adorable. Cuando en 1968 el poderoso Sindicato de Escritores francés le envió una carta invitándole a afiliarse, el bueno de Vani les contestó así: “Pedazos de mierda, costras mohosas de letrina intelectual, putos gilipollas, el olor de vuestra propia descomposición os debe haber afectado la cabeza para creer que un situacionista podría unirse a vuestra pandillita de mierda”. Tanto intelectual como emocionalmente, Vaneigem era para Debord la única amenaza real de cara al liderazgo de la IS. De modo que -¿lo adivinan?- fue expulsado en noviembre de 1971 por “cobarde”, acusado de haber estado “de vacaciones” durante el levantamiento de Mayo del 68. Vaneigem continua hoy manifestando su perplejidad por aquella purga.

Anagrama aprovecha el aniversario de la revolución del 68 para reeditar esta gran obra situacionista con nuevo prólogo del autor. Quizás no fuese tan indispensable para los hechos de mayo del 68 como los situs deseaban hacernos creer, pero continúa siendo la mejor opción para todos aquellos que desean superar la paralítica retórica del marxismo convencional sin por ello claudicar postmodernamente ni acatar sin chistar la opción actual.
Kiko Amat


Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones
Raoul Vaneigem
Anagrama
304 págs.

9 de jul. 2008

Las incongruencias del nacionalismo lingüístico español en el manifiesto por la lengua común

Recorto y pego de Libro de Notas el comentario más lúcido que hasta ahora hemos leído (y en castellano) sobre la obsesión neo-con castiza con la supuesta persecución del castellano. Muchas cosas podría añadir yo sobre el tema pero es que me hierve demasiado la sangre: ya hablaremos otro día sobre el hecho irrefutable de que las lenguas más minoritarias de esta península estuvieron PROHIBIDAS en su día y de que la gran mayoría de nuestros abuelos no saben ni escribir en un idioma que es el SUYO (ni oficialmente ni polladas de esas, EL QUE APRENDIERON EN CASA DE SUS PROPIOS PADRES). U.

Por Xoán Carlos Lagares

La verdad es que no quería decir nada al respecto, que estos debates lingüísticos los arma el diablo y ya me veo siendo vilipendiado en plaza pública, acusado de traición y felonía (sic), de enemigo de la concordia y de separatista. Pero es que me tiran de la lengua cuando me tiran la lengua común a la cara. Me he leído, de noche, a unos diez mil kilómetros de distancia, de un tirón y sin aliento, el manifiesto en defensa del español producido por un puñado de reputados intelectuales, y aún no me lo creo. No sé si estoy indignado o si se trata de simple y vulgar decepción.

Es como si un pequeño grupo de intelectuales hubiera decidido salir por la tangente, queriendo reventar los resortes de cualquier acuerdo posible en materia lingüística en España. Decir que las ideas formuladas son simplistas y están mal expresadas es quedarse corto, ante lo que parece un ejercicio mediocre de estilo, más propio de hooligans en estado de común excitación que de sesudos intelectuales.

Los autores empiezan reconociendo su preocupación por la situación institucional del idioma castellano en nuestro país en los últimos años. Con esa afirmación encuadran la cuestión en el ámbito de la política lingüística, pues su desazón no procede de una situación social desfavorable para la lengua que se han propuesto defender (la suya, claro), sino de su reconocimiento oficial en el actual marco jurídico. Según sus propias palabras, el idioma goza de una “pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por el chino y por el inglés”. Imaginamos que el término “pujanza” hace referencia al número total de hablantes, porque todo el mundo sabe que la situación del chino es muy diferente de la del inglés. La elección de los adjetivos “envidiable” y “creciente” para modificar, calificándolo, al sustantivo “pujanza” merecería un concienzudo análisis psicoanalítico, pero no seré yo quien lo haga en estas pocas y mal trazadas líneas, dada mi ignorancia abisal en esa materia. De cualquier modo, está lanzado el guante para quien quiera recogerlo.

Pero eso no es nada. Lo para mí escandaloso es la torpeza con que los argumentos utilizados se contradicen entre sí y, al mismo tiempo, la disparidad entre estos y las propuestas que más adelante se dirigen a la consideración del Parlamento español.
Veamos. La primera premisa afirma sin rubor que todas las lenguas de España son oficiales, patrimonio cultural compartido y objeto de protección, pero que sólo una de ellas, el castellano, “es oficial en todo el *territorio* nacional” (la cursiva, la negrita y el subrayado son míos). El texto reconoce haber aquí una asimetría legal (aquí el subrayado es de ellos), que no supone ninguna injusticia (y colocan una interrogación, que imagino que quiere decir que les sorprende, o mejor, los deja confusos, como a la espera de explicaciones, que eso le pueda parecer injusto a alguien). Esa asimetría, al cabo, no hace sino elevar el castellano, que es común, a la categoría de lengua política (este subrayado también es de ellos).

Lo que tan confusamente se expone aquí, si se me permite la exégesis, es que al castellano se le aplica en el marco legal español lo que en términos de política lingüística se llama “principio de territorialidad”. Eso quiere decir que se tiene en cuenta el territorio, en este caso, toda España, para reconocer el derecho al beneficio de servicios públicos en castellano, que se considera lengua prioritaria. De ahí que sólo ella goce “del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen”.

Los términos “común” y “oficial” son usados todo el tiempo indistintamente, como si fueran sinónimos. Ese uso se basa en una creencia, un acto de fe, que consiste en entender que el castellano es lengua oficial por ser lengua común. A mí, que no soy intelectual ni nada y que me tropiezo en las palabras cada vez que me acerco a un teclado, me parece humildemente que lo razonable, lo no fundamentalista, sea cual sea la consecuencia última que extraigamos de ese hecho, es entender esa relación al contrario, el castellano es lengua común por ser lengua oficial. Lo otro supone atribuir mágicas cualidades unionistas a una lengua, provocadoras de espontáneas y libérrimas adhesiones, lo cual constituye, como mínimo, una falsedad histórica, un mito ideológico.

La situación política de las otras lenguas de España es algo más ambigua, una especie de “principio de personalidad” restringido (como dice Ninyoles, perdón), pues se le garantizan al hablante de gallego, catalán y vasco determinados servicios en su lengua. Ese “principio de personalidad” está limitado a las respectivas comunidades autónomas, donde de cualquier modo esas lenguas no son prioritarias, al no contemplarse en la Constitución Española el deber de que todos las conozcan. La cooficialidad sitúa las lenguas autonómicas un paso atrás de la oficialidad.

En relación con esto, la segunda premisa es realmente graciosa, porque afirma que son los ciudadanos los que tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni las lenguas. Una clamorosa obviedad que hasta da vergüenza repetir, aunque últimamente se utilice como si fuera el GRAN ARGUMENTO contra las lenguas periféricas de las Españas. Ni el más cretino de los nacionalistas pretende que se le reconozcan derechos lingüísticos a las montañas, cabos, valles o ríos del territorio que reconoce como propio (aunque sí defienda los nombres que les han dado sus habitantes). También todo el mundo sabe, creo yo, que las lenguas no son objetos materiales, ni seres vivos que puedan venir un día a reclamar sus derechos. Pero es que, como se reconoce sin ambigüedades en la primera premisa del manifiesto, los hablantes ejercen sus derechos, precisamente, EN UN TERRITORIO, y, por tratarse de un instrumento social de comunicación, los ejercen en conjunto con otros hablantes (con los cuales ellos pretenden hablar, es obvio). ¿En qué quedamos? ¿No decían que era el castellano la lengua “oficial en todo el territorio nacional”? Entiéndase bien, TERRITORIO y NACIONAL.

La continuación del razonamiento es simplemente grouchesca, del tipo “la primera parte de la parte contratante, etc.” Los hablantes de las lenguas cooficiales tienen derecho a recibir educación en sus lenguas, pero estas, las lenguas, no tienen derecho a conseguir “coactivamente” hablantes, las muy cabronas, ni a ser prioritarias en la educación, lo que sería un “atropello”, porque la prioridad en todo el *territorio nacional* (sí, la negrita, la cursiva y el subrayado son míos) es del español. Se entiende, claro está, que no “coactivamente”, sino por la gracia de Dios. Según los manifestantes, no se debe adjetivar, ni atribuir acciones ni derechos a las lenguas cooficiales, tal como procede de forma irracional el nacionalismo periférico, pero no hay ningún problema por hacer eso con el castellano, que es crecientemente pujante, además de común y político.

La tercera premisa, y trato de acelerar, que esto se prolonga demasiado, dice que es encomiable que en las comunidades bilingües los ciudadanos sean bilingües (¡viva el razonamiento marxiano!), pero que eso debe ser alentado y no impuesto, pues es “lógico” que los monolingües en castellano quieran conocer de la lengua autonómica sólo “lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella”. Como se puede comprobar, la posibilidad de ser “cortés” y de “disfrutar de las manifestaciones culturales” es prerrogativa exclusiva de los monolingües en castellano, que pueden, si quieren, tener la deferencia de conocer algo de la lengua de sus conciudadanos. Luego se reconoce sutilmente, sin decirlo, la existencia de coacciones económicas para el uso del español, cuyo desconocimiento, “daña especialmente las posibilidades laborales o sociales de los más desfavorecidos”. Pero eso no es abusivo, según los intelectuales firmantes, sino todo lo contrario.

Premisa cuatro. El generoso apartado tres del artículo tercero de la Constitución Española, “las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”, ya se ha cumplido. La luminosa y democrática propuesta es que se acaben el respeto y la protección, y que se abra la veda.

Las propuestas a que conducen tales premisas son las siguientes:

1) El castellano es común y oficial en todo el territorio nacional (¿pero eso no era la premisa, como puede ser también la propuesta?, ¿no era eso lo que ya decía la Constitución? ¿Qué puede hacer el Parlamento, subrayar con tinta fosforescente ese artículo de la Carta Magna?).

2) Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero NUNCA COMO LENGUA VEHICULAR EXCLUSIVA O PRIMORDIAL (¿y dónde quedan los derechos de sus hablantes? ¿No se decía que eran los hablantes y no las lenguas ni los territorios los que tenían derechos? ¿Para qué gastar tanta tinta justificando sus propuestas, si después se pasan las propias premisas por el forro? ¿Es partidario ese grupo de intelectuales de promover un apartheid lingüístico en las comunidades autónomas con lengua propia, defendiendo el monolingüismo militante de sus habitantes y provocando su radical separación en dos comunidades lingüísticas que no se comuniquen?).

3) Para que no se diga que estoy en contra de todo, no me importa reconocer que estoy de acuerdo con la tercera propuesta, que “en las autonomías bilingües, cualquier ciudadano español tiene derecho a ser atendido institucionalmente en las dos lenguas oficiales”. Por ejemplo, que en una comisaría de la policía nacional en Galicia, o en las oficinas de la Delegación del Gobierno, yo tenga derecho a ser atendido en gallego, lo que raramente ocurre.

4) El castellano debe ser omnipresente en todo el territorio (no voy a tocar la misma tecla, ¿no decían que la lengua pertenece a los hablantes y no a los territorios, etcétera, etcétera?).

5) Que nadie nos toque nuestro monolingüismo, que las lenguas cooficiales se queden donde están y que, como aquellas compresas que anunciaban por la tele, no se vean, no se noten, no traspasen.

Y así hasta la incongruencia final. Inmediatamente después del lamentable manifiesto por la lengua común (eso es una tautología, todas las lenguas son comunes, no existen lenguas individuales) de este grupo de intelectuales aparece la palabra “firmas” y entre paréntesis dice “en orden alfabética”. Sólo que el primer firmante es Mario Vargas Llosa, y luego viene José Antonio de la Marina…. ¡Ya me diréis qué orden alfabética es esa!

8 de jul. 2008

Star: Contra todo y contra todos


Star Glénat recupera en un álbum portadas y artículos de la mítica revista underground barcelonesa de los 70

Aunque uno se obstine en luchar contra ella, la nostalgia siempre gana. Con los años, ese pasado de angustia teen y burricie automutiladora acaba convirtiéndose en algo entrañable. Y aquellos trapos, en armaduras gloriosas. Y aquellos grupos de mierda que nos gustaban, en el futuro del pop. Y aquellos empujones ebrios en la puerta de un bar, en hazañas bélicas contra Unos Tíos Muy Chungos. Ah, la nostalgia. Qué montón de basura, pero cuanto engancha.
Antes de continuar les diré que no viví la revista Star. No me tocaba por edad y, además, el prejuicio que los adolescentes de los 80 sufríamos respecto a la generación inmediatamente anterior -los carrozones setenteros- parecía entonces insalvable. No, los ochenteros nos saltamos Star. Pero al César lo que es del César: Desde la perspectiva de este opaco nuevo siglo, Star parece el copón de la baraja. Una publicación que, para su momento, situación y medios, fue una completa rara avis. Algo que era poco probable que funcionara pero que, contra todo pronóstico, lo hizo.

Pachanga total
Star se fundó en Junio de 1974, y Glénat celebra hoy 27 años de su aparición editando un libro recopilatorio de textos y portadas. Star era, para empezar, una revista que desafiaba comparación local; porque fuera de aquí estaban la francesa Actuel, las inglesas Oz e IT, las americanas The Digger, Berkeley Barb... ¿Pero aquí? Cero, como siempre. Como afirma el ex-plumilla de la revista Oriol Llopis, “Star no se parecía a nada más, ni de entonces ni de ahora”. Y no me menten el Ajoblanco o El Viejo Topo, mucho más hippies y, por definición, inductoras de la catatonia feromonal. No, en Star lo que imperaba era la pachanga total y el cachondeo integral. Y el meterse con peña e insultar a todo bicho viviente. Y el Ir contra todo y contra todos, como anunciaba chulesca aquella célebre portada del número 26.
No había sido siempre así. Juan José Fernández (su fundador, el mismo colgao que en la mencionada portada aparecía apuntándonos con un revólver) había empezado la revista para publicar cómix underground. Aquella etapa de Freak Brothers, marihuana y buen rrollini terminaría con la erupción del punk, fenómeno del que Star tomaría buena nota. Es entonces cuando Star se pone faltona y buscarraons, y Oriol Llopis escribe artículos de bandas juveniles, y Ramón de España e Ignacio Juliá publican su mítica entrevista con La Banda Trapera del Río, y las autoridades les secuestran unos cuantos números. Y, a pesar de eso, 25.000 ejemplares salen mensualmente a la calle y, gracias al mano-mano y el boca-boca, unas 100.000 personas leen cada uno de sus números. Poca coña.
Sí, en aquella época -como le soltó un día el excéntrico fotógrafo Flowers a Ramón de España- “el underground te lo comprabas en el quiosco”. Y en esa época pre-Pujoliana de acracia follem-follem-que-el-mon-s’acaba, el subsuelo subió a la superficie. Es en esa segunda etapa de farra filopunk cuando Star se hace mítica; son sus años cruciales. Con una plantilla de articulistas semi-amateurs (Diego Manrique, los mencionados España y Llopis, Jaime Gonzalo e Ignacio Juliá, Luis Vigil...) Star se plantificó en mitad de la vida cultural ibérica armada solo de humor, gusto bárbaro y heterogéneo (y nada dogmático), morro y ganas de enseñar el culo. Fue la guía de las cosas buenas y secretas en un momento en que nadie se enteraba de nada; el faro de lo cool y apasionante.
Pero metamos el freno a la nostalgia. No todo de aquella sanfaina hedonista ha envejecido con igual dignidad. De Star es difícil recuperar la información musical anglosajona (puro radio macuto), la fascinación por el sadomasoquismo (menuda cutrada) y, muy especialmente, la idolatración de la heroína y la figura del yonqui, productos de una lectura naïf de los músicos malditos neoyorquinos. Esas cosas dan un poco de vergüenza ajena, como ver la ropa que llevábamos en fotos de la pre-pubertad. Oh, uix.
Pero tres cosas de Star sí son altamente reusables. Una es el tres-veces-nombrado Llopis, Mr.1ª Persona, un escritor para el que todo artículo debía pasar por el prisma de uno mismo. Su prosa biográfica, chapucera y anti-técnica pero totalmente emocional es un ejemplo a recuperar en estos tiempos de crítica “objetiva” (o sea, cobarde) y odiosas revistas de tendencias. Por las mismas razones -además de por su humorismo violento y Jardiel-Poncelesco- conviene revisitar al también tres-veces-mentado Ramón de España. España, hay que decirlo, era grande. El mejor ejemplo autóctono de lo que -en mi opinión- debía ser un periodista cultural: un bocazas altamente divertido, con olfato para los mejores discos y libros y una prosa rítmica, faltona, y que creaba fanatismo inmediato. España, yo era fan tuyo; aquí me confieso.
La tercera cosa es la colección de libros Star Books; aunque traducidos a la brava (Manrique aún se sorprende de cómo tuvo el morro de firmar alguna de ellas, pese a su inglés de preescolar), fueron los primeros jabatos en editar aquí a Kenneth Patchen, Nik Cohn o los beats, y ahí es nada. Una razón más para aplaudir cómo “se lo hacían” (para utilizar jerga de la época) nuestros antepasados de los 70’s. Con un par. Con un par.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 2 de julio de 2008)

Dada y punk: Anti-arte contra no-arte

El movimento anti-artístico de los años 20 engendra descendencia cincuenta años después en Londres ¿Verdad o Acción?

Arte. Ahí es cuando saco el revólver. Nada dispara más mi desconfianza que esa palabra; es como si me advirtieran que alguien disemina ántrax con el aliento. Lo cierto es que no es difícil sospechar del arte: Tiene aspecto de fraude estudiantil, una cosa intangible e inútil que sólo los “expertos” dominan y que sirve para estamparle a la gente en la nalga un sello con su clase social. ¿Arte? Quita de aquí, anda.
Es este particular outlook el que me acerca y, a la vez, aleja de dada y sus métodos. Porque, verán, en mi opinión, el problema con dada es precisamente su intención de ser anti-arte. Por mucho que los violentos exabruptos de Tristan Tzara, Arp, Picabia y la panda del Cabaret Voltaire de 1916 tuviesen como objetivo “destruir el arte”, por mucho que su odio fuese legítimo (marchantes de arte, artistillas fariseos, poetas laureados)... Al final, el tifón dada se desencadenó en un entorno artístico y sus acciones anti-arte siempre terminaron produciendo algún tipo de arte, en una contradictoria e infinita cinta de Moebius teórica que sus componentes se esforzaron -sin éxito- en cercenar. Todo ello hace de dada un fenómeno recuperable: el anti-arte siempre podrá venderse como arte. Sólo hay que darle tiempo.

Dada y punk: ¿Hermanos o primos?
Greil Marcus casi se lastima rastreando conexiones entre dada y punk en su libro Rastros de Carmín. “Empecé a preguntarme de dónde venían aquellos gestos”, afirmaba el escritor americano tras toparse con los Sex Pistols. “¿Aquella voz surgía de la nada, o algo la desencadenó?”. Su curiosidad le hizo ponerse a desenterrar con ojos de orate cualquier tipo de grupúsculo contracultural pretérito: dada, letristas, situacionistas... Todo para dar con la “alquimia” que los reproducía en el tiempo. Marcus admite que no fue él el primero en señalarlo, que en el Londres del punk la palabra dada salía en todos los fanzines y “la supuesta involucración de Malcolm McLaren [manager de los Sex Pistols) en la espectral Internacional Situacionista era moneda corriente en la prensa musical”. Tuvo que venir Johnny Rotten (ahora John Lydon) de los Sex Pistols a lanzar el primer jarro de agua fría encima del linaje trazado por Marcus. En su autobiografía Rotten. No irish, no blacks, no dogs, Lydon manifestaba que “todo el rollo de los situacionistas franceses y el punk es una chorrada. ¡No tiene sentido! Eso si que es charlatanería de libro. Las revueltas de París y el movimiento situacionista de los sesenta son pijadas de estudiante artie francés”. En el filme de Julian Temple The Filth and the fury Lydon insiste en ello, burlándose de las conexiones con dada y alineándose en la tradición del vodevil cómico inglés de Ken Dodd.
Decida uno creerse o no la boutade de Lydon, hay algo incontrovertible en sus palabras. Y es que el punk inglés jamás operó en un entorno artístico; ésa es la diferencia principal con dada. Aunque algunos de sus originadores vinieran de art schools (Jamie Reid -que adaptó pósters letristas para los Pistols-, el propio McLaren) o los métodos usados fuesen similares (nihilismo, antiautoritarismo, absurdo, confrontación directa, teoría polpotiana de Año Cero cultural y rechazo -si bien ficticio- de la tradición) lo cierto es que el grueso del punk lo componían los freaks descastados del barrio, bootboys con un pie en la pared y el otro en la oficina del paro, chicos de clase obrera sin esperanza, herederos de una cultura popular útil, sin adorno, sin academia. Si uno quiere buscar los verdaderos cimientos del punk, ahí están: reggae y dub, descampados y pajas, la huelga de basuras del 1974, Roxy Music, la anfetamina de los mods, ruido blanco vía The Who. Chicos con botas, chicos de club, mal cutis y ropa de trapería, la angustia primordial de los suburbios: Eater, Clash, Jam, Cortinas, Adverts, Rezillos, Damned, 999, X-Ray Spex, Stiff Little Fingers, Sham 69, Subway Sect. Tocando para ellos mismos, tocando porque no había otra cosa, porque las canciones eran el único escape. Sin buscar la apreciación, ni siquiera el odio (como hizo dada), de la clase artística; funcionando en otro plano, otro mundo, música para bailar y ponerse to’loco. El ruido roto de los chicos sin estudios, el único modo de rozar la belleza desde las casas baratas: eso es punk. No lo busquen en las galerías de arte, porque no está allí. O no debería.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 25 de junio de 2008)

Junot Díaz: El silencio del nerd

¿Quién empezó a amar a los nerds? ¿Quién decidió dejar de cantarle al barón pichabrava del yelmo y dirigir la mirada al tío birria que dibujaba (y se masturbaba) con lágrimas en los ojos tras el cobertizo? Preguntas para las que, me temo, no tengo respuesta; tendrán que preguntarle a alguien que lograra finalizar el BUP. Pero sí puedo asegurarles que alguien decidió, en algún momento de la historia, poetizar a aquel gafotas jorobado que leía cómix -o su equivalente- en la penumbra. Desde entonces, los nerds han protagonizado algunas de las páginas más excelsas de la narrativa moderna, como el Ignatius de La conjura de los necios. La mitología del perdedor arquetípico iría adquiriendo armamento diferente con las décadas (discos de blues, tolkiana o matemáticas), para seguir conservando intacta la figura inmutable del nerd, siempre el nerd. Inventando galaxias, comiendo porquerías, releyendo sci-fi y autoamándose en un lecho de Hustlers. Qué asco de tío. ¿Por qué gaitas nos intriga tanto? Quizás sea porque, aunque sólo sea un poco, nos sentimos reflejados en su mundo de malsana pasión privada. Quizás sea porque nos repugna esa parte empollona y débil de nosotros mismos, y la exorcizamos observando zoológicamente a las creaciones literarias de otros.
Sea como fuere, aquí tienen a otro: Oscar Wao. Posiblemente el tipo más feo de la República Dominicana, sólo que trasplantado a New Jersey, medio ciego de tanto analizar Dune y con un culo como una sandía. Aquí lo tienen: Inmutable Amigo-de-las-niñas-y-nada-más (“la perdición de todo nerd”), reo de habitación teen, jugador de rol, fan de Neil Gainman. Sólo que peor, porque Oscar Wao es dominicano. Qué mala suerte la suya. Junot Díaz, su creador (y apabullante Premio Pulitzer de este año) le ha arreado el golpe de gracia al estigmatizarlo aún más, haciéndole formar parte de una de las culturas más testicular-céntricas del planeta. Unánse a nosotros, se lo ruego, en una charla con el responsable de tal putadón.

Antes, el héroe de las novelas era el jock, el follador victorioso, pero ahora es el nerd. ¿Será porque los esritores tienden a ser nerds?
Gran parte de los escritores son nerds, es cierto, pero la mayoría de los protagonistas siguen siendo no-nerds. Lo único que pasa es que a gente como tú y como yo nos gustan más los nerds. También me interesa Oscar como crítica de la cultura dominicana, con sus estereotipos de masculinidad; todos esos campos tienen un silencio, y es el silencio del nerd, el arquetipo marginalizado. En cualquier caso, incluso entre los nerds, Oscar es “el rey de los perigüeyos”, como se dice en mi país. No es lo mismo ser un nerd de macs e Ipods que un nerd de Dragones y Mazmorras. A Óscar le gustan las areas más marginalizadas incluso entre los nerds.
La nerd-itud de Oscar, sin embargo, se intuye como algo más que el intento de moldear un protagonista y divertido.
La narrativa realista no puede llegar a explicar la realidad del Tercer Mundo, así que no queda más remedio que hacerlo usando la narrativa múltiple. Las mejores nociones del poder absoluto que se desarrolló en el Trujillato [la dictadura deTrujillo, que mandó sangrientamente en la República Dominicana de 1930 a 1961, y en la que Díaz sitúa partes de la saga de la familia de Óscar) las encuentras en los cómics. Las obsesiones marginales de Oscar pueden explicar la historia de su familia y país mejor que las narrativas habituales.
Te veo bastante bien de salud y cutis. Si tienes un pasado nerd, y Óscar es tu alter-ego, has conseguido esconderlo de maravilla. Cuéntanos ese secreto que podrá devolver la esperanza a cientos de lectores de Rockdelux.
Gracias. No, en ésta novela casi nada es autobiográfico. Si hay un alter-ego aquí es Yunior [cuñado esporádico de Óscar). Cuando mi madre leyó la novela me dijo: “Ésto no tiene nada que ver con la familia. ¿Para qué vas a buscar locos fuera si tu familia está llena?”. Este libro es mi Tierra Media. He conseguido vertir en él mi amor por los géneros: ciencia ficción, fantasía, cómics... a la vez que daba rienda suelta a la percepción (y obsesión personal) de que la historia profunda del Caribe es la historia secreta de los Estados Unidos.
Pareces un tío de obsesiones.
Comparado con otros américanos estoy bastante bien, créeme.
La maravillosa vida breve de Óscar Wao es un libro conscientemente humorístico, un atributo del que la mayoría de los escritores respetables huyen como del tifus. Parece que la risa (como decía el venerable Jorgue de El nombre de la rosa) fuese algo animalístico que hay que evitar.
La división entre humor y drama no existe en la vida real. La locura caribeña es precisamente esa mezcla: un escritor del Nuevo Mundo va a hacerte morir de risa y romperte el corazón en la misma página. Es necesario crear esa confusión en el lector. Nada es más serio y real que no saber si reir o llorar.
Los escenarios históricos de algunas partes de la novela (como el Trujillato) están meticulosamente investigados, sin que con ello parezca que se nos está dando una lección de historia ni sin que el libro se convierta en un tostón.
Mi definición de la civilización actual es “la tiranía del presente”. Nuestros cerebros quantum se han reducido; ya no tenemos dimensiones de pasado/futuro, sólo presente. Muchos escritores que quieren ser actuales piensan que el registro histórico es anatema, pero la historia no es sólo material para escritores viejos y aburridos o para la vieja izquierda.
Es espeluznante pensar en lo cercano que está todo, si lo situas en un arco temporal contextualizado en la historia. Quiero decir que de la Guerra Civil española o del Trujillato hace nada, literalmente. 50 miserables años.
Nuestras culturas están obviamente traumatizadas por esos sucesos históricos. Como escritor, mi faena más importante es hablar de ellos. El material con el que trabajo no son las palabras, sino el silencio cultural. El Poder sólo vence porque existe un silencio.
De ello se podría deducir que la obligación de todo escritor es buscar la comprensibilidad en todo momento.
No.
¿No? ¿No se trata de hablarle a la gente en su propio lenguaje, empatizar con otros sers humanos, compartir determinadas emociones?
Como escritor, debo provocar discusión. Los escritores más crípticos son los que provocan mejores discusiones. Además, no tenemos ni idea de qué nos deparará el futuro; quizás ese cripticismo es exactamente lo que el futuro requiere. La escritura reclama complejidad y diversidad. Las formas más populares son las que no duran demasiado. Mi visión es la de mis padres, que eran campesinos: sembrar pensando en la longevidad y los resultados en el futuro. De forma personal estoy de acuerdo con lo que dices, pero en cuanto a argumento estético... Mis escritores favoritos se saltaron la tapa de los sesos porque nadie les entendía.
¿Crees en la inmoralidad de determinadas visiones literarias? Jim Dodge dijo que Miedo y asco en Las Vegas era una novela excelente pero malvada desde un punto de vista moral, porque sus protagonistas se deleitaban en maltratar a la gente más desprotegida por el sistema en lugar de a Sheriffs o guardaespaldas.
No creo que ser optimista o proporcionar esperanza sea la única forma de empatizar. Ona de las muchas notas que un escritor puede tocar es la esperanza y la bondad, pero también puede expresar muchas otroas cosas hablando de la maldad, como Cormac McCarthy. Siento una comunión ética con la gente, pero no quiero ser programático. Ser programático es lo más aburrido que un escritor puede ser.


Junot Díaz
“La maravillosa vida breve de Óscar Wao”
Mondadori
Óscar Wao es un SuperNerd, un grasiento y vírgen fan de cómics y hobbits que se encuentra, tras una visita a la República Dominicana, en una coyuntura doblemente peligrosa: Está enamorado, y además van a matarle. A su alrededor (pasado y presente), orbita la familia: Su rebelde hermana Lola. El salido de su cuñado, Yunior. Su madre, la sufrida Beli. Y su mítica abuela, La Inca. Un libro de sagas, como dijo Time, “para gente que no lee libros de sagas”. Un libro anclado en la cultura popular pero sin miedo a bucear en el drama de la historia reciente. Un debut largo que ha tardado una década en ser escrito. Una obra espectacular y profunda, pero no por ello menos fresca e hilarante. Todo eso, y más.

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en la revista Rockdelux#264 de Julio-Agosto. Ésta es la versión extendida de la entrevista)

2 de jul. 2008

VOTA HB!


La Escuela Moderna i Hungry Beat presenten:
VOTA HUNGRY BEAT!

Divendres 11 de Juliol de 2008
a les 9 del vespre

El col·lectiu HUNGRY BEAT cel·lebra l’arribada de l’estiuet amb una punxada de discs magnífics, extranys, gloriosos i amb agradables sorollets crepitants de fons.

Hi haurà més del de sempre (el que ens agrada i el que ens diverteix): pop, Punk-rock (pre, post i after), garatge, indie del de veritat, new wave, folk, revival mod, soul, R&B, hardcore, rockabilly,… Sorollot i belles melodies, clang clang, twet twet, tupratu-pratu, alzheimer, cremades de cigarret i taques de cervesa a les camises.

Hi haurà xapetes per tothom i cintes de cassette pels primers que arribin.

Serà al Bar Las Guindas
C/Sant Pau, 126 – Barcelona
Paral·lel

Pd: Sabem que aquest dia toquen els Nueva Vulcano al Sidecar. Doblete!

Pues eso, que La Escuela Moderna i Hungry Beat presentan:
VOTA HUNGRY BEAT!

Viernes 11 de Julio de 2008
a las 9 de la noche

El colectivo HUNGRY BEAT celebra la llegada del buen tiempo con una pinchada de discos magníficos, extraños, gloriosos y con ruido estático de fondo como las de antes.

Habrá más de lo mismo (lo que nos gusta y lo que nos divierte): pop, Punk-rock (pre, post i after), garaje, indie del de verdad, new wave, folk, revival mod, soul, R&B, hardcore, rockabilly,… Ruidazo y bellas melodías, clang clang, twet twet, tupratu-pratu, alzheimer, quemaduras de cigarro y lamparones de cerveza en las camisas.

Habrá chapitas para todos y cintas de cassette a los primeros que lleguen.

Será en el acogedor Bar Las Guindas
C/Sant Pau, 126 – Barcelona
Paral·lel

Pd: Somos conscientes que tocan los Nueva Vulcano en el Sidecar. Consultad los horarios y… doblete!