17 de gen. 2008

Wes Anderson es Dios


Viaje a Darjeeling La nueva película de Wes Anderson vuelve a explorar magníficamente los vínculos de sangre y el peso del pasado.

Y tras ver Viaje a Darjeeling les vamos a decir por qué es Dios:

1) Su estilo es inmortal: Y los temas también. En efecto, Wes Anderson es repetitivo, pero de una manera buena. Que siempre haga “la misma película” -el Arma Arrojadiza #1 de sus detractores- es, en nuestro mundo, una virtud. Anderson ama el contexto, una de las cosas más altas que alguien puede amar. Afirma que le gusta seguir “una línea de razonamiento” y que los personajes de Academia Rushmore (1998) podrían aparecer en medio de Vida acuática (2004) y no sentirse desplazados. Pues hay dos tipos de escritores/directores/artistas: aquellos para los que todo debe encajar en una visión inclusiva, y aquellos para los que no; Wes Anderson es un cineasta de los primeros. Viaje a Darjeeling habla otra vez de círculos familiares quebrados, de hombres dañados intentando arreglar los tropiezos del pasado, de adultos sensibles buscando la aprobación de una figura paterna. Y está hecha con tics y ritmo in-con-fun-di-ble-men-te Anderson. Y, encima, empieza con un corto. Las películas con corto son buenas; es la ley.

2) Es cool: De esa manera en que se es cool cuando uno no busca serlo. Cool de nacimiento, de ADN, que no se consigue ni con asesores de imagen ni hurgando en directrices prefabricadas. Wes Anderson es cool porque les gustan las cosas adecuadas y es aplaudido por la gente adecuada, que diría Tibor Fischer. Porque pudiendo escoger la papilla y lo soez, escogió lo chulo. Anderson es cool como lo eran Serge Gainsbourg, Coltrane o John Osborne. Casi sin querer.

3) Ésta es su vida: Anderson habla mucho de él mismo, y extrae gran parte de su material de la realidad. “La mayoría de cosas que suceden ante la cámara las descubrimos allí mismo”, ha declarado de Darjeeling. Esto es cine-como-vida a lo Warner Herzog. Esto es entregarse a la aventura de filmar con el ansia lúdica de un niño. Esto es grande.

4) El Guionazo: Viaje a Darjeeling es la historia de tres hermanos -Francis, Peter y Jack Whitman: Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman- que, tras la muerte de su padre, se lanzan a un viaje de autoconocimiento por la India. En tren. Magullados emocionalmente, cargados de maletas metafóricas y reales, trufados de greuges y recuerdos, los hermanos se enfrentan a lo que se pone en su camino con el alma coja y los estómagos llenos de calmantes sin receta. Los diálogos son para repetir ad eternum, como gags de Bill Hicks; si ven suficientes películas de Wes Anderson no tendrán que utilizar frases propias nunca más. Están todas allí, en serio.

5) La risa, la emoción: Y ni la primera es chusca, ni la segunda es cursi. Viaje a Darjeeeling logra ser emotiva y dulce sin revolvernos el estómago con truquitos de Sam Mendes. Y, a la vez, hace reír.

6) El paraíso del nerd: Se les van a caer las pupilas de tanto buscar bromas privadas. Si antes pillaron lo de la anguila Hermès (por los fulares), el barco Belafonte (por el Calypso de Cousteau), las mil referencias a Charlie Brown en Academia Rushmore, etc., en Viaje a Darjeeling les espera otro festín de autoreferencias, nombres evocadores, cameos y guiños. Feliz caza, geeks.

7) Amigos-enemigos: ¿Recuerdan el “Si no te gusta esta película no me quieres; porque esta película soy yo, yo soy esta película” del The disappointment artist, de Jonathan lethem? Pues con Wes Anderson es así. Si a alguno de sus amigos no le gusta Viaje a Darjeeling, no es amigo suyo. Si su novio no entiende por qué es usted fan, corte con él. Es así de simple. Porque el Apocalipsis será una escatológica lucha fraticida entre aquellos a los que nos gusta Wes Anderson y aquellos a los que no. Dos formas irreconciliables de ver el arte. Tomen partido AHORA.

8) Casting: En los filmes de Anderson sólo salen actores buenos e idiosincrásicos. O sea, Bill Murray. Gene Hackman. Los Wilson-Brody-Schwartzman de ésta. Y siempre hay sorpresas. En Darjeeling es la debutante angloindia Amara Karan. Amara: Acepta nuestro amor, te lo suplico.

9) Kumar Pallana: Sí, “Pagoda” vuelve a salir aquí. Los fans ya saben de qué hablo.

10) La banda sonora: He dejado esto para el 10, pero es vital. Wes Anderson, ya lo habrán leído por ahí, es un esnop, un conocedor de discos gloriosos. Si en Academia Rushmore vieron los créditos de inicio a ritmo de los modsters The Creation (“Kang-kang-ka-ka-kang: ¡Making tiiiiiime!”), secaron lagrimilla con Nico en Los Tenembaums (2001), escucharon el “Rebel rebel” de Bowie en brasileño en Vida Acuática, aquí tienen más material: el “Where do you go my lovely” del angloindio Peter Sarsted, Satyajit Ray, Debussy, The Kinks y el “Play with fire” de los Stones, entre otros. Van a disfrutar Viaje a Darjeeling incluso privados de visión. Y eso no puede decirse de cualquier película.
Kiko Amat

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 16 de enero de 2008)

Con las botas puestas




This is England El nuevo filme del británico Shane Meadows relata la historia de un gang de skinheads en la gris Inglaterra de los 80

Cómo molaban los ochenta. Cuando íbamos con aquellas hombreras, y llevábamos coleta, y bailábamos Mecano y el Like a Virgin y fuimos al estreno de Nueve semanas y media y todos queríamos ser yuppies o diseñadores o Don Johnson. Oh, sí, cómo molaban “los ochenta más esplendorosos”, como los describieron en el programa aquel de TV3, Els 80’s. Pero, un momento: ¿Íbamos? ¿Llevábamos? ¿De quién narices son estos ochenta? Míos no, se lo aseguro. Esto es un secuestro, señores, y ahora la memoria de la década está en manos de unos cuantos seres que sí hacían todas las necedades descritas un poco más arriba. Esa generalización me sulfura, igual que a Nanni Moretti en Caro Diario, ¿recuerdan? Cuando cuatro yuppies en una película exorcizan la desilusión con su pasado (“Gritábamos eslóganes horribles y violentos. Y mira ahora lo viejos y feos que nos hemos vuelto”) y Moretti les escupe desde su butaca: “¡Vosotros gritabais eslóganes horribles y violentos! ¡Vosotros os habéis vuelto feos! Yo gritaba los eslóganes correctos, y ahora soy un cuarentón espléndido”. La historia se la suelen llevar al zurrón los necios, y por eso conviene que de vez en cuando aparezca un liberador-con-bemoles que devuelva los recuerdos a su justo lugar. Porque en algunos ochenta no había Madonna ni Sau ni Relax, pero sí Return of Django, You’re Wondering now, The Specials y un montón de skins.


El liberador del que les hablaba se llama Shane Meadows, y su última película es This is England (2007). El director de cine inglés sufre de una sulfurosidad exacta a la que les contaba: “La mayoría de gente basa sus recuerdos”, declara en el libreto que acompaña al DVD pack de sus películas (This is Shane Meadows), “en las cosas que ve en esos programas de I love the 80’s. Pero para mí, un niño que creció en Uttoxeter, Staffordshire, fue una época de gran música, ropa increíble y una cultura juvenil vibrante que hace que todos los adolescentes de hoy parezcan poco imaginativos y aburridos en comparación”. Con This is England, Meadows está arrancando sus 80’s, su pasado, la historia de su pandilla, del secuestro innoble de los cursis.


Así, This is England va de skinheads. Oh, sí, los terribles skinheads. El coco malo, que vendrá por la noche a patearle la cara al Ratoncito Pérez. Los supuestos responsables de todo lo malo que pasa en el mundo, incluyendo huracanes y hambrunas. Antes de que se inventaran los pitbulls y el éxtasis, el cabeza de turco de todo lo que pasaba eran los skins. Para la prensa y el gobierno ingleses, siempre ávidos de cualquier demonio popular y pánico moral que utilizar de efectiva cortina de humo en momentos tensos, los skins eran el pagador-de-pato ideal: chulos, de clase obrera y propensos a soltar el ocasional guantazo. Pero, en realidad, los skins son como usted y yo cuando teníamos 17 años: Niños arrogantes, niños que no quieren ser como nadie más, niños que ansían marcar territorio e impresionar a las nenas. Un culto juvenil territorial y orgulloso derivado de los mods –digamos que eran el hermano pequeño brutote de éstos- enamorado de la música jamaicana y esa maravillosa ropa de inspiración Ivy League, masculina y regimentada y pulcra. Por supuesto, todo Cristo sabe que una parte limítrofe del culto fue captado por la ultraderecha, perdiendo de este modo la conexión con el estilo original. Como ocurre con los Jedis, hay un lado oscuro de la fuerza; pero eso no invalida a Obi-Wan y Yoda y la peña buena, ¿verdad?


El realismo de Meadows es aplaudible en grado sumo (compárenles con las fotos originales del libro de Gavin Watson, Skins), y sus skinheads son tal y como los que yo vi de joven. No son ángeles –en sus barrios uno se endurece rápido- pero tienen buen corazón, y sólo quieren reírse, defender a sus amigos, escuchar discos chulos, emborracharse, ver a su equipo ganar. Y punto. Como dice el director: “Esto va de dar la cara por colegas y creencias”. El filme relata la historia de Shaun (Thomas Gurgoose), un chaval de 12 años acercándose a la pubertad en el norte de Inglaterra en 1983: un sitio feo para hacerlo, ciertamente. Las guerra de las Malvinas está en su apogeo, hay medio millón de parados, la huelga de los mineros ha paralizado el país, Thatcher La Empaladora está en el poder y, lo que es peor, Shaun lleva pantalones de campana. El colegio entero le toma el pelo hasta que conoce a un gang de skinheads liderados por el afable Woody (Joseph Gilgun); éstos le incluyen en la panda y le regalan la confortable sensación de pertenecer, mientras Shaun desarrolla –a través de discos de ska y botas Martens- una autoestima e identidad propia abonada por el pandilleo. Las cosas se tuercen cuando aparece Combo (Stephen Graham), un antiguo miembro del grupo que ha estado en la cárcel. Tantos años recogiendo pastillas de jabón en las duchas han provocado deterioros irreversibles en la submente de Combo, que ha pasado a engrosar las filas del National Front en el papel habitual de sanguinario tarugo racista. Su erupción gangrenosa en el seno de la panda divide las filas, y Combo se convierte una suerte de figura paterna para el inocente Shaun, que ha perdido a su padre en las Falklands. Violencia, experiencia y final revelación marcarán la madurez de Shaun en esa tesitura. No les cuento más. Ah: La banda sonora es altamente molante. Pressure drop. 54-46 was my number. Do the dog.
A Shane Meadows se le compara a Ken Loach y Mike Leigh, los dos pilares del realismo social británico 70’s, y por supuesto entronca con el 60’s kitchen sink inglés de Karel Reisz y Tony Richardson, pero Meadows es mucho más brutal, y su visión es más la del insider que la del observador simpatético. La comparación adecuada, así, sería Alan Clarke (próximamente en un Reciclajes). El director dirigió The Firm (1988) -la historia de una banda de hooligans liderada por Gary Oldman- Scum (1977), un drama de revuelta carcelaria y enorme crudeza (Ray Winstone hace de líder del submundo presidiario con gran perjuicio físico ajeno) y, especialmente, Made in Britain (1982), la historia de un antisocial skinhead nazi –interpretado magistralmente por Tim Roth- que no escucha ni a funcionarios de Ayuda Social ni a su santo padre, y sólo quiere una cosa: c-a-o-s. Clarke es la inspiración reconocida de Meadows, y sólo han de añadirle algo del rocanroleo-con-hostias de Scorsese –Clarke nunca utilizaba bandas sonoras en sus filmes- para dar con la fórmula del autor de This is England. Una fórmula, se me olvidaba decirles, que el director ha utilizado con parecida fortuna en trabajos previos. Pues el avanzado Meadows, con sus 35 años, tiene ya en su haber cinco largometrajes. El más desafortunado es Once upon a time in the midlands (2002), una parodia de spaghetti western ambientado en el Nottingham actual, pero los tres restantes sí incluidos en el DVD son agudas y fidedignas miradas internas a la realidad de la working class inglesa. En algún caso son salvajes y sangrientas, como el ajuste de cuentas que es Dead Man’s Shoes (2004), en otras entrañables y tiernas, como la historia de amistad infantil que se cuenta en A room for Romeo Brass (1999), algunas relatan fielmente los sueños rotos y la esperanza truncada de esa clase obrera, como el fallido club de boxeo de Twentyfourseven (1997). Pero todas son duras, reales y en-tu-cara-te-guste-o-no: como, mismamente, los skinheads que protagonizan ahora This is England.
Kiko Amat


This is England (2007)
Shane Meadows
Film Four / Warp Films

Skins
Gavin Watson
Independent Music Press
12.99 libras

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura/S de La Vanguardia del 2 de enero de 2008)

16 de gen. 2008

Avui, Maximum Clatellot a Radio Pica


Avui a Radio Pica a les 15 33 i a les 19 43 al 98 sis de la efa ema o per les ones de fibra de vidre a www.radiopica.net podrem escoltar el programa Maximun Clatellot, segurament una cosa de molt mal gust perpetrada pel nostre amic i colaborador Roger Pelaes i no se si algú més.
Per més informació, veure flyer adjunt.

8 de gen. 2008

Un prólogo para El Cadillac

Por una G casi no acabo conociendo a Jim Dodge. Por una maldita G. Una letra puede cambiar muchas cosas y embalado, embalado, embalado como iba, casi me la paso de largo. Si se fijan, tampoco es tan grande como para verla de lejos: G.
Fue, como tantas otras referencias-flecha que uno ha acabado siguiendo y llevando a su lógica conclusión (ergo, al fagocitamiento e inclusión en el panteón privado de héroes y obsesiones), en un artículo del periodista y escritor inglés Kevin Pearce. Por desgracia he olvidado de qué hablaba originalmente aquel artículo, pero sí recuerdo que en un punto del escrito se hacía referencia al autor “Jim Dode, hijo espiritual de Richard Brautigan”. Cito de memoria, podría ser también “primo lejano de” o “mellizo separado en el parto de”; eso no es importante. Lo es –ya se habrán fijado- ese error tipográfico, sin duda culpa de las prisas y la mala edición, por el cual desapareció una G del apellido de Jim. Obviamente, siendo Richard Brautigan uno de mis autores favoritos –y por añadidura, uno al que no es fácil encontrarle familia o primos o mellizos- me precipité como un ñu en busca de los libros de Dode. Al poco tiempo me di cuenta de que Dode debía ser el autor más secretivo y out of print del mundo, pues su nombre no aparecía en ninguna parte. Intenté camuflar mi decepción con una falsa alegría por haber conocido al autor más underground de la historia (había sido borrado de ella; ¿Qué puede ser más underground?), pero no funcionó. Dode, como el Dodo, se había esfumado bartlebyanamente, ripvanwinkleanamente, del universo literario.
Hasta que un día apareció la G. Una G de estar en medio de Dodge, no de Gansta ni de Hombres G. No recuerdo como la encontré, o quizás lo he querido olvidar por la cara de burro que debí poner. Con la G llegó el primer libro de Jim Dodge y el primero que leí yo, Fup (1987), y estuvimos encantados de habernos conocido. Dodge iba a convertirse en uno de mis autores favoritos, y sus libros en perpetuos acompañantes de mi periplo en busca de pasión, alma, gozo y sabiduría (he hecho una frase Dodgeana a propósito, no crean) y sus libros también en constante regalo proselitista para amigos que a día de hoy están tan encadenados al autor como yo mismo. Y un día seremos muchos y ese día se gritará viva la revolución. Pero más de revoluciones más adelante; hay algunas, se lo aviso.

Primero, presentaciones: Jim Dodge es un autor californiano nacido en 1945. No les voy a contar su peripecia vital, ni su ristra de empleos extraños, ni su situación familiar, pero ya puedo adelantarles que Dodge va a caerles bien. Con su cara de pionero del Mayflower, su barba Amish y sus vivos ojos de jilguero, Dodge es uno de esos autores que –como sucede con Kurt Vonnegut- uno desearía conocer personalmente. Eso es algo menos habitual de lo que imaginan; personalmente puedo afirmar que no tengo (o hubiese tenido) el menor deseo de conocer a algunos de mis escritores favoritos. Como si lo viera: BS Johnson, borracho e insultándome; Bukowski intentando pegarme o tirarse a mi mujer; Brautigan en un rincón, llorando, aferrado a una botella de Whisky barato y jugueteando con un Winchester. Con Dodge es distinto. Dodge, como Vonnegut, es un hombre bueno, que no un “buen hombre” ni un pobre idiota. Una cosa es ser bueno, y la otra un maldito hippie. Dodge, como el cantante Mose Allison, es un artista que admitidamente busca comunión espiritual con su audiencia. Sus libros, como los discos del segundo, no son un sermón, ni una demostración de malabarismo, sino un intento de intercambiar emociones. El propio Dodge admitía en una entrevista reciente que “siempre he visto el escribir como un acto de colaboración con el lector, donde la imaginación se toma como el nexo del intelecto, la emoción, el cuerpo y el espíritu (o la intuición, si lo preferís). [Kenneth) Rexroth llamaba a la imaginación “el órgano de comunión”, y yo obviamente estoy de acuerdo, por tanto me siento agradecido cuando los lectores sienten algún tipo de conexión con mis esfuerzos (...) Mi papel es intentar hacer que esa transmisión se desarrolle lo más lúcida y graciosamente posible”. Les ruego se tomen estas palabras de manera literal; como sucede con el jazz, la prosa de Jim Dodge desea ansiosamente que se produzca un intercambio de almas, que se forje un vínculo íntimo entre autor (o protagonista) y lector. Esto es pasión proyectada directamente, como un show de Dexy’s Midnight Runners, y al final del foco está usted. O usted. O, mismamente, yo. Ya que estamos todos aquí, pues, cojámonos de las manos y bailemos, hombres y mujeres, alrededor de la hoguera infinita de nuestras vidas. ¡Yii-ja!
El primer libro de Jim Dodge, como les decía al principio, es Fup. Fup es una enternecedora historia de cariz rural-montañesco cuyos protagonistas son el abuelo Jake Santee –que se cree inmortal- su nieto Tiny –cuya pasión es construir cercas- y un pato con un prodigioso apetito y total incapacidad para volar, Fup (el nombre es una abreviación de Fucked-Up). Las comparaciones con Richard Brautigan vienen, como imaginan por los referentes a lo A Confederate General from Big Sur, de aquí. Fup es además un libro sobre la pasión (“They also shared their passions, which were different in kind but not in intensity”), sobre los vínculos de sangre, sobre el afecto y la pérdida, y sobre el no-ser-normal-y-que-te-dé-igual; en éste último sentido su obra también podría compararse al universo de inadaptados de Tom Spanbauer. Fup, además, habla de la obsesión, y lo hace de maneras tan insuperables como ésta: “La obsesión en cualquiera de sus formas era, por la experiencia del abuelo, totalmente traicionera; no podías nacer si no te dejabas ir primero, y muy poca gente podía desembarazarse de la obsesión”. Fup, por cierto, no está traducido a nuestro idioma (y sin embargo Martin Amis se tira una ventosidad y sale en 14 lenguas y en tapa dura, así va el mundo), o sea que ya pueden irse apuntando al First Certificate.
El segundo libro de Jim Dodge es Not fade away (1987), el que tienen en las manos, El Cadillac de Big Bopper. Pero éste luego, y con detalle. Voy a dar un salto Fossbury y me voy a plantar en el tercero, Stone Junction (1990), aquí editado como Introitus Lapidis por Alpha Decay. En él se confirman varias cosas que le llenan a uno de alborozo. La primera es, obviamente, que nos encontramos delante de uno de los mejores narradores angloamericanos de las últimas décadas. Stone Junction es divertido y rítmico a matar, sí, pero hay algo incluso mejor: Es el libro que les enlazará políticamente con el que pronto va a ser su autor favorito. Pues Jim Dodge es, como Thomas Pynchon, anarquista de los buenos y Stone Junction un panegírico de la revuelta, de la resistencia al control gubernamental, de la pasión no regulada y de las explosiones de vitalidad sin sello oficial. El protagonista es Daniel Pearse, un niño huérfano que, tras la muerte-asesinato de su madre se une a la AMO (Alianza de Magos y Forajidos); ésta es una sociedad secreta que lleva luchando contra El Poder desde el principio de la humanidad, la mano oculta que está detrás de todos los levantamientos inspiradores de la historia, hogar subterráneo de gitanos, científicos locos, místicos, cuentistas y revolucionarios. La historia es una de búsqueda y aprendizaje: Daniel irá pasando de mentor en mentor, y cada uno de ellos le educará y enseñará trucos para conseguir su meta: Ser invencible jugando a cartas, dominar todas las drogas y alucinógenos, volverse invisible, viajar en el tiempo, transformarse físicamente en quien deseen... Stone Junction tiene todo aquello que siempre han querido encontrar en una novela mágica los que, sin embargo, detestan el género de espada y brujería. En ella Jim Dodge se nos muestra como un Pynchon que no da dolor de cabeza, que sabe controlar el número de páginas y personajes. De hecho, el propio Pynchon es un gran fan de nuestro Dodge y firma el prólogo a la edición inglesa. Y dice: “Leer Stone Junction es como estar en una fiesta sin fín donde se celebra todo lo que importa de veras”. Fiesta y baile; dos símiles que siempre se utilizan al hablar de Dodge. La literatura como fiestorro exultante de gozo y amor y demencia, en lugar de mausoleo sin alma de rancios charlatanes desapasionados.
Stone Junction tampoco está traducido en la península ibérica. No me digan ahora que esto les sorprende.

Todo esto nos lleva al fin a Not fade away. Uno de mis libros favoritos, y uno de los mejores libros de la historia, y la mejor película no filmada de la galaxia. Not fade away es, de hecho, tantas cosas a la vez, que uno no sabe cómo empezar. Realmente, todo lo importante del espíritu humano está allí: Música, amor, redención, culpa, peregrinaje y alta velocidad. La novela se centra, como se nos repite constantemente a lo largo de la narración, en un regalo, “un regalo no entregado, un regalo sentido y absurdo destinado a celebrar la música y las posibilidades del amor humano”. Un viaje –una peregrinación, para ser exactos- en Cadillac cuyo fin es entregar un regalo nunca entregado. El libro, por ello, tiene algo de espiritualidad y sentido de “el trayecto es más importante que el final” propio de la generación Beat, pero también comparte el humor dulce de los mencionados Brautigan o Vonnegut. Algunos incluso, tomando su estructura carreteresca y la querencia del protagonista por los estimulantes potentes, la han comparado a Miedo y asco en Las Vegas. Dodge, sin embargo, disiente; afirma que los protagonistas de la obra de Hunter S. Thompson tienden a descargar su ira sobre la gente más desprotegida que encuentran (porteros, sirvientas, camareras...), y que ese chuleo psíquico desmerece una gran novela. En efecto, Miedo y asco... es una novela moralmente mala. Mala para el hombre, quiero decir. Not fade away, al contrario, y pese a utilizar algunos parecidos parámetros estilísticos y de trama, está llena de vida, bondad, temores, dulzura y romanticismo. Dodge, ya lo he dicho, es un hombre bueno. Cree en la redención y en la posibilidad de limpiarse fundamentalmente, sin moralismo ni santurronismo hipócrita, sino a través del exceso, la pasión desencadenada, el baile y el amor más furibundo y sincero.
Otro tema esencial del libro es el romanticismo, la causa perdida, el acto magníficamente inútil. “Me inclino ante lo romántico del gesto”, dice un personaje al conocer el propósito del viaje de George Gastin. “Yo era un caso grave de romanticismo”, confiesa el protagonista al presentarse. Otro personaje añade más adelante: “El romanticismo es un impulso peligroso, que se confunde fácilmente con el sentimentalismo más patético, y que sin embargo es maravillosamente capaz de una magnificencia soportada e iluminada no sólo por la simple resistencia, sino por una alegría tan elemental que de buena gana se arriesga a la monumental estupidez de su probable fracaso” (las cursivas son mías). Alegría elemental. Eso es Not fade away. La alegría del corazón romántico que se niega a ser derrotado por el gris, la realidad, la pobreza de espíritu y la corrupción moral, la bancarrota espiritual, de la sociedad capitalista. Como sucede en la mitología temática del country blues y el soul (y más tarde, del hip hop), Not fade away es un canto a la resistencia del alma humana. Es un NO a la derrota y un SÍ a la compasión y la testarudez del amor, incluso no correspondido. “Me reía lleno de simpatía”, dice el protagonista tras una visión lisérgica, “por encontrarnos los dos, pequeños, desnudos y casi indefensos, atrapados en aquel torbellino de fuerzas que no éramos capaces de controlar. Era la risa de la compasión sincera, de la auténtica celebración de la espléndida y absurda tenacidad que nos mantiene en pie, a pesar de los golpes”. Not fade away brinda por el cuerpo, el sexo, la empatía y la amistad eterna. Es, y quítenle aquí el cliché semi-cristiano que arrastra la expresión, un canto al estar vivo. No de “Viva la gente”, pero sí de “Viva la madre que nos parió”.
Eso me recuerda que no les he presentado al bueno de George, ni tampoco les he hablado del argumento de Not fade away, y -¿saben?- creo que no voy a hacerlo. Uno de los placeres de la lectura está en la sorpresa, y me jorobaría adoptar el papel de esos trailers irritantes de hoy en día en que se nos cuenta (convenientemente abreviada) toda la maldita trama. Todos los sustos. Todos los besos. Solo les diré que con la epopeya de George Gastin, El Fantasma, camionero gratuito y –tal vez- señor loco, se lo van a pasar tan bien, van a gozar de una forma tan vivida y extrema, que les envidio con cada célula de mi cuerpecito. Jamás olvidaré mi primera lectura de Not fade away; ahora llevo cinco de ellas y, aunque la calidad de la obra se mantiene intacta, ya no es lo mismo. El misterio de la primera vez, como en el sexo o las drogas o el pop, es irrecuperable.

Así, quedan tan solo por recalcar dos elementos esenciales de Not fade away que aún no les he apuntado, y que creo que deben tener bien en cuenta.
Uno es el rock’n’roll o, mejor, la música. Ésta hace la función de hilo conductor de la trama: Desde el amor inicial al jazz, hasta la decisión de la ofrenda a los tres músicos fallecidos en aquel famoso accidente de aviación (el Big Bopper, Buddy Holly y Ritchie Valens), pasando por el constante pinchaje de singles de R’n’R a 45 rpm con el que George ameniza y acelera su periplo. “Era triste, pero en la música había una alegría invencible que demostraba que la tristeza se puede compensar, si no derrotar”, nos dice El Fantasma en un punto del libro. Y la que es mi cita favorita del libro, desde el primer día: “Sería una tontería decir que la música me salvó o curó, pero en mi rutina diaria de baños calientes, abrir latas de cerveza y comida, lo que más me sostenía era la música: no porque me ofreciese salvación (eso no hay nadie que te lo solucione) sino por el consuelo que me daban sus promesas, su chispa de vida, su salvaje y poderoso arco sináptico que enlazaba espíritu, mente y carne”. Toda la historia de George Gastin está puntuada, contada, con canciones, atizada con la gasolina de su melodía y frenesí: “Chantilly Lace” del Big Bopper, “Tutti Frutti” de Little Richard, “Great balls of fire” de Jerry Lee Lewis, “Donna” de Ritchie Valens, incluso “Like a rolling stone” de Dylan. Y, claro, “Not fade away” de Buddy Holly. Pueden imaginarse porqué pues es tan importante esta obra para el lector en castellano: educado en una tradición literaria donde el R’n’R no entra ni a puñetazos, hambriento de ritmo y bop y duduá y fiero baile, dicho lector debería acoger a Jim Dodge como El Salvador. El verdadero portavoz místico de La Iglesia Luminosa del Rock y el Gospel de la Sagrada Liberación, como diría el personaje Arrebatos Johnson. Y Amen, caramba, de una vez por todas.
El segundo elemento esencial son las drogas. Los abogados de El Aleph me recomiendan que no sea demasiado explícito al hablar del tema, así que solo querría mencionar que si este libro va a un ritmo, es al ritmo de la anfetamina. 1000 tabletas de ritmo, de hecho, que unos dealers le pasan a nuestro George justo antes de iniciar la peregrinación. Ese ritmo maníaco, imparable, lúcido y cortante como patines sobre hielo, focalizado y obsesivo como las mejores locuras, un impulso, un orgasmo perpetuamente aplazado, un empujón que le saca punta a la mente y hace que ardan los zapatos y las lenguas, ese contrato de velocidad que puede a la vez inspirar y destruir. Kacy declara en un momento de la novela que el speed hace “agujeros en el alma”, pero podría decirse también que primero te recuerda –a empellones- que tienes una. Y que tu deuda con ella es ir a toda leche, beberlo todo, hablar de todo y entenderlo todo, el tiempo pasa, pasa, pero de speed vas más rápido que él, y le haces muecas y butifarras al mundo y al paso de los días mientras bailas-hablas-bailas y luego hablas-piensas-bailas y pulverizas chicle y comprendes el sentido de todo, y los cobardes teorizan desde sus despachos, y otros timoratos miran desde la barrera, y mientras tanto nosotros bailando, bailando, bailando acelerados como si el mundo fuese a terminar mañana.

Not fade away es, en suma y por todo lo anteriormente mencionado, una locura, y en cierta forma otro de los temas centrales serían las grandes demencias que se desatan por pasión y amor, por honor, por dignidad. O sea, que tenemos una locura, pero no es una locura cualquiera:

“Yo tenía los documentos y la carta. John estaba impresionado.
- Pero George, parece que te estás volviendo sensato en medio de tu locura.
- Me lo tomaré como un cumplido.
John se encogió de hombros.
- Bueno, al menos es una locura grandiosa”.

Una locura grandiosa, en efecto.
Ahora debo y quiero dejarles con Not fade away. Que alguien saque el vino y la cerveza. Que alguien conecte el tocadiscos y empiece a pinchar discos con alma y estómago y dolor y gozo. Que dé inicio el incendio de nuestro enamoramiento. Jim Dodge les está invitando a que celebren el puto milagro de respirar y tener ojos que ven las cosas hermosas y grandes que hemos visto, y tener piernas que responden al ritmo glorioso de la música, al golpear divino del rock’n’roll y el soul y el gospel. Les han invitado a una fiesta que nunca va a terminar, y entran en ella por primera vez, regalos en las manos y sed y ganas de besarse y ver amanecer. La envidia que les tengo, no la quieran saber.
Kiko Amat, junio de 2007

(Prólogo para la edición española de Not Fade Away, aquí traducido como El Cadillac de Big Bopper (El Aleph, 2007).

4 de gen. 2008

Amnèsia i set Hungry Beat 21/XII/07

Els discos punxats per Hungry Beat a la despedida de l'Espai Jove de l'Eixample del 21 de desembre del 2007. Ha estat el cop que més mails s'han creuat intentant esbrinar quines últimes cançons va punxar cadascú: Els Birds els vas punxar tu o jo? Aquella no la vas acabar posant. El disco aquest et va caure a terra molt abans d'arribar sa i estalvi al plat. Tu, directament, no vas punxar; ho has somiat.
El malson del punxadiscos dipsòman.
Els dos últims temes de cada punxador son deduïts, vagament recordats, xivats. Ningú recorda la última hora. Tots ballavem. Falling and laughing.
Pero creiem que devia ser més o menys així.

Jose
ESQUELETOS: SOLO NECESITO UN POCO DE DIVERSION
PANTANO BOAS: DERRAMA TU AMOR
POLECATS: MAKE A CIRCUIT WITH ME
CRAMPS: BIKINI GIRLS WITH MACHINE GUNS
ERAZERHEAD: ROCK'N'ROLL ZOMBIE
BLACKTOP: HERE I AM
DICTATORS: WHO WILL SAVE ROCK'N'ROLL?
GUANA BATZ: THE CAVE
LOS BICHOS: ANITA LATIGAZO
LEGENDARY STARDUST COWBOY: RELAXATION
DEAD KENNEDYS: TOO DRUNK TO FUCK
REAL KIDS: ALL KINDSA GIRLS
STING-RAYS: COME ON KID
'68 COMEBACK: WHISTLE BAIT
GIRL TROUBLE: SISTER MARY MOTORCYCLE
HOLLYWOOD BRATS: SICK ON YOU

Uri
THE CREATION How does it feel to feel
MICHEL POLNAREFF La mouche (que se me acaba de caer al suelo, por cierto)
THE GAME It's shocking what they call me
TOMORROW Revolution (my white bicycle?)
ARCWELDER Remember to forget
THE PLIMSOULS I'll get lucky
SALVATION ARMY Happen happened
R.E.M. Gardening at night
THE HAUNTED 1-2-5
THE SQUIRES Going all the way
THE DB's Living a lie
SNUFF Look mum there's vikings on the tundra again
BIFF BANG POW She's got diamonds in her hair
The ACTION I'll keep on holding on
The BIRDS Leaving here

Jordi "DJ Castañazo" Geli
P.I.L. - Public Image
Blues Magoos - Pipe dream
Zombies - What more can I do
Drifters - You gotta pay your dues
Crabby Appleton - Try

Miguel
TERRY CUATRO – Chiripitifragiliboom
RUBETTES – I can do it
LITTLE NELL – Do the swim
DOLLY MIXTURE – Everything and more
STRAWBERRY STORY – Freight train
FAT TULIPS – Rainbow Sky
COMET GAIN – The Kids at the Club
PARAISO – Makoki
PARÁLISIS PERMANENTE – Un día en Texas
CÓDIGO NEURÓTICO – Las Malvinas
THE GODFATHERS - I want everything
RAZORCUTS – Sorry to embarrass you
THE THREE O’CLOCK – With a Cantaloupe girlfriend
THE LONG RYDERS – 10-5-60
LOS INTERROGANTES – Extraña sensación
DINOSAUR JR – The Wagon
THE SOUP DRAGONS – Hang-Ten!
SHANGRI-LAS – Remember (Walking in the sand)

Kiko Amat
BUZZ & THE FLYERS Go cat wild
IRMA THOMAS Breakaway
DEE WALKER Jump back!
THE GO-GO'S How much more
BETTY EVERETT I can't hear you
THE FLESHTONES Hexbreaker
EVIE SANDS Take me for a little while
THE CICHLIDS Did you ever
THE SHANGRI-LAS Give him a great big kiss
THE GO-BETWEENS Little Joe
THE WHO See my way
THE DEVIL DOGS Get in line
THESE ANIMAL MEN This is the sound of youth (7" version)
BOBBY PATTERSON Everything good to you (don't have to be good for you)

17 de des. 2007

Una locura grandiosa (entrevista a Jim Dodge)


El reclusivo autor americano se publica al fin en nuestro país. En sus libros hay rock’n’roll, speed, obsesiones, revuelta y redención. Más ritmo y emoción que en un disco de bop. Les presento a su nuevo escritor favorito: Jim Dodge.

Voy a empezar una religión. Si les cuento esto no es para pegarles el sablazo, ni con la intención de fundar una “familia” mansoniana con sus hijas de 14 años; mis intenciones son serias, que diría Elvis Costello. Voy a empezar una religión porque he encontrado al fin un profeta y ¿qué otra cosa se puede hacer con uno? Invitarle a una cerveza no, claro. Mejor reconocer su profunda percepción del mundo, celebrar su mensaje, compartir su visión. Mi profeta se llama Jim Dodge. Eso nos pone en un aprieto a la hora de escoger nombre para la religión (¿Dodgitas? ¿Jimianos?), pero bueno.
Jim Dodge era mi escritor favorito. Eso era antes de que se me apareciera un arcángel con guitarra y cara de Buddy Holly y me confiase que Dodge era El Salvador. Vaya. Al ser Dodge un autor ninguneado por nuestros editores, yo ya me había acostumbrado a predicar en el desierto. Por fortuna, El Aleph se ha decidido a sacar El Cadillac del Big Bopper, y Alpha Decay ha hecho lo mismo con Introitus Lapidis. El primero habla de una peregrinación para hacer entrega de un regalo nunca regalado, un viaje de conocimiento atizado por las anfetas y los singles de rock’n’roll. El segundo va de desafío al poder, de sustancias alucinógenas, de magia y de una sociedad secreta que va en busca de la piedra filosofal. Otros temas de sus novelas son la pasión y la obsesión, la amistad y la hermandad, la posibilidad de redención y la celebración del estar vivo. “Ése es un buen resumen”, nos dice desde Arcata, CA. “Sólo añadiría que muchos de mis personajes luchan por aprender cómo amar, cómo aplicar su pasión en el mundo, cómo sobrevivir al sufrimiento que el amor inevitablemente engendra. Contar historias siempre ha tenido para mí ese elemento de cómo. Hace veinte años tuve la suerte de trabajar con Aliza Jones, una mujer Atabascana cuyo pueblo aún posee tradición oral, y le pregunté cómo funcionaban las historias en su cultura. “Oh, ya sabes”, me dijo, “van de cómo te metes en problemas y cómo sales de ellos”.

Jim Dodge (1945), un autor de intensa trayectoria y talento, no es famoso; y además le da igual. Pero igual de verdad: “Si algo distorsiona peligrosamente la psique de los jóvenes escritores”, comenta, “es la presión por publicar, por agarrar algo de fama. Como siempre les digo a mis estudiantes, los dos grandes obstáculos que existen para los nuevos autores americanos son el fracaso y el éxito. La celebridad, como la lujuria, es un gasto de espíritu y un desperdicio de vergüenza: quedaos en casa y trabajad”. En efecto, Dodge no publicó hasta los 38, así que ya pueden sacar la cabeza del horno de gas todos los veinteañeros que acaban de recibir su manuscrito devuelto por una editorial.

Como habrán deducido por lo de “estudiantes”, Dodge es profe. También es anarquista (“Por supuesto que la acción directa está justificada: América está construida sobre la premisa éticamente defendible de que los humanos están moralmente obligados a luchar contra la opresión y la explotación de la vida humana y más-que-humana”), bioregionalista, apologista de los estupefacientes, Gran Comendador de las Canciones Buenas y un escritor tan vital que la mayoría de las novelas de otros parecen a su lado libros técnicos de patentes alemanas. Thomas Pynchon –que prologa Introitus Lapidis- dijo que leerlo era como estar en una fiesta donde se celebrara sin parar todo lo que importa. Y, ¿saben qué? Es cierto. Sus obras (incluyendo Fup, su debut, inédito aún en castellano) son un carnaval, una “locura grandiosa”, como se dice en El Cadillac... Y el autor, el tipo de hombre apasionado y sabio que todos hemos deseado como mentor. Pregunten, pregúntenle lo que quieran: ¿Escribir como terapia para superar la pena? “Al contrario, creo que pasar cinco horas al día en una habitación llena de lenguaje pensando en tus pequeñeces, culpa y errores solo contribuye al daño”. ¿Cibercomunidades? “Como Kurt Vonnegut, creo que las cibercomunidades no son comunidades de la manera en que éstas me emocionan; máximo, son grupos intelectuales. Virtual significa “en efecto pero de hecho no” y a mí las cosas que más me gustan de la vida son los hechos sensoriales, no las aproximaciones”. ¿El dolor del desamor? “El sufrimiento surge de apegos muy profundos, como el amor. Si no quieres sufrir, no ames, porque el amor va a perderse tarde o temprano. Pero si crees que el amor aún vale la pena, ama con todo tu corazón, y cuando termine, y duela, sufre en consecuencia. Pero no gimotees, te quejes ni lloriquees: la decisión era tuya; vive con ella. Como dicen los boxeadores: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. No escojas sufrir. No te regodees en tu pena”. Prometido, Jim.

Kiko Amat


(Artículo publicado originalmente en el suplemento EP3 de El País el 7 de diciembre de 2007. La entrevista íntegra -14 paginazas de word- será publicada próximanente en La Escuela Moderna #4, de próxima aparición)