18 d’oct. 2005

Catorcephenia 13: El Triste

Siguiendo un ciclo estacional, mi personalidad trece me agarra como a un bebé espartano y me lanza al barranco de la morriña. Con los lacrimales a todo gas y la garganta atascada me pongo a compadecerme sin freno, como un pequeño animal atrapado en la ratonera del ‘spleen’. Y eso me deprime lo indecible.

Ha llegado el otoño de mi descontento. Con la nariz pegada a la ventana, siento como me atraviesa la nostalgia por el pasado, por el futuro, por mi niñez, por las decisiones equivocadas, por las opciones que descuidé. Observo a un grupo de jóvenes riéndose con afectación, terrorífica y alienadamente felices; la gente así me da ganas de llorar. Igual que la gente que no es así. De hecho, cuando me deslizo culo abajo por los toboganes de Port Depresión todo me da ganas de llorar.
Sin ir más lejos, Naranja ha llegado a casa esta tarde y me ha encontrado con la nariz metida en un bote de sirope inglés, los ojos empantanados.
“¿Se puede saber qué haces?”, me ha preguntado.
“Be esdaba agordando de aguellos pancakes gue nos cobibos en 1999”, le digo, sin sacar la nariz del bote.
Naranja me observa asustada, y con esa pirotecnia capilar y ese salpicado de motas faciales parece un petirrojo a punto de volar. Ella sabe que he entrado en uno de mis accesos de melancolía histérica. Sabe que durante dos días voy a estar echando leña a las llamas de mi añoranza, escuchando discos de soul lacrimógeno y country desolador, leyendo cuentos de la Rodoreda, poniéndolo todo perdido de mocos. Como el Yossarian de ‘Catch 22’, estoy atrapado en un bucle del que me cuesta horrores salir: estoy triste / por tanto, sólo me apetece escuchar música triste / eso me entristece aún más. Hay algo de sadismo en esa actitud estúpida.
Pero qué le voy a hacer, me siento blando. Y quizás esa palabra no es la adecuada. “Blando” implica una cierta consistencia de la que carezco cuando me tuesto en los infiernos de la remembranza. Mejor estoy licuado, incluso cristalizado, como en aquella canción de Jimmy Webb. Soy una caja de vidrios finos, llena de pegatinas de ‘Frágil’ y ‘No agitar’. Soy rompible.
“¿No estás exagerando un poco?”, me pregunta, con la sensibilidad de un tapir. Naranja no puede entender lo que me pasa porque ella nunca llora. La última vez que tuvo algo parecido a humedad en sus retinas fue porque le metí un dedo en el ojo bailando en un club.
La siguiente vez que me mira, estoy observando una foto mía de cuando tenía 3 años en la que estoy disfrazado de Mickey Mouse. En realidad sólo parezco un niño gordito con pajarita, porque me había quitado la careta. Pero lo que me rompe el corazón de esa foto es mi expresión de añoranza, como si ya estuviese echando de menos el pasado. El primer niño nostálgico del mundo.
“¿Sabes en qué pensaba?”, le pregunto a Naranja, cambiando a un nuevo tema deprimente.
“Pues no”.
“Pensaba en cuando te conocí en aquella tienda de discos, en 1995”. Me vuelve loco la mitología de años. Como en las letras de Go-Betweens o Dexys, me paso la vida rememorando sensaciones de algunos años: 1988, 1992, 1995, 2000.
“¿Por qué?”, contesta. “Te he contado mil veces que me pareciste un cretino petulante. No entiendo cómo puedes sentir nostalgia de un día así”.
“Yo damboco. ¿Me basas los Gleenex?”
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del día 29 de septiembre del 2005)

Catorcephenia 12: El Mentiroso

Dicen que me pillarán antes que a un cojo, pero eso está por verse. Mentira a mentira escurro el bulto y cimiento la leyenda, y un departamento de los catorce se dedica sólo a inventar historias que me dejen bien lindo para la posteridad. Al final, los enredos desplazan al rigor. Y es mejor así.

“¿Ya estás otra vez escribiendo esa columna?” me dice Naranja. De reojo puedo ver los rayos rojizos que aparecen sobre mi hombro, como si amaneciera en mi espalda.
“No”, respondo sin volverme.
“No mientas. Lo estoy viendo desde aquí. Es esa columna estúpida en la que yo quedo siempre como una cascarrabias”.
Me doy la vuelta y la miro. Como siempre, Naranja tiene una de sus cejas en paréntesis, fogatas en la cabeza y escarlatina perenne. Naranja es mi novia, y pertenece a otra raza refulgente de seres colorados. Me pregunto cómo serán nuestros hijos.
“¿Vas a contar la verdad esta vez?”, añade.
Me vuelvo hacia la mesa, dándole la espalda. “Claro, claro. No te preocupes”.
Plonk. Colleja.
“Eso por mentir”, dice, largándose.
Y es cierto, soy un mentiroso sensacional. Cuando Holden Caulfield decía en ‘El guardián entre el centeno’ que era el mentiroso más fantástico que podía imaginarse no sabía que el tiempo le traería un competidor de peso. Un campeón, dedicado a su arte con la convicción de los obcecados. Un über-embustero armado de dos trucos letales.
Primero, la Mentira de Salvación. Es el traductor internacional que transforma en “una cerveza más y vengo” verdades más complejas como “voy a llegar hecho unos zorros a las seis de la mañana”. Es el túnel de escape del cadalso. Es genial. Desgraciadamente, Naranja interceptó la clave del codificador Enigma, por eso me va preguntando nuevos detalles, buscando pescar alguna incongruencia en mis verdades por entregas. Mi serial de realidad a medias.
La última vez que me lo ha preguntado ha sido hace dos minutos. “¿Cuánto dijiste que te habías gastado este mes?”
Un montón. Me he comprado cientos de discos. He invitado a copas a señores desconocidos. Incluso me estoy haciendo un traje a medida. Pero ésa no es la respuesta.
“No me acuerdo. No mucho”, digo.
La segunda es mi favorita. La Mentira de Romantización. Dado que cuento siempre las mismas historias, se trata de cambiar de audiencia constantemente -como Quentin Crisp- o transformarlas cada vez que las cuento. Creo firmemente en alterar la realidad. Creo que la normalidad y el pasado están demasiado llenos de hechos banales y rutinas deprimentes para contar las cosas con realismo. Así que aumento las catástrofes, multiplico los triunfos, exagero lo hilarante, hincho lo grotesco. Al final, lo que sale de mi boca no se parece en nada a lo que en verdad sucedió. Y lo que es peor, mi versión me gusta más.
“Eso no pasó”, me dice Naranja en público cuando lo hago. Le encanta delatarme así. “Yo estaba aquella vez y no le contestaste nada al policía’.
“¿Qué más da? Queda mejor así”, le susurro al oído.
“No se trata de eso. Se trata de que no es la verdad”.
“¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto calvinista? La verdad es irrelevante”.
“La verdad es lo que diferencia a las personas de los Pinochos como tú”
“Yo no miento como Pinocho”, le digo, en voz más alta.
Naranja señala con su dedo al centro de mi cara. “Pero tienes su misma narizota”.
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del dia 21 de Septiembre del 2005)

16 de set. 2005

Catorcephenia 11: El Inglés

“No es por ahí, inútil”, le dije a la cigüeña. Pero nada, ella ni caso; me soltó en el extrarradio de Barcelona, cuando estaba claro que tendría que haberlo hecho en Bethnal Green. Esa pifia atizó en mí una anglofilia maníaca que confunde aún más la disfunción catorcephenil de personalidades.

A todos los efectos, siempre he querido ser inglés. La primera vez que puse mis pies en Londres, el calambre que me recorrió las puntas de las orejas fue de reconocimiento, de retorno, no de sorpresa. Eso me convenció de que se había cometido un error administrativo, y que algún día –como en ‘A vida o muerte’, de Powell & Pressburger- se me daría la oportunidad de hacer mi reclamación ante el Ser Supremo.
“Mira Dios, aquí ha habido un error”, le diría. Dios, por cierto, tiene cara de Karl Marx.
“Caramba”, me diría él. “Tienes razón, hijo. ¿Qué puedo hacer para subsanar este desgraciado incidente?”
“Primero mátame”, le diría yo. “Con autocombustión, si a ti te da lo mismo una que otra. Y luego reencárname en Holloway Road”.
“¿Se puede saber qué estás murmurando?”.
De golpe me doy cuenta de que, en efecto, estaba murmurando y riéndome solo. Le digo a Naranja que nada, cosas mías. Naranja, mi novia, me mira y se pone el plumero de nísperos que tiene por cabello tras las orejas.
“Nada no. Has dicho Holloway Road”, me contesta, sospechando. “¿No estarás pensando en Londres?”.
“Para nada”, le digo.
Mi anglofilia es, a ojos del mundo, como una deformidad facial especialmente chocante. Y eso que mi caso no es excepcional. Otros antes que yo habían sufrido la misma obcecación británica: Voltaire, Mazzini, el Barón de Coubertin, incluso el Kaiser Guillermo II. La única diferencia es que a mí, cuando al fin logré irme a vivir a Londres, se me fue la mano. Empecé a comer sólo comida inglesa –chips, salchichas saveloy- que regaba con abundante salsa de menta; ese hecho aislado ya bastaría para que me vinieran a buscar los loqueros. Pero es que además empecé a intentar hablar con el acento ‘working class’ del Geoffrey Ingram de ‘Un sabor a miel’. Empecé a beber sólo Guinness y té. Me iba a bailar a clubs de soul a las siete de la tarde. Empecé a pasar días en Whitechapel bajo la lluvia torrencial buscando el sitio exacto donde cayeron las prostitutas del destripador.
Me convertí en un personaje ridículo y monomaníaco, en resumen. Pero valió la pena “haber vivido estas cosas, haber vivido en la gran ciudad de Londres, el centro del mundo...”, como decía el Moses de ‘The Lonely Londoners’. Qué ciudad, Londres. Podría estar hablando de ella durante horas.
“De ella y de cualquier cosa”
“Bah”, contesto. “Tengo cosas que decir. Cosas importantes”.
“Si tienes tantas cosas que decir y tan londinense eres, ¿por qué no cuentas lo de la vez aquella en que casi te echan del trabajo por tu pésimo inglés?”
Horror. Ha sacado su arma favorita. “No sé de que me estás hablando”, le digo, con voz temblorosa.
“Lo sabes muy bien. Aquella vez que, vaciando una papelera asquerosa, en lugar de decirle a tu jefe ‘Me da tanto asco como a ti’, le dijiste ‘Me da tanto asco como tú’”.
“Yo no lo recuerdo así”, susurro, y Naranja suelta una tremenda risotada, y al final acabo riendo yo también. Pero es sólo por no llorar.
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del día 14 de septiembre del 2005)

Catorcephenia 10: El Malo

Mi 10 es el diez del mal, el lado oscuro de la fuerza, la ciénaga apestosa de los resentimientos y los desplantes. Mi 10 es la parte que escondes en la cómoda cuando hay visitas, la lombriz de tierra que yo mismo deseo pisar. Por eso la muestro y propongo que se me administre una dieta equilibrada de palizas mil.

“Soy un gusano. Una mierda”, le digo.
“No empieces con eso otra vez”, me dice.
“En serio. Soy un ser malvado y abyecto, un perro loco y rabioso que sólo provoca dolor ajeno”.
“Te concedo lo de loco, pero respecto a lo demás no eres ni mejor ni peor que el resto del mundo”.
“No lo entiendes. Soy vil. Soy malo. Soy...”
“Al final me vas a convencer”.
Naranja y yo acabamos de meternos, una vez más, en uno de nuestros ‘cul-de-sac’ dialécticos. Naranja es mi novia, y vivir con todos sus colores corporales parcheados de jirafa al curry es vivir en un permanente carnaval. Naranja tiene cabeza de verbena, y su visión me hace sonreír siempre, pero no hoy.
“Soy un cerdo. Deja de engañarte”, exclamo, agitando como una persona loca la pluma estilográfica que estaba utilizando.
“No dramatices. También tienes alguna cosa buena”, me dice, tocándome la mejilla.
La miro fijamente. “¿Ah, sí? ¿Cuál, a ver?”
“Un momento, déjame pensar. Hummm... A ver. Un momento”
Media hora más tarde, aún estamos allí.
“No, espera un segundo. Seguro que me viene. Veamos. Hummm...”
Pero es inútil; hoy es día de juicio sumarísimo contra mí. La gente suele creer que me tengo un enorme aprecio, y se equivocan. Lo que sucede es que, como Charles Highway en ‘El libro de Rachel’ de Martin Amis, me pongo bastante sentimental respecto a mi persona. Soy como el pariente cariñoso y algo condescendiente de mí mismo; me caigo más o menos bien y me hago gracia y me doy dinero para ir a comprar tebeos. Hasta que, un día, se me caen las gafas de verme simpático y me topo de bruces con mi gran gilipollez.
Entonces me pasa lo que al millonario Carreidas del cómic de Tintin ‘Vuelo 714 a Sidney’: sólo quiero entonar un mea culpa exhaustivo. Sólo quiero, como si me filmara el Capra más desquiciado, reunir en el Palau Sant Jordi a todo el mundo a quien he tratado mal y admitir que soy un tipo repugnante e implorar perdón.
Decirles: sé que doy la opinión cuando no me la piden. Que soy un snob asqueroso que cataloga a la gente por los discos y las películas que tienen. Que, cuando alguien no me gusta, lo demuestro con gran despliegue de medios. Que adjudico roles de enemigos cuando no existen. Que puedo meter de repente a casi todo el mundo en una de estas tres categorías: 1) Pijo 2) Hippie o 3) Facha. Que manifiesto poco interés en los problemas ajenos. Que se me olvidan todos los cumpleaños y efemérides. Sé todo esto y no me gusta. Si yo fuera vosotros, me daría caza y muerte persiguiéndome con el rictus desencajado de la turba homicida. Pero estoy arrepentido, oh buen Dios. ¿No es eso suficiente? ¿Qué más tengo que hacer, andar descalzo y fustigándome hasta la cima del Gólgota?
“Lo que tienes que hacer es calmarte mucho”.
“Lo haría, pero mi manos están manchadas de sangre”
“No te pases. Nunca has matado a nadie”.
“No, lo decía en sentido literal. Acabo de clavarme la pluma estilográfica en la palma de la mano.”
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el día 7 de septiembre del 2005)

Catorcephenia 9: El Discómano

Mis discos se multiplican por todas partes como panes y peces bíblicos, y no sé como he llegado a tener tantos. Pero miento; lo sé perfectamente. Mi devoción hacia el gospel del desafino punk, hacia el soul de la América negra, se transmuta en esas toneladas de álbumes que ocupan casa y cabeza por igual.

“¿Qué haces?”, me pregunta Naranja, que sabe de sobras lo que estoy haciendo.
Estoy sentado en el suelo mirando con ojos de Capitán Ahab la estantería Expedit llena de LPs, tratando de decidir cuáles son los prescindibles. Hace unas semanas Naranja –mi novia de calabaza, mi novia de piel mimetizada- decidió que teníamos que mudarnos, y que teníamos que deshacernos de ‘cosas inútiles’ (o sea: mis discos). Traté de postergar el momento de la purga con todo tipo de excusas hasta hoy, en que su mirada de Gremlin colorado me ha dado un par de empujones psíquicos.
“¿O es que no quieres mudarte?”, me espeta.
“Mudarme me hace tanta ilusión” -como extirparme un testículo con una cuchara de servir helados- “como a ti y lo sabes”, le digo con cara de Heidi. Decidir qué discos van a irse me hace sentir cruel como un doctor de las SS seleccionando a los que van a ser gaseados.
“No necesitas tantos discos”, me dice, acercándose a la estantería. Saca uno al azar y lo sostiene como si fuese un plato sopero lleno de vómito. “Éste, por ejemplo. ¿Lo necesitas de verdad?”.
“Cógelo bien, por favor”, le suplico.
Ella desliza el vinilo fuera de la funda y mira el sello con ojos de diseccionar ratas peludas y gordas. “¿Por qué lo necesitas tanto?”, pregunta. “¿Qué es esto?”
“Cógelo bien, por Dios” suplico por segunda vez. “Esto, como tu lo llamas, es un LP de un grupo rarísimo de pop inglés de los sesenta llamado The Koobas. Amo este disco. Lo amo con una devoción que sólo las madres de mamíferos tienen hacia sus cachorros”.
“Seguro que es una brasa”, me responde.
“Seguro. ¿Puedes cogerlo bien, por el amor de Cristo?”
Naranja lo deja caer sobre mis manos como si fuese una patata caliente. “Tiene pinta de ser una brasa”, finaliza.
Lo que Naranja define como brasa es, en realidad, un complejo universo a cuyo alrededor doy vueltas como un Sputnik de la obsesividad. Esos miles de discos son lo más importante del mundo para mí; desde luego más importantes que personas humanas. El enloquecido amor hacia esos discos es un club privado en el que, como decía Jonathan Lethem, nunca sabrás si tu solicitud ha sido rechazada. Mi beligerancia absoluta al hablar de ellos me separa de todos aquellos aficionados a los que sólo les ‘gusta’ la música. Lo que yo sufro es una obcecación inhumana, un destino, un ansia maligna. Al igual que el Roquentin de ‘La Náusea’, al igual que el anónimo protagonista del ‘Principiantes’ de McInnes, sólo esos discos me dan la paz y la excitación alternadas que mi alma reclama a aullidos. Nada es más importante que esos discos; esos discos, en pocas palabras, son yo.
“Qué tontería. Tú eres tú”, responde Naranja, que ha vuelto para encontrarme a punto de sollozar. “A ver, ¿de qué has decidido deshacerte?”
Le señalo un disco solitario, alejado de mis montones. “De ése”.
Naranja se agacha para recogerlo, y veo el vapor saliendo de sus orejas. “Pero si este disco es mío”, me dice.
“Mío, desde luego, no es”.
Kiko Amat

(Artículo publicado en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el día 31 de agosto del 2005)

10 de set. 2005

Otra escena cotidiana en el Mercat de Sant Antoni

Me encanta ir al Mercat de Sant Antoni los domingos. Para el no-barcelonés, un mercadillo de libros (y de juegos de Playstatiom, sellos, postales, mierdecillas, pero mayormente libros) que tiene lugar cada domingo en el mítico mercado del Eixample. Casi siempre encuentro algo, ya sean Peanuts que me faltan de la colección que sacó en catalán Edicions 62 por allá los años setenta, viejas ediciones de Vonnegut en editoriales que se hundieron o libros sobré Dadá que contienen sonetos tan bonitos y estúpidos como este:

el futbol en el pulmón
rompe los vidrios –insomnio–
en el pozo se hace bullir a los enanos
para el vino y la locura
picabia arp ribemot-dessaignes
buenos días

Además me gusta poner el oído y ejercitar ese arte tan feo que es el escuchar conversaciones ajenas. Creo que ya colgué una aquí sobre el señor que pensaba que los chavales de su barrio eran muchísimo más bellos que Brad Pitt a.k.a. "El Pritt".
La de esta semana es la siguiente:

Llega un señor vendedor ambulante, un buscavidas (hermosa palabra , no?), a una de las paradas y saca un chandal tricolor, fluorescente y, supongo, imnífugo.
- Hola Pepito de los Palotes, te quedas con este chandal? Es de tu talla, la XXXXXL (¡juro que dijo como cinco "X"!).
- ¿Tan gordo estoy? - dijo el de la Parada acariciándose la barrigota.
- Pos vale, pos sin las X. ¿Lo quieres o no?

Como decían en "Els Joves", esta es la vida callejera que matan los grandes rascacielos.