16 de març 2006

¡Aupa la cinta recopilatoria!

Cassette. La cinta de 60 o 90 minutos en su vertiente de grabación mezclada y casera sobrevive a pesar de los avances tecnológicos.

1. La tecnología avanza y, mientras lo hace, algunos nos apartamos. Como el Tom Courtenay de La soledad del corredor de fondo, nos echamos a un lado y la dejamos ganar, afectando un ademán de cortesía. El nuestro es un gesto de victoria sin victoria que, además, está diciendo: algunas cosas no necesitan ser mejoradas. Alguna tecnología no hace más que marear la perdiz sin que venga a cuento, introduciendo necesidades ficticias y árnica en aparatitos para que los necios (o los que tenían un gusto pésimo) se sientan mejor. Y ahí la tienen: CD, Ipod, MP3... Todos acercándose triunfantes a la línea de meta mientras algunos observamos, paralizados por el terror. Porque quizás el CD -como siempre me dicen todos esos conocidos a los que nunca les gustó, en realidad, escuchar discos- ganará. Quizás sustituirá a los otros soportes de audio. Pero yo les digo (levantándome y agitando el dedo al aire con indignación profética) que vamos a salir perdiendo. Y además, que se van a quedar ustedes sin cintas.

2. La cinta de cassette fue inventada por Philips en 1962, aunque no se consumió de forma masiva hasta finales de la década. Al igual que el vinilo, es un formato analógico; eso significa que, al contrario que sucede con lo digital, no es una soundwave perfecta. No es una transcripción numérica de un determinado sonido –como si un androide cantara basándose en una ecuación matemática: la + la + rung + tom2 = punk- sino el propio sonido vivo. Donde lo analógico ofrecía incertidumbre, calidez, cambio (¿No se han preguntado nunca por qué cada vez que escuchamos un LP en vinilo apreciamos nuevos tonos, o instrumentos?), lo digital ofrece exactitud de laboratorio. Pop de probeta. Como dice acertadamente Thurston Moore (del grupo de rock avanzado Sonic Youth), el CD es un “beso frío y solitario” incapaz de captar los miles de matices y sensaciones que cada beso de vinilo ofrecía.
Éste es sólo uno de los múltiples argumentos que ofrece “Mix tape: the art of cassette culture” (Universe, 05), el libro del mencionado Moore donde personajes de múltiples ámbitos reflexionan sobre la cinta grabada. Se lo he soltado primero y a bocajarro para vencerles hacia mi bando con algo de palabrería técnica, pero la verdad es que el sonido me importa un pimiento. Todos mis discos suenan a rayos, en cualquier formato; la mayoría de las veces el crepitar del vinilo recuerda más al chorizo humeante de una barbacoa que a rock’n’roll. Sobre lo que sí debo llamarles la atención es el concepto de cinta recopilatoria que explican muchos de los invitados al libro, y que comparto en casi un 100% de las veces. Un chef llamado Pat Griffin aduce que, mediante las cassettes que grabó, estaba construyendo su propia emisora de radio, “una que reprodujera mi psicosis adolescente riff a riff, hecha para ser consumida solo por mí”. Dean Wareham, del grupo Galaxie 500, declara que “hacer una cinta recopilatoria lleva tiempo. Ese tiempo empleado implica una relación emocional con el receptor; puede ser irse a la cama juntos, o compartir ideas”. “La cinta recopilatoria es una lista de citas o, de hecho, una forma poética. Un poema hecho de frases de otros poemas”, dice el crítico Matias Viegener. La cineasta Allison Anders comenta: “Es realmente una ventana hacia el alma de alguien y un gran humanizador”. Que se me caen las lágrimas, madre.
Personalmente debo decirles que nunca he dejado de grabar cintas, y que todos esos señores están en lo cierto. “Ninguna cinta recopilatoria es accidental”, explica Viegener, clavando el dardo en la diana. Una cinta recopilatoria es una forma de arte cut-up, que mezcla sonidos ordenados al gusto del hacedor para conseguir una forma final que anteriormente no existía; toda cinta es única. Arte puro al alcance de su mano. El gran ecualizador “hazlo-tú-mismo” a precio de risa: 1 euro las TDK o Sony en cualquier Todo a 100. Pero, además, una cinta recopilatoria es un mensaje, una carta. Las mías siempre han querido decir una de dos cosas: (a) Me cae usted muy bien, o ocasionalmente (b) Quiero yacer con muller.
Las cintas dicen mucho del que las hace, sí; en el fondo, no dejan de ser una forma de exponer el propio ego. El obsesivo Jonathan Lethem decía en The disappointment artist: “Deja de decir que me quieres porque si no te gusta esa película, no me quieres. Porque (...) esa película soy yo”. De modo parecido, las cassettes recopilatorias intentan –aparte de seducir o homenajear al receptor- explicar al que las hace. Cuando recibimos una mix tape, lo que ésta nos está diciendo es: “Así soy yo, ahora. Estas canciones me explican”. En ese sentido, las cintas operan también como carta fechada, como mapa de vuelo caduco para un determinado momento de nuestra vida. Un orden, un mensaje, que no funcionaría igual unos meses o años más tarde. Y además, para satisfacción de los stalinistas del pop como el arriba firmante, la dificultad que implica utilizar el botón de fast forward provoca que la cinta se escuche entera. El receptor aprende, el hacedor sonríe satisfecho y, al final, todo el mundo está contento, ¿ven?

3. Como grande finale, solo me queda recordar dos himnos dedicados a la cinta recopilatoria. Uno es “C-30, C-60, C-90 Go!” de Bow Wow Wow, el grupo de pop pirata y poliritmos tribales que se sacó de la manga el ex-manager de los Sex Pistols Malcolm McLaren. Su mensaje (reforzado por el hecho de que el álbum apareciese en formato único de cassette y a precio irrisorio) era que el disco debía ser algo útil que los adolescentes pudiesen comprar en tiendas de golosinas, no una obra de arte. El otro himno es “Ballad of a mix tape” del grupo indie Comet Gain, cuya letra llega a decir que “esas cintas recopilatorias son recuerdos de historias ocultas”. Ahí es nada.
KIKO AMAT

(Artículo publicado anteriormente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del día 8 de marzo del 2006)

El dúo dinámico

Astrud La pareja de pop lúcido de la Ciudad Condal celebra sus diez años con Algo cambió, su recopilatorio de rarezas y caras B

Discos no son sólo discos; siempre son otras cosas. Incluso la más escueta canción I-love-you-baby de la Tamla Motown acarrea encima un pathos, una definición y emoción imposibles de atrapar de manera tan diáfana en otras formas artísticas. Debe ser por los límites marcados. Debe ser porque las mismas vallas que cercan el formato pop -claridad, concisión- impiden su corrupción por la pomposidad. Posees tres minutos, y en ellos debes resumir lo que deseas comunicar. Esa es la belleza del pop.
Astrud, el dúo barcelonés que cumple diez años este 2006, celebran su adhesión a ese formato. Brindan desde una constricción que es liberación: tres minutos que sujetan, que evitan la deriva a lo presuntuoso, pero que son el camino ideal para su lírica. Astrud, no dejen que se me olvide, son en mi opinión el grupo más importante del país. Una entente cordiale de dos (Manolo y Genís) que concentra en sus discos quizás lo más difícil de conseguir en el pop: Inmediatez + universo referencial culto (que no pedante) + tonalidad pegadiza + ironía. Inteligencia y baile juntos de la mano, en una combinación que se antoja fácil pero en realidad es alquimia pura.
Así, discos no son sólo discos; también son pasaportes psicogeográficos a otros momentos. Las mejores canciones pop pueden llevarte con fidelidad a recuerdos archivados. Recuerdo ver a Astrud en 1997, teloneando a Magnetic Fields. Recuerdo mi mandíbula despidiéndose de mí cuando tocaron “La nostalgia es un arma”, aún mi favorita. Ahora, nueve años después, Astrud sacan un disco que recopila rarezas y caras B, y nos encontramos con ellos para hablar.

¿Cuáles eran los parámetros iniciales, el concepto de arranque del grupo?
M: Nos conocimos en un concierto de Pulp, el noviembre del 95. Yo quería hacer canciones, él música. Decidimos hacer un grupo. La próxima vez que nos vimos, en un concierto en el 96, Genís ya llevaba una hoja de prensa en la que solo faltaba el nombre.
G: El planteamiento de forma vino dado por los medios. Teníamos un teclado con samplers. Teníamos una guitarra acústica. Teníamos claro el sonido que queríamos: yo sampleaba todos los instrumentos que encontraba, sólo me faltaban las canciones.

Pero hay desde el principio un planteamiento negativo, incluso oposicional, en vuestra idea.
M: Aunque no sabíamos qué música íbamos a hacer, sí teníamos trazado lo que no queríamos que fuera el grupo. Había cosas que nos parecían feas entonces, y aún nos lo parecen ahora. Los grupos de rock con postura sexy, por ejemplo.
G: Incluso con los grupos que nos gustaban. Le Mans nos gustaban, pero habían cosas suyas que no podíamos hacer. Family nos gustaban, pero las letras nos daban risa.
M: Escribir “empapado en poesía sigue el camino de Kerouac” simplemente no puede ser. O “infinitos abedules de hermosura incomparable”. Son letras de pregonero. Y, sin embargo, crearon ese consenso absurdo que ponía al disco como referencia definitoria del pop en español. Y ese consenso se hizo realidad.

¿Sigue vuestra forma de componer igual que al principio, o han habido modificaciones de método?
M: Yo cada vez tengo más manías y lo hago peor. Recuerdo al hacer “Superman” que le pedí a una amiga: “una frase de 12 sílabas que acabe en –ao”. Ese planteamiento es algo que ya no se repite. Todo es menos espontáneo, y está más programado.
G: Antes, la dinámica de trabajo nos la daba el compartir piso. Cuando empezaron a salir discos y empezamos a tener una idea clara del grupo, eso influyó en lo que estábamos haciendo. La espontaneidad real solo surge cuando trabajamos para otros.

Vuestros créditos siempre han insinuado una democracia compositiva que no sé si existe en realidad.
G: La autoría es siempre de Manolo; él trae la base y yo completo el sonido. Cuando empezamos, sólo queríamos ser un grupo pop. Pero luego la gente empezó a decirnos que lo mejor del grupo era el contraste natural entre un cantautor con guitarra y un mono detrás con maquinitas. Y nos lo creímos, y eso acabó definiendo lo que somos. Siempre tenemos ese dilema, que vamos sorteando, entre ser un grupo pop o un autor a lo Leonard Cohen, alguien que trabaja en otros campos. Pero un grupo no funciona así. Supongo que ese tira y afloja es lo que nos hace una rara avis.

Uno de los atributos más fascinantes de Astrud es esa intención de mutabilidad, de movimiento, de cambio constante.
G: Más que ir en una nueva dirección, que sería más fácil porque al menos sabríamos a dónde vamos, se trata de no querer hacer algo dos veces. Y ese es nuestro contraste. Porque un grupo de pop, en lugar de resistirse a la repetición, agarraría el punto exacto que le gustó a la gente y lo volvería a hacer.

El aprendizaje crea complejidad, pero ésta no parece asustar a vuestros fans; quizás gracias a la concisión de su envoltorio.
M: Yo creo que siempre hemos hecho pop. Nunca hemos intentado hacer progresivo. Aparte de “Miedo a la muerte estilo imperio”, todas nuestras letras pueden entenderse conociendo la lengua. No son nada crípticas. Las letras de El Canto del Loco, por otro lado, están llenas de frases que no significan nada. Eso pasa por letras sencillas, y las nuestras que son “fui allí, hice esto” son las complejas. Supongo que la gente no quiere que la molesten, no quiere nada que pueda entender.

Hubo un momento de impulso hacia 1998 en que se decía que Astrud iban a llegar incluso al Hit Parade ibérico. Pero eso no sucedió.
G: Según la prensa, éramos suficiente listos para gustar a la intelligentsia, pero teníamos canciones con potencial de 40 Principales. Y entonces llegó Mi fracaso personal, y no encajó en esa tesis, porque no éramos Pet Shop Boys. Para grupos de rock artie ya tenían a Planetas, Sr.Chinarro, y nosotros teníamos que cumplir la función de chart-pop inteligente como Pulp o St.Etienne. Estuvo bien el intento; Ordovás admite que glorifica a grupos para ver si su bluff se transforma en realidad. La Movida es otro ejemplo de eso. De tanto hablar de ella cuando no pasaba nada, al final pasaron cosas. Pero en nuestro caso era imposible, y siempre lo supimos; por como somos y por como está el mercado del disco en este país.

Después de 10 años, ¿Qué echáis de menos en Astrud? ¿Os sentís constreñidos por el formato de grupo pop?
M: Yo tengo un orgullo pequeño-burgués de poder sacar lo que hacemos y hacer conciertos cada mes. Sueños pop que tenía a los quince años, como empezar una canción con tres minutos de instrumental, los he cumplido. Eso me basta. Y tengo claro que quiero sacar un sexto disco, sin pensar en el objetivo final; porque los opus magna de un creador siempre son una mierda, como la Gran Novela Americana. Pero es curioso como, a pesar de que podríamos autopublicarnos, seguimos en el sueño pop de estar en una compañía, que nos llamen para entrevistas, que propongan hacer un yo-yó de Astrud, tonterías así. Recuerdo una mesa redonda en la que estuve en la que Lydia Lunch dijo que llegar a mucha gente era intrínsecamente malo. No lo veo así.
KIKO AMAT

(Artículo publicado anteriormente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del día 8 de marzo del 2006)

27 de febr. 2006

Discos pel Vic Godard

Una llista dels discos que vaig punxar el dia del concert de Vic Godard + Veracruz al Pocket Club del Mercat de les Flors, el dia 24 de febrer del 2006.

DEXY'S MIDNIGHT RUNNERS One of those things
DORIS Beatmaker
THE CLAIM Picking up the bitter little pieces
KEN NORDINE Maroon
LES McCANN Sad little girl
THE BLADES Downmarket
URBAN VERBS For your eyes only
JAZZATEERS looking for a girl
DARRELL BANKS Open the door to your heart
THE WOLFHOUNDS Cruelty
PUGH Love, love, love
CERTAIN GENERAL Back downtown
THE BIRDS No good without you baby
PEZBAND On and on
GARLAND GREEN Girl, I love you
THE SMOKE have some more tea
LACK OF KNOWLEDGE The uninvited
ORANGE JUICE The day I went down to Texas
JOAN GARRETT Soul town
MAXIMUM JOY White and green place
fIREHOSE Honey, please
THE PURPLE HEARTS My life is a jigsaw
DIE SACHE long distance call
RUTH COPELAND The music box
THE DENTISTS I had an excellent dream
KAMENBERT Último grito
THE FALL Lie dream of a Casino soul
THE WILD SWANS Revolutionary spirit
THE CLIENTELE E.M.P.T.Y.
THE ORCHIDS Caveman
STARJETS Shiraleo
JOOK Aggravation place

Kiko Amat

Nota 1: Totes les punxades, sigui per qui siguin, comencen invariablament amb el "One of those things" de DEXYS. Una tradició i declaració de principis al mateix temps.
Nota 2: Podem assegurar que ni un sol MP3 ni un sol CDR ni un sol CD ni una sola maleteta de CDs van ser utilitzats en la confecció d'aquesta sessió.

9 de gen. 2006

Hungry Beat VIII

Otro listado hermoso de las canciones pinchadas por el colectivo HUNGRY BEAT en la noche del 22 de diciembre del pasado año 2005 en el bar Heliogàbal de Gràcia.

Uri
RESTRICTED CODE love to meet you
NEW ORDER procession
COMET GAIN if you ever walk out of my life
THE WHAT.FOR! gaby
EUROGRUP pots sentir-me?
WOLFHOUNDS me
REM gardening at night
DB'S black and white
URBAN VERBS the angry young men
Q65 don't let me fall
ZUMPANO the party rages on
GENE PITNEY 24 hours from Tulsa
UNDERTONES it's going to happen
JUNE BRIDES The instrumental
MAGAZINE definitive gaze
THE ORIGINAL SINS heard it all before
PLIMSOULS play the breaks
PYLON weather radio
SCREAMING TREES the turning
TEARDROP EXPLODES sleeping gas
HOUSEMARTINS sitting in a fence

Jose
THE TESCO BOMBERS: HERNANDO’S HIDEAWAY
VIVIEN GOLDMAN: LAUNDERETTE
NEW AGE STEPPERS: MY LOVE
METHODISHCA TUNE: LFD
DIGITAL DINOSAURS: DON’T CALL US
LONDON UNDERGROUND: TRAIN OF THOUGHT
SARA GOES POP: LU-LU ON THE ROCKS/SEXY TERRORIST
THE LIGGERS: DEATHWISH
FLOAT UP CP: JOY’S ADDRESS
KALAHARI SURFERS: HOUGHTON PARENTS
SCRITTI POLITTI: P.A.S
AFRIKA KORPS: ROCK AND ROLL IS BETTER THAN MUSIC
ANOREXIA: I’M A SQUARE
O LEVEL: EVERYBODY’S ON REVOLVER TONITE
BEARZ: SHE’S MY GIRL
JONI DEE FEATURING THE TIMES: HERE COME THE HOLIDAYS
PROTEX: DON’T RING ME UP
PIRANHAS: HAPPY FAMILIES
THE SHAPES: WOT’S FOR LUNCH MUM? (NOT B****S AGAIN!)
FUNBOY FIVE: COMPULSIVE EATER
TV PERSONALITIES: PART TIME PUNKS

Miguel
True Life Hero. POOH STICKS
She said, She said. DRISCOLLS
Across the Universe. THE FAMILY CAT
Hot burrito #1. THE FLYING BURRITO BROTHERS
By your side. BEACHWOOD SPARKS
Make me feel again. EDWYN COLLINS
Only a week ago. PARKINSON DC
6am jullandar shere. CORNERSHOP
Dancing with the dead. MAD HATTERS
We are the Orange Alabastrer Mushroom. THE ORANGE ALABASTER MUSHROOM
See Emily Play. THE TABLES
Dear Prudence. SIOUXIE & THE BANSHEES
Nijinski el loco. ALPHAVILLE
El signo de la cruz. DECIMA VICTIMA
A Fluor. DERRIBOS ARIAS
Estación Fantasma. LOS COYOTES
Elena Francis/Pena de Muerte. SENTIDO COMUN
Destruye. FAMILIA REAL
Sin Futuro. TNT
I used to be Mod. ASTROBURGER
Fists in my pocket. COMET GAIN
Twisted Wheel. KILLERMETERS
Museum of Love. MC TELLS
Casper the friendly ghost. BARTLEBEES
Rain til Sunday. THEM HOWLING HORRORS
Never find time. THE MIXERS
Less than senseless. MEGACITY FOUR
Love hurts. THE MIXERS

Kiko
DEXY’S MIDNIGHT RUNNERS One of those things
PATRICK FITZGERALD Optimism / Reject
DAVE BERRY I’m gonna take you there
RICHARD HELL & THE VOIDOIDS Time
THE FREE DESIGN 2002 –A hit song
ORANGE JUICE Poor old soul Pt.2
MOSE ALLISON Wild man on the loose
THE WILD SWANS Revolutionary spirit
SISTER NANCY Bam bam
BUFFALO SPRINGFIELD Pay the price
BUSH TETRAS You taste like the tropics
SYMARIP Skinhead moonstomp
TELEPHONE Fait divers
DAVID BLUE It tastes like candy
THE DENTISTS I had an excellent dream
PROTEX I can only dream
IA-BATISTE Max
JORGE BEN Take it easy my brother Charles
BIJOU Je me demande
TINA HARVEY Nowhere to run
THESE ANIMAL MEN Speed king
JURASSIC 5 Concrete schoolyard
SEXUAL HARASSMENT If I gave you a party
THE BEAT I am your flag
KAMENBERT Sha la la la

Un par de entrevistas con el Sr. Mander


Este señor con estos pelos y esta cara de enajenado simpaticón es Jerry Mander, el autor de "Four arguments for the elimination of television" y de algunos otros libros que todos deberíamos leer antes de morir. Cuelgo aquí esto aunque me hallo inmerso en mi (inacabable) artículo sobre los luditas y neo-luditas para la versión impresa de la Escuela Moderna, por la simple razón de que nada que yo diga podrá ni siquiera acercarse a las verdades como puños que suelta este hombre cada vez que abre la boca. Lo hace extensamente aquí y un poco menos aquí. Está en inglés (lo siento), pero para los que no lo dominen completamente (como podría ser mi caso) por poco que pilleis valdrá la pena. Mi artículo sale igual pero comparado con la sabiduría de este señor parecerá hecho por un subnormal, pero de eso se trataba hacer fanzines, no? Para que la voz de los monguis se escuche allá fuera.

2 de gen. 2006

La librería de los horrores

Black Books. La comedia de la Channel 4 inglesa sobre el propietario de una librería de 2ª mano aúna genialmente escatología y odio al mundo.


1. Párenme si he dicho esto antes pero, ¿de qué se ríen? ¿De que nos reímos? Quizás de alivio, como dijo Stephen Potter, al evitar la catástrofe. Lo confirma Kurt Vonnegut en su último libro A man without a country: “Las completas catástrofes son terriblemente hilarantes (...) Yo vi la destrucción de Dresden. Vi la ciudad antes y luego salí de un refugio antiaéreo y la vi después, y ciertamente una reacción fue la risa. Dios sabe que eso era el alma buscando algún alivio”. Otros se ríen de la escatología. Dios debe saber también que las excreciones y ruidos corporales son para troncharse. Y si no, que se lo pregunten a los creadores del diccionario Roger’s Profanisaurus de la revista de humor inglesa Viz, artífices de verbos como “fasturbate” (masturbarse a gran velocidad) o “pyroflatulate” (eso). Pues bien, si mezclan las dos cosas, les saldrá la serie británica Black Books.

2. Debo insistir, una vez más y a riesgo de incurrir en su ira, en la superioridad de las series inglesas. No huyan, corcho, que es importante. Mi favorita en estos momentos se llama Black Books. Su primera emisión data de otoño del 2000, y desde entonces ha ganado varios premios, entre ellos el Bafta a la mejor sitcom. Pero antes de continuar, debo avisarles: Black Books nunca se emitirá en nuestro país. Es imposible. Sería como si de la noche a la mañana hubiese un buen grupo ibérico de pop en las listas de éxitos. Señalaría el inicio del Apocalipsis.
Así, les emplazo a que usen su imaginación. Al fin y al cabo, es todo lo que van a tener a no ser que pongan a su Emule bajando temporadas hasta que empiece a humear. Black Books, como la mayoría de las sitcoms, parte de premisas harto simples: Bernard Black es el propietario de una librería de 2ª mano, Black Books. Bernard Black es un irlandés malnacido, borracho, excéntrico, entrañablemente misántropo e hijo-de-la-gran, una persona claramente no cualificada para trabajar de cara al público. En ese sentido, Black recuerda a Basil Fawlty, el avinagrado protagonista de la fenomenal Hotel Fawlty; ambos comparten ese sentirse parte de una guerra sin cuartel en la que lo único que cuenta es la humillación del cliente. Del origen del personaje cuenta su creador, el cómico stand-up Dylan Moran: “Hay un tipo en una librería de Dublín que nos proporcionó la imagen de Bernard Black. Tiene pinta de haberse tragado una taza de leche agria mientras se meaba encima. Tiene esa expresión verde biliosa, la cara moldeada por años de amargura. De hecho, se parece a todos los propietarios de tiendas de libros de segunda mano que he visto en mi vida”.
Sí, Bernard Black es un amargado que odia al mundo, y eso lo hace un héroe para todos los amargados que odian al mundo. Black no se esconde tras una sonrisa temblorosa. No quiere que le quieras. Como comentan en la website del programa: “Si eres un ser humano extrovertido, amante de la vida, cálido y lleno de entusiasmo, mantente alejado de Bernard Black. Será malo contigo”. A su lado en la tienda están Manny y Fran; el primero (interpretado por el cómico Bill Bailey) es el asistente zen de Black, patoso hasta lo indecible y gafado en todo su ser. Black, obviamente, se ensaña con él capítulo tras capítulo. Fran (Tansin Greig) es la mejor amiga de Black. Eso, claro, es imposible; Black no tiene amigos. Así que Fran es la neurótica que pasa la mayor parte de su vida en la tienda, buscando novio o odiando al mundo junto a nuestro gran hombre.
Aparte de esto, lo único que tienen en común los tres personajes principales de la serie es: (a) su incapacidad para adaptarse al ritmo moderno, (b) su desprecio por las técnicas de Atención al Cliente y (c) su gran sed. Una sed de vino y cerveza y desinfectante Domestos que les hace vivir en un perpetuo rebote entre la más sangrante resaca y el más eufórico abuso a la clientela. Esto, este constante darle al morapio y la típica glorificación inglesa que lo acompaña, es la razón principal por la que ustedes no van a poder ver Black Books. Porque, en nuestro triste país, los personajes de sitcom no beben. De hecho, no hacen nada que sea siquiera lejanamente divertido. La única manera en que pueden proporcionarnos algo de entretenimiento es muriendo.
En Black Books, además, sus personajes hacen guarradas; a Black le echan de una cena por interpretar encima de la mesa sus famosos detectives Belly Savalas –con un chupa-chups metido en el ombligo- y Colbumbo –implica un puro y sus nalgas, no pregunten. También se masturban, insultan, golpean, vomitan y leen. O sea, hacen todo lo que nunca sale en las teleseries de aquí. No es precisamente El cor de la ciutat, no; en aquella escena en que todos los personajes cantaban a coro en el bar una canción de Sau, Black entraría y defecaría en los zapatos del Peris.

3. Me van a permitir como final un pequeño apunte autobiográfico. Otra de las razones por la que me entusiasma Black Books es por añoranza: yo conocí a Bernard Black. Es decir, no era él, pero también era irlandés y mi jefe en la tienda de discos del Soho en la que trabajé unos años. Y les juro que era como Black. Se pasaba los mediodías en el pub (un acto que definía como “Almuerzo líquido”) y más de una vez se cayó por las escaleras de la planta baja al regresar. Otras veces insuflaba drogas diversas con la tienda llena, parapetado tras una barrera de discos. Múltiples mañanas lo encontré durmiendo bajo una mesa al abrir la tienda. Otras, llegaba seis horas tarde con los ojos llorosos y aliento de Keroseno. Su idea de una “noche tranquila en casa” implicaba dos botellas de vino enteras, varias onzas de marihuana, cine porno y llamadas intempestivo-crípticas a mi teléfono. Etcétera. Como imaginan, fue como vivir dentro de una sitcom durante dos años. Igualito que Black Books.
Kiko Amat

(Artículo publicado anteriormente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del día 28 de diciembre del 2005)