15 d’abr. 2008

Stuart Christie y la CNT "on film"


"I read a book by Stuart Christie who went to Spain to change our history"
Comet Gain

Stuart Christie
, el popular anarquista escocés que estuvo preso en España durante años al ser detenido cuando planeaba asesinar a Franco, no sólo hizo eso para luego pasarse al Partido Laborista a pasar sus años de vejez viviendo como un señor a costa de la clase trabajadora. No, Stuart Christie es el típico anarquista irreductible de los que ya no quedan, como podeis ver en esta entrevista.
Aparte de su editorial Christie Books, desde la cual edita múltiples libros sobre anarquismo y sus ya famosos libros autobiográficos "Franco me hizo terrorista" o "My granny made me an anarchist", ahora cuenta con una página web en la cual, aparte de otras cosas interesantes, están colgados unos documentales bastante curiosos que produjo el sindicato CNT durante la guerra civil. Entre 1936 i 1937 la CNT grabó unos 60 documentales desde la productora autogestionada S.I.E. Films. (Ver más info aquí). También se pueden ver aquí.
Uri Amat

4 d’abr. 2008

Un (avieso) dandy entre basura

Novela Las andanzas de un marchante de arte archi-snob, hedonista e inmoral implicado en una conspiración internacional JamesBondiana

Esto de tener un alter-ego literario es un jaleo. Aquí acaba éste, allí empieza aquel, pero no está tan claro, todo el mundo me confunde con mi protagonista, y al final uno termina como Johnny Weissmuller o el Antoniu de Poble Nou. Identificación total con El Otro. El caso de Kyril Bonfiglioli, autor de No me apuntes con eso, y su protagonista Charlie Mortdecai tiene también visos de alarmante intercambiabilidad.

Bonfiglioli (1929-1985) era un marchante de arte de Oxford mutado en novelista, un excéntrico señor con ojo finísimo para el arte, el morapio, las chicas frescas y la ropa linda. Charlie Mordecai es, a su vez, un amoral marchante de arte con más prejuicios de clase que Luis XIV, un gentilhombre sin honor que sólo vive para la belleza, el vino caro y los trajes de buen corte. O sea, que son el mismo tipo, por mucho que Bonfiglioli se quejara sin mucho convencimiento de esa confusión (por ejemplo cuando su editor utilizaba los nombres de autor y protagonista indistintamente), y por mucho que su novela empiece con el aviso: “Ésta no es una novela autobiográfica, es una novela acerca de otro marchante de arte de mediana edad, mundano, disoluto e inmoral”. Sí, seguro. Tanto Bonfiglioli como Mortdecai son english eccentrics, raros y altivos y encaminados fatalmente hacia una majestuosa auto-inmolación. Con todo, las diferencias existen: Bonfiglioli se casó dos veces, tuvo cinco hijos y acabó hecho un guiñapo alcoholizado y paupérrimo, mientras que el hijoputa-con-batín de Mortdecai aguantaría haciendo dandiescas piruetas vivenciales durante tres novelas.

No me apuntes con eso, la primera de ellas (de 1973), es una novela negra no muy negra de argumento confuso (Mortdecai organiza el robo de un Goya para un magnate americano involucrado en el chantaje a un diplomático inglés; los servicios secretos de ambos países se empeñan en mandar al protagonista a criar malvas) y secundario. Pues éste es sólo un trampolín para que Mortdecai humille al mediocre mundo en un salto de esnobismo mortal tras otro. Aunque comparado con el Bertie Wooster de PG Wodehouse, esencialmente porque es un aristócrata con mayordomo (el de nuestro héroe es un tarugo rompo-nueces-con-el-culo llamado Jock que no se parece en nada a Jeeves), Mortdecai es una creación única. En puro estilo mod-repelente, se deleita siempre en terminar un escalón de conocimiento por encima de sus interlocutores (el autor inglés Stephen Potter llamaba a esto One-Upmanship: si tu sabes tal, yo sé cien cosas más), cosa que lo hace entrañabilísimo a pesar de su latente mezquindad.

Además, Mortdecai es un dipsómano implacable. Sus mañanas empiezan con espantosas resacas (su única queja del Alka Seltzer es que hace demasiado ruido), y sus noches terminan... Bueno, la mitad de las veces ni recuerda cómo (“Sé que me acosté, pero los detalles me resultan algo vagos” o “Supongo que me acosté en algún momento”). Eso descubre una nueva diferencia con Bonfiglioli. Mientras que éste mostraría cierta preocupación por su “debilidad” (no sin razón, pues murió de cirrosis a los 56), Mortdecai se mantiene firme en su amor al vaso. Cuando alguien le espeta que “Jamás bebo alcohol; no me gusta embotar mis sentidos”, su respuesta es: “Dios. Qué desgracia. Que no beba, quiero decir. Vamos, imagine lo que supone levantarse por la mañana sabiendo que no va a sentirse mejor en todo el día”. Vengativo, timador, elegante como un pincel y listo como un zorro, Mortdecai es uno de los personajes de novela más atractivos –y más divertidos- de los últimos treinta años. No se lo pierdan.

Kiko Amat

No me apuntes con eso
Kyril Bonfiglioli
Barataria
254 pág.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia el 2 de abril de 2008)

BarcelonaLand TM


J. Domínguez
Cap a 1930
Còpia d'època
El quiosc de begudes obra de Josep Goday, instal·lat a la rambla de Canaletes el 1908 i eliminat el 1951
Arxiu Fotogràfic de l'Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona


BarcelonaLand TM
La Ciudad Condal moderna se instauró sin preguntar, pero algunos cascarrabias dudan aún de su encanto reluciente

Nos gustaba más antes, gracias. Todo nos gustaba más antes, pero especialmente esta ciudad. Así que discúlpennos si no nos unimos a los festejos. Con su permiso seguiremos siendo, como diría Colin Wilson, los tipos “no susceptibles de contagiarse del entusiasmo general”. Y al progreso que le den morcilla.
Lo que les digo es que no hace falta buscar nuevos modelos urbanísticos y sociales para Barcelona, porque el modelo perfecto ya existe. Se trata, simplemente, de la ciudad de hace veinte, treinta años. Que no era perfecta, se me ha ido el adjetivo, pero su imperfección era como la del grifo que gotea un poco, ¿saben?, y aparece el padre chapuzas con un serrucho grande diciendo “esto lo arreglo yo”, y todo el mundo se cubre los ojos porque saben que la cosa acabará con inundaciones graves, un pulgar amputado en hielo y el lampista diciendo atónito: “Pero, ¿cómo se les ocurre tocarlo?”.
No, aquella Barcelona ya funcionaba (más o menos), y al progreso lo tenemos calao: es el mismo progreso que les vendieron a los Sioux a cambio de unas cuentas de colores, justo antes de que desapareciera el bisonte y todo el mundo en Boston empezara a tener alfombra. Llámennos luditas, llámennos nostálgicos, pero algunos no nos fiamos del progreso urbano como apisonadora cultural. Así que, con su permiso, seguiremos siendo el amargado. El que chafa el matasuegras y la guitarra. El que prefiere “lo de antes”. El pitufo gruñón. El Jesucristo que armó un pollo en el Templo de Jerusalén, tirando los tenderetes de los fariseos mientras gritaba: “¡Quitad esto de aquí, y no convirtáis en mercado la casa de mi padre!”.
Eso, quitadlo.
Somos conscientes, con todo, de que no hay vuelta atrás. Como cantaba el grupo inglés The Clientele en Losing Haringey, su oda de nostalgia por los lugares que ya no existen, “todo ha desaparecido, desaparecido para siempre”. Cada vez quedan menos cosas de aquella Barcelona más bárbara, más suya, más rara. Muchos de aquellos espacios han sido aniquilados, y de ellos sólo queda el recuerdo. Pero ya lo dijo Johnny Thunders: No puedes abrazar a un recuerdo.

Las Barcelonas que ya hemos perdido, no las quieran contar. ¿Se acuerdan de la Barcelona desértica? Cuando se situaban en la Rambla de Catalunya en pleno agosto y miraban la calle Aragó y parecía que había estallado la IIIª Guerra Mundial. Que aquello era el día de los trífidos, que no había humanos. ¿No era hermoso? Era desde luego mejor que la marea de Consumibots que la pueblan hoy.
O la Barcelona sin guiris. Mis amigos más filisteos me preguntan a menudo si no prefiero una Barcelona llena de suecas guapas a una llena de feuchos locales. La respuesta es no. BarcelonaLandTM es un circo de alemanes sin camiseta, yankis palurdas vestidas de GAP y ñús de Durham celebrando despedidas de soltero con falos en la frente. Un sindiós donde se da la bienvenida al hooligan carnicero de Glasgow para que vomite violentamente en medio de la Pça. Catalunya, pero a la que hay el menor atisbo de protesta social salen a relucir los kubotanes. Luego les sorprende que los GARAG (Grups Autònoms de Resistència AntiGuiri), hayan llenado Gràcia de pintadas “Refugees welcome, Guiris Go Home”.

Y qué decir de la Barcelona sin ferias. Me da igual si venden oboes, cascos de anxaneta, motos japonesas o moda “urbana”. Era mejor cuando esto no era un gigantesco palacio de congresos (con la tripulación –o sea, el ciudadano- sacrificable, que decían en Alien El Octavo Pasajero).

Irrecuperable es también la Barcelona de Bar. Todas aquellas bodegas zorrunas, medio vacías, con camareros malcarados que no le lamían el trasero a nadie (pues la cultura estadounidense de servicios serviles era aún anatema). Y en ninguna parte servían “frappuccinos”, ni “montaditos”, y si no te gustaban los quintos fallecías deshidratado. Cuánta cultura y belleza arruinada por el afán de lucro de cuatro desaprensivos. Cada vez que paso por delante del ex-bar Rosselló, en la calle Rosselló justo antes de llegar a Passeig de Gràcia, y veo lo que han puesto en su lugar se me caen las lágrimas.

¿Y La Barceloneta? Aquellos chiringuitos de antaño eran una parte indispensable de la cultura de la Ciutat Condal. ¿Cómo no hicieron referéndum? Solo nihilistas, turistas y gente muy majara prefiere lo de ahora; ese descampado de El planeta de los simios, con estatuas-zigurat y tenderetes fashion. Nadie duda que la playa actual se parezca a la de Cancún: pero es que no se trataba de eso, hombres de gran pobreza moral.

Mejor no hablar de El Barrio Chino. Era preferible pasear por allí temiendo por la vida y el trasero de uno, si al menos las pupilas podían registrar el color local y la subcultura delincuente y los rincones extraños. Ahora está más limpio, sí; el algodón no engaña. Pero qué jodido aburrimento.

En fin. Los tiempos han a-cambiado y ahora vivimos en BarcelonaLand TM. Bienvenidos a “La botiga més gran del món”. Una ciudad-marca de elegancia, modernidad y pelis inmundas de Woody Allen; una nueva urbe que deberíamos celebrar, como nos dicen en esos anuncios ridículamente triunfalistas del F.C.Barcelona. Sólo que cuesta acostumbrarse, ¿verdad?

Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 19 de marzo de 2008)

Discos que vaig punxar Pt.2

A l'Our Favorite Club, el 28 de març de 2008, amb un plat que no anava i havent perdut la corbata i encara gràcies, encara gràcies.

DEXYS MIDNIGHT RUNNERS Keep it part two (Inferiority part one)
THE LEFT BANKE Let go of you girl
PYLON Feast on my heart
THE TIMES Whatever happened to Thames beat
THE FIVE AMERICANS I see the light
THE FLESHTONES American beat ‘84
THE SOUL SURVIVORS Hey gyp (Dig the slowness)
JULIAN COPE Bill Drummond said
THE BARBARIANS Moulty
RUEFREX The wild colonial boy
DEE WALKER Jump back
THE SPORTS Who listens to the radio?
BUZZ & THE FLYERS Go cat wild
THE CREEPS Jump y’all
JANE AIRE & THE BELVEDERES Yankee wheels
URBAN VERBS Frenzy
THE HI-FIVES Love you better
THE LONG TALL TEXANS Don’t I know it
STRAY CATS Runaway boys
LOS PISTONES Las siete menos cuarto
THE DB’S Black and white

Kiko Amat

Discos que vaig punxar Pt.1

Al Concert del BART DAVENPORT a l'Heliogàbal, el 21 de febrer de 2008

JULIE DRISCOLL – I know you love me not
JANE AIRE & THE BELVEDERES – Yankee wheels
THE BARBARIANS – Moulty
EVERYTHING BUT THE GIRL – Another bridge
RUEFREX – The wild colonial boy
THE DOWNLINERS SECT – The cost of living
BOURGIE BOURGIE – Aprés-ski
THE DILLARDS – Rainmaker
JULIAN COPE – Bill Drummond said
THE FEELIES – Away
THE SPORTS – Who listens to the radio?
MINUTEMEN – Take our test
LOS PISTONES – Las siete menos cuarto
KAMENBERT – Hey baby
THE RECORDS – I don’t remember your name
THE JASMINE MINKS – Think!
ST. LOUIS UNION – Think about me
LEW LEWIS REFORMER – Photo-finish
BUZZ & THE FLYERS – Go cat wild
THE PINE HILL HAINTS – Say something, say anything
THE LOVED ONES – Better do right
DIE SACHE – The new art school
CADALLACA – Your one wish
THE BONGOS – Question ball
THE DB’S – Black and white
THE FLESHTONES – Feels good to feel
THE PALE FOUNTAINS – Jane’s not happening
TRACEY ULLMAN – Breakaway
THE SHANGRI-LAS – Give him a great big kiss
THE ROULETTES – You don’t love me
CHARADES – Un día en Brighton
THE FAST – Kids just wanna dance

Kiko Amat

Mirant al cel B.S.O.


Alguien tiene que deshacer todo el mal creado, decía una canción pop underground de los 80, y aquí está Fermín, les digo yo. El guardián que espera entre el centeno, al borde del abismo, para recoger a los que están a punto de caer, el reconductor, el enseñador, el tutor dulce que adoctrina a su comunidad con palabras que puedan cantar y bailar, con canciones que no salen en los libros sobre batallas que sí salen en los mapas.

Si admitimos que el problema de nuestro país es uno de educación y recuperación de la memoria (e indudablemente debemos admitirlo), Fermín Muguruza es necesario. Fermín es el trovador, y me perdonarán el símil añejo, que recuerda batallas pasadas en sus romances. Porque hay batallas que hay que recordar, especialmente en nuestro país, un lugar amigo del sitevistonomeacuerdo moral, del aquí-no-ha-pasao-ná, del culpar al vecino para no ver la viga que llevamos metida en el ojo propio. Ese país ridículo, España, ese lugar atrasado, vagamente consciente de su estupidez milenaria, un sitio en el que se celebra llevar a juicio a carniceros lejanos mientras los nuestros pasean por nuestras calles llenos de salud y lozanía, siempre reconvertidos en “demócratas”.

Y esa palabra, las cosas feas que le ha hecho El Poder, que ahora ya parece un insulto.

No, hay que invitar a pasar al trovador Fermín Muguruza, y que les recuerde a los que no lo vieron que aquí hubo una dictadura fascista, establecida tras un golpe militar contra una república escogida por el pueblo.

Podemos eufemizar todo lo que queramos pero, al final, lo que pasó es lo que pasó.

Eso, y que la dictadura duró tres décadas.

Eso, y que no fue la dictadura blandita y severa de entrenador de barrio, de colleja amable, que nos muestran en nocivas e inmorales series televisivas como la siempre odiosa Cuéntame. No: fue ésta una de las dictaduras más sangrientas de Europa y del mundo, veces y veces más terrible que la Argentina y la Chilena juntas, sólo comparable -en actuación, que no en brevedad- a la nacionalsocialista.

Y con eso, pocas bromas.

Y con eso, que a nadie se le olvide que aquí hubo buenos y malos, quizás el único conflicto en la historia en que el tema no dejaba lugar a dudas.

Fermín Muguruza ha decidido seguir cantando sobre esto en Mirant al cel, sólo que aquí no canta y en cierto modo ha cambiado de armas. Conviene explicar esto: Fermín Muguruza nos entrega en Mirant al cel una serie de viñetas que le transmiten a uno el horror de la espera frente al bombardeo, cientos de civiles mirando al cielo, esperando la que va a caer, mordiéndose los labios de pura rabia ante la injusticia patente. Pues en la Guerra Civil fue también el primer conflicto en el que se experimentó con el bombardeo sistemático contra la población civil, y en eso también fueron pioneros las tropas nacionales.

Primeros en todo lo malo; típico de aquí. Typical Spanish.

Pero Fermín, deshaciendo el mal. Si antes Fermín Muguruza utilizó el punk rock ’77 de trinchera y estrella roja (en Kortatu), el hardcore metalizado y a ratos rapeador (en los furiosos fusionadores Negu Gorriak), el el reggae clasheante de grito de guerra de su trabajo en solitario, aquí se debilita a conciencia. Es decir, se hace débil por propia voluntad, baja la voz para transmitir el miedo, la indignación callada que sufrieron los vencidos, y lo hace con nuevos instrumentos. En Mirant al cel, Muguruza usa el dubstep, la música de cámara, añade violoncellos y violines, dub y drum’n’bass. Lo graba en estudios de Nueva York, Irún, Andoain y Bristol (la cuna del recién nacido dubstep). Y cierra su boca de pregonero, de trovador cabreado, de punky-reggae-party-man para contagiar el miedo de la retaguardia.

De los bombardeos sistemáticos a Barcelona. Heroica Barcelona. Aquella ciudad que nos intentaron triturar, que nos tomaron los fascistas, y que hoy nos roban día a día de otras maneras.

Una ciudad que, como el resto de la España roja, tuvo que ver como la justicia no triunfaba. Con la boca abierta y el estómago estrujado como papel de plata. Casi sin creérselo.

Que tuvo que aceptar una perdición humillante y humillada, de apartheid a los socialistas, comunistas, anarquistas, exterminio sistemático del adversario. Aquí al lado. Eh: A la vuelta de la esquina. Aquí, no en Chile. Que no se olvide, que fue aquí.

Fermín Muguruza, un hombre blanco que no está bailando en el Hammersmith Palais, que está en Irún, Muguruza el vasco abanderado del reggae punk, el experto y apasionado de la música jamaicana, cambia aquí los guantes de boxeo por finísimos dardos, por agujas de mapa bélico, pinchazos en nuestra dermis narcotizada por los medios y el olvido obligado, la falsa “reconciliación” de su cacareada transición de papel maché.

Muguruza dice lo mismo, pero de otras maneras. Y si antes levantó la bandera de la batalla, ahora se detiene para salvar a los heridos, para cauterizar las heridas de los civiles asesinados por el fascismo.

Mirando al cielo que estaban, todos ellos.

¿Cómo le pones música a algo de tamaña injusticia, de tamaño horror? ¿Cómo cantas de algo así? En un fragmento del documental se habla de cómo los bomberos recibieron la orden de retirar de la verja de la Universitat a una mujer embarazada de ocho meses que había quedado empalada allí, abierta en canal, al recibir el impacto de una bomba italiana.

Algo así, mejor no olvidarlo. Algo así, mejor cantarlo siempre.

Pero a la vez, algo así no hay grito lo suficientemente alto que pueda explicarlo. El vacío de explosión del dub lo hace mejor, como sabe Muguruza. Porque alguien tenía que deshacer todo el mal creado, y él ya tenía la experiencia de años dando cabezazos.

Quizás sea este el disco más inesperado, melancólico, triste de garganta atrancada por la pena y la humillación, de Fermín Muguruza. Música del mundo, pero de un mundo que nos enterraron y que quieren que olvidemos.

Pero que no se olvide, que fue aquí. Sí, aquí al lado. En Barcelona, mirando al cielo todos.

Kiko Amat

( Nota de prensa de la banda sonora compuesta por Fermín Muguruza para la película Mirant al cel)